7 de agosto de 2026
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A los 30 luchó en una guerra ajena

Tiene 34 años y es argentino. Tenía trabajo, proyectos y la expectativa de un futuro construido con estudio y esfuerzo, como muchos de su generación.

Un día perdió ese empleo: la empresa cerró y se fue del país. Buscó otras oportunidades sin éxito; la realidad que enfrentó fue la de trabajos insuficientes, oportunidades que se diluyen y un porvenir que se aleja.

Ante esa situación tomó una decisión que costó entender a quienes lo querían: una elección inesperada para un joven argentino de poco más de 30 años.

Se fue a Ucrania, no como turista, sino como voluntario para combatir en una guerra que no era la suya.

A miles de kilómetros de su familia y amigos, buscó un lugar distinto. Otros jóvenes argentinos hicieron lo mismo: algunos por convicción, otros en busca de un propósito o de sentirse útiles cuando no lo lograban en su país.

Cada persona tiene sus motivos y su historia; no corresponde juzgar desde la comodidad de quienes no estuvieron allí. Detrás de cada uniforme hay una vida concreta.

La guerra, sin embargo, no pregunta la edad, los sueños ni el origen; llega y transforma todo.

Ayer fue alcanzado por un ataque de morteros rusos. Una explosión cambió su vida en segundos: resultó gravemente herido y fue evacuado del frente.

Hoy está hospitalizado y con vida, pero perdió parte de una pierna y parte de un pie. Espera una prótesis y deberá afrontar operaciones, rehabilitación, dolor y la difícil tarea de reaprender a caminar y proyectar su vida.

Para un combatiente la guerra puede terminar al abandonar el frente, pero las heridas suelen prolongarse en el cuerpo, la memoria y las familias.

Detrás de cada joven en combate hay alguien que espera, que mira el teléfono y que necesita escuchar dos palabras: “Está vivo”.

Cuando esa noticia llega, trae alivio y a la vez un dolor difícil de explicar.

Estar vivo no borra lo sucedido; muchas veces significa empezar de nuevo.

Él tendrá que hacerlo: con 34 años, con parte de su cuerpo ausente, con una prótesis futura y la gran tarea de reconstruir su vida.

Hay algo que ninguna guerra debería arrebatarle: el futuro. Aún le quedan años por vivir, abrazos por recibir, lugares por conocer y, por sobre todo, la necesidad de volver a casa.

Tal vez algún día pueda comprender qué lo llevó hasta allí y explicar por qué cruzó el océano para pelear una guerra ajena; tal vez encuentre respuestas, tal vez no.

Más cerca de nosotros surge otra pregunta: ¿qué lleva a un joven argentino de apenas 30 años a sentir que su futuro puede estar en una guerra lejana?

Es una pregunta que merece plantearse, no para juzgar ni buscar culpables fáciles, sino para reflexionar.

Cuando un joven pierde su empleo, no encuentra oportunidades y siente que su país no le ofrece un camino, algo se rompe mucho antes de que llegue a la trinchera.

Quizá, como sociedad, deberíamos preguntarnos si hacemos lo suficiente para que los jóvenes quieran quedarse: para que puedan trabajar, progresar, formar una familia y construir su futuro donde nacieron.

Un país no debería acostumbrarse a que su juventud se vaya, y menos a que tenga que buscar sentido en una guerra extranjera.

Hoy él está en un hospital, luchando. Mientras espera su prótesis, lo esencial es que vuelva: que vuelva a casa, que pueda caminar, abrazar a los suyos y rehacer su vida.

Detrás de esta historia no hay una cifra ni una estadística; hay un joven argentino de 34 años que perdió su trabajo, se fue en busca de un futuro, terminó en una guerra, perdió parte de una pierna y parte de un pie, y ahora pelea por volver a caminar.

Ese joven…

es mi hijo.

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