18 de agosto de 2026
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Duelo público censurado en China

Duelo público censurado en China

Banderas a media asta en edificios oficiales y un discreto refuerzo de la seguridad en el centro político de Pekín marcaron el funeral de Zhu Rongji, el ex primer ministro fallecido la semana pasada a los 97 años. Las imágenes del sepelio fueron escasas y los censores vigilaron de cerca las expresiones de afecto en redes sociales que se apartaran del guion oficial.

Zhu no fue un dirigente cualquiera: fue uno de los principales impulsores de las reformas económicas que abrieron China al exterior a finales del siglo XX. Rememorar aquella etapa puede inducir comparaciones y críticas incómodas para las actuales autoridades.

Un ejemplo fue el economista Zhao Jian, que publicó en su canal de WeChat un texto en el que evocaba años en los que los chinos eran «verdaderamente pobres» pero donde «la gente podía decir lo que realmente pensaba». Su publicación fue retirada por la censura.

El Gobierno conoce bien los riesgos de los funerales cuyo tono público se sale del control. Varios estallidos de descontento han comenzado alrededor de coronas y homenajes. La muerte de Zhou Enlai en 1976 dejó un precedente: meses después, decenas de miles de personas llenaron la plaza de Tiananmén con coronas, poemas y mensajes en su memoria; cuando las autoridades retiraron las ofrendas, la indignación derivó en protestas y choques con la policía.

De forma similar, la muerte del reformista Hu Yaobang en abril de 1989 fue una de las chispas que encendieron las movilizaciones estudiantiles en Pekín. Los homenajes se transformaron en demandas contra la corrupción y en reclamos por mayor apertura política, que culminaron en las protestas de la Plaza de Tiananmén, reprimidas por el Ejército la noche del 3 al 4 de junio, con un saldo de muertos que Pekín aún no ha esclarecido.

El Partido Comunista tomó nota y, con la llegada de las redes sociales, ningún duelo público escapa al filtro de la censura. Un caso reciente fue la muerte del expresidente Jiang Zemin en 2022. Jiang, junto a Zhu, lideró la apertura económica de finales de los 90 y la entrada en la Organización Mundial del Comercio; su figura provocó nostalgia, sobre todo entre jóvenes que apenas vivieron esa época pero la perciben como un periodo menos rígido y con mejores expectativas económicas.

El mismo nerviosismo reapareció en 2023 con la muerte repentina del ex primer ministro Li Keqiang. Economista y partidario de ciertas reformas de mercado, Li había quedado políticamente en segundo plano frente a Xi. Sus homenajes espontáneos pusieron de manifiesto la delicadeza del duelo: ensalzar al antiguo primer ministro podía entenderse como una crítica implícita al mayor centralismo del actual liderazgo.

“CONSEJEROS DE DUELO”

Este control no se limita a las figuras nacionales. Existe una tradición extendida de gestionar también el dolor provocado por catástrofes, accidentes y matanzas, con la prioridad de impedir que una tragedia se transforme en protesta colectiva y que las demandas de responsabilidad señalen a las instituciones.

Así ocurrió tras el atropello masivo de Zhuhai en 2024, cuando un conductor embistió con un todoterreno a decenas de personas alrededor de un polideportivo y murieron 35 personas. Vecinos colocaron coronas y velas junto al lugar; la policía fue retirando las ofrendas mientras las autoridades habilitaban un espacio controlado al que solo podían acceder familiares. Las críticas en internet por la demora en informar sobre la tragedia fueron eliminadas.

En esos momentos suelen aparecer los llamados «consejeros de duelo». Formalmente son psicólogos, trabajadores sociales y funcionarios destinados a acompañar a las familias. En la práctica también actúan con una función política: evitan que el dolor haga demasiado ruido, limitan el contacto con periodistas y contienen reclamaciones públicas que puedan poner en riesgo la estabilidad social que persigue el Partido.

Tras el accidente del Boeing 737 de China Eastern Airlines en Guangxi en marzo de 2022, que causó 132 muertos, un familiar contó que quienes debían acompañarlo terminaron presionándole para que dejara de hacer preguntas. Sus publicaciones posteriores en redes fueron borradas y recibió llamadas y una visita de las autoridades que le advirtieron de posibles detenciones por «buscar peleas y provocar problemas», un cargo usado contra activistas y críticos.

El precedente más grave fue el terremoto de Sichuan en 2008, la mayor catástrofe del país en este siglo, con alrededor de 88.000 fallecidos, entre ellos más de 6.000 niños en escuelas colapsadas. Cuando los padres denunciaron la mala construcción de edificios y reclamaron responsabilidades, las autoridades movilizaron personal para contener las protestas e incluso recomendaron vigilar a personas susceptibles de «socavar la estabilidad social».

Ese énfasis en la «estabilidad» explica en buena medida la obsesión por controlar incluso actos tan íntimos como el duelo. Pekín no teme las flores, las velas o los mensajes de despedida por sí mismos; teme que miles de personas compartan una misma indignación. Una víctima puede despertar compasión; miles reunidos alrededor de ella pueden convertirse en una multitud, y para el Partido Comunista una multitud siempre supone, en su memoria política, una potencial fuente de desobediencia.

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