3 de junio de 2026
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Impacto del cambio climático en la investigación antártica

La Antártida, tradicionalmente considerada un territorio remoto y cubierto continuamente por hielo, está experimentando cambios rápidos que superan las variaciones estacionales habituales. Eventos ambientales extremos vinculados al cambio climático están modificando su paisaje y las condiciones para la investigación científica.

Estos cambios afectan al hielo y al océano y también a la infraestructura, la logística y la seguridad de las operaciones en la región. Un estudio publicado en Communications Earth & Environment detalla cómo las actividades científicas deben adaptarse ante el aumento en frecuencia y magnitud de eventos extremos.

Entre el hielo y la incertidumbre

Los científicos sitúan esta transformación en el marco de un desequilibrio climático global sin precedentes. El informe “Estado del clima mundial en 2025” de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) señala que las concentraciones de gases de efecto invernadero y el calentamiento de la atmósfera y los océanos alcanzaron niveles récord, generando la mayor descompensación energética registrada desde que hay observaciones.

Entre 2015 y 2025 se registraron los 11 años más cálidos documentados, y la extensión del hielo marino antártico estuvo entre los valores más bajos desde el inicio de las mediciones satelitales. La OMM advierte que estos cambios impulsan fenómenos meteorológicos extremos, pérdidas de masa glaciar, aumento del nivel del mar y efectos en la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la salud humana.

Los autores del informe destacan que los eventos extremos en la Antártida y el Océano Austral son más frecuentes e intensos, y que esa tendencia continuará si persiste el calentamiento global. Se registraron mínimos históricos en la cobertura de hielo marino y episodios de olas de calor, tormentas y deshielos superficiales, con referencias en febrero de 2023 y de 2025 como momentos de niveles excepcionalmente bajos de hielo marino.

Esos cambios repercuten en las cadenas alimentarias marinas y en la estabilidad de ecosistemas que sostienen especies claves como el kril, los pingüinos, las ballenas y las focas.

La infraestructura científica también resulta afectada. El estudio describe cómo las estaciones enfrentan inundaciones, lluvias intensas, aumento de cargas de nieve y deterioro de materiales por condiciones más húmedas. Algunas bases costeras reforzaron playas para combatir la erosión o debieron modificar fuentes de agua potable por cambios en lagos y arroyos.

Las pistas de aterrizaje y las operaciones aéreas son particularmente vulnerables: el trabajo documenta retrasos de hasta seis semanas en la base Rothera por formación de hielo en la pista, y el abandono de pistas antiguas en favor de nuevas ubicaciones ante el deshielo y la aparición de grietas. El acceso marítimo también cambia: la menor presencia de hielo puede facilitar la navegación en ciertas temporadas pero aumenta el riesgo de accidentes, la entrada de especies invasoras y complica la logística de suministro y evacuación.

Katharine Hendry, coautora del estudio, apunta en The Conversation que fenómenos antes raros, como lluvias en zonas como Rothera, se han vuelto habituales. Esta mayor imprevisibilidad meteorológica, junto con lluvias y deshielos, dificulta el acceso a estaciones y campamentos remotos y eleva los riesgos para la seguridad y la salud mental de los equipos.

Acceso, riesgo y reinvención en el continente blanco

Frente a esta vulnerabilidad, los investigadores plantean la necesidad de replantear la logística y las políticas científicas. El informe recomienda incorporar tecnologías autónomas —drones, vehículos submarinos y aéreos no tripulados— para complementar el trabajo de campo, especialmente en zonas remotas o de difícil acceso. Estos sistemas permiten recopilar datos en condiciones peligrosas y reducir la exposición del personal.

Hendry subraya el potencial de herramientas como los gemelos digitales, modelos virtuales que simulan en tiempo real el comportamiento del océano y el hielo, combinados con datos satelitales. Esa integración amplía la cobertura de observación, mejora la anticipación de riesgos y optimiza la planificación de campañas, además de disminuir la necesidad de desplazar grandes equipos y con ello la huella de carbono.

El estudio también enfatiza la modernización de infraestructuras, la actualización de materiales de construcción y la búsqueda de nuevas fuentes de agua. El diseño de futuras bases considera ya la resistencia frente a inundaciones, tormentas y la erosión costera.

Protección ambiental y el desafío de conservar la Antártida

El aumento de eventos extremos y el cambio climático constituyen un desafío crítico para la investigación antártica en las próximas décadas. Los autores sostienen que la gobernanza internacional debe adaptarse para proteger los ecosistemas y garantizar la seguridad de las actividades científicas.

En ese marco, el Tratado Antártico —acuerdo internacional de 1959 que regula el uso pacífico y científico del continente y promueve la cooperación y la protección ambiental— sigue siendo un instrumento central para gestionar la región.

Hendry concluye que la cooperación global y el avance tecnológico serán fundamentales para conservar la Antártida como laboratorio natural clave para estudiar procesos planetarios. Ante cambios acelerados, la ciencia debe adaptar sus métodos de observación, operación y colaboración para seguir funcionando de manera efectiva y segura.

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