Mitch McConnell, senador republicano por Kentucky desde 1985, ha sido una figura clave en la política estadounidense durante décadas. Fue el líder de los republicanos en el Senado entre 2007 y 2025, dirigiendo tanto la minoría (2007-2015 y 2021-2025) como la mayoría (2015-2021). No destaca por su carisma ni por ser un orador brillante, pero consolidó un respaldo sostenido entre sus votantes y perfeccionó la disciplina táctica dentro del Capitolio. Entre sus actuaciones más relevantes figuran la oposición sistemática al gobierno de Obama, el bloqueo de la nominación de Merrick Garland al Tribunal Supremo en 2016, su papel clave en la confirmación de jueces conservadores durante la presidencia de Donald Trump y su influencia para que el Congreso no aprobara el impeachment de Trump tras el asalto al Capitolio.
McConnell, de 84 años, anunció hace meses que se retiraría y no optaría a la reelección en noviembre. Citó el cansancio y la edad como factores en su decisión, y su figura resultó muy afectada por las constantes críticas y ataques que recibió, incluso por parte de aliados políticos. A pesar de años de presiones y humillaciones públicas, mantuvo una conducta mayoritariamente disciplinada, publicó unas memorias con un tono reivindicativo y limitó sus apariciones públicas.
En las últimas semanas el senador ha acaparado atención por su ausencia prolongada. Durante ese periodo no quedaba claro dónde se encontraba ni cuál era su estado de salud, lo que dio pie a rumores y teorías conspirativas. La familia y el equipo llegaron a publicar fotos con el periódico del día como prueba de vida, gestos que alimentaron aún más la especulación pública.
La oficina de McConnell confirmó que fue hospitalizado el 14 de junio después de que los servicios de emergencia lo encontraran inconsciente en su residencia de Washington. Su portavoz señaló que recibía “excelentes cuidados médicos” sin precisar la causa exacta del ingreso. Tras semanas de silencio, McConnell anunció la semana pasada que había sido dado de alta y que sigue atendiendo asuntos del Senado desde su domicilio, ofreciendo poca información adicional.
En la mayoría de países, la desaparición o la inasistencia prolongada de uno de los 100 senadores —y más aún de alguien con la trayectoria de McConnell— sería un asunto extraordinario. En Estados Unidos, sin embargo, ausencias de largo plazo entre legisladores ocurren con relativa frecuencia y son tratadas con una normalidad desconcertante, lo que resulta especialmente relevante cuando las mayorías en ambas cámaras son estrechas y cada voto puede ser decisivo.
Con 538 cargos electos repartidos entre las dos cámaras, es difícil hacer un seguimiento riguroso de todos los congresistas. Hace unos meses el medio TMZ, conocido por contenidos de entretenimiento, comenzó a cubrir política en Washington y difundió imágenes de sus reporteros revisando dossiers con fotos y biografías de todos los congresistas, lo que evidenció lo complejo que resulta monitorear la actividad de cada legislador. Aunque muchos medios mantienen corresponsales en el Capitolio, la ausencia de diputados menos visibles puede pasar desapercibida durante mucho tiempo.
Los ausentes en el Congreso
Un caso reciente fue el del republicano Tom Kean Jr., que estuvo prácticamente desaparecido desde principios de marzo hasta finales de junio. Su oficina se limitó a declarar que padecía un “problema médico personal” y que esperaba recuperarse por completo, sin dar más detalles. Su prolongada ausencia atrajo interés mediático porque representa un distrito muy competitivo en Nueva Jersey y su falta de participación afectó votaciones importantes en una Cámara con mayorías ajustadas.
El 30 de junio Kean volvió al pleno y reveló que había sido hospitalizado y tratado por depresión. En su intervención reconoció que la enfermedad fue más grave de lo que imaginaba y subrayó que la depresión tiene efectos físicos y emocionales difíciles de entender hasta que se experimentan en primera persona.
Su caso reavivó el debate sobre la transparencia en el Congreso. Muchos colegas expresaron apoyo por su apertura sobre la salud mental, pero hubo también críticas por el hecho de que un representante pudiera permanecer ausente más de 100 días sin que los electores supieran la razón real, y por la falta de mecanismos formales para sustituir temporalmente su voto.
En 2023 la senadora demócrata Dianne Feinstein, de 90 años, estuvo ausente varios meses por complicaciones asociadas inicialmente a un herpes zóster. Su ausencia tuvo consecuencias políticas notables: formaba parte del Comité Judicial, responsable de tramitar las nominaciones judiciales del presidente Joe Biden, y su incapacidad para participar bloqueó el avance de nombramientos. Cuando regresó a Washington en silla de ruedas, su equipo reconoció que los problemas médicos habían sido más graves de lo informado: sufrió inflamación cerebral y el síndrome de Ramsay Hunt, y presentó dificultades cognitivas en sus apariciones públicas. Feinstein falleció a finales de año.
Más ausentes…
En los últimos tres años han fallecido en el cargo dos senadores —entre ellos Lindsey Graham, el pasado mes— y una decena de representantes. La edad media en la Cámara de Representantes es de 58 años y en el Senado de 64; 24 senadores superan los 80 años y algunos se acercan a los 90. La Constitución establece edades mínimas para ser miembro de la Cámara (25 años), senador (30) o presidente (35), pero no impone límites máximos, ni para el Congreso ni para el Tribunal Supremo.
Otro caso llamativo fue el de la congresista republicana Kay Granger, de Texas, de 81 años, que dejó de aparecer en la actividad congresual durante meses a finales de 2024. Su equipo y familiares hablaron de problemas de salud, pero reportajes locales descubrieron que residía en una comunidad de personas mayores en Fort Worth con servicios de vida asistida y atención para quienes tienen problemas de memoria. Posteriormente su hijo confirmó que sufría “problemas de demencia”. A pesar de la gravedad del asunto, no desencadenó un escándalo político de gran alcance.
John Fetterman, exalcalde y exvicegobernador de Pensilvania, es otro ejemplo relevante. Durante la campaña de 2022 sufrió un ictus grave, sobrevivió pero quedó con secuelas como un trastorno del procesamiento auditivo que le complica entender conversaciones en tiempo real. Tras llegar al Senado, su salud mental empeoró y en febrero de 2023 ingresó voluntariamente para tratar una depresión clínica severa. Su caso generó un intenso debate político: algunos cuestionaron su capacidad para ejercer, mientras que otros valoraron positivamente que buscara tratamiento y hablara abiertamente de salud mental.
Un reportaje de New York Magazine se centró en cambios de comportamiento de Fetterman tras el ictus y en su recuperación, recogiendo testimonios de antiguos colaboradores que hablaron de altibajos emocionales, impulsividad, discursos repetitivos, alta rotación de personal y aislamiento. Ese debate se ha ampliado hasta especulaciones sobre sus futuras alineaciones políticas y sobre su papel en el equilibrio partidista del Senado en los próximos años.

