31 de agosto de 2026
Buenos Aires, 14 C

Ibiza surfera de China pierde su lado salvaje

Una fiesta de música tecno en Riyue Bay.

Apenas pasada la medianoche, tras una última tanda de fuegos artificiales, un joven sin camiseta con rastas hasta los hombros y una cerveza en la mano baila reggae mientras sortea una tabla de surf tumbada en la terraza frente a la playa. En el local contiguo, un grupo de veinteañeros brinda con cócteles bajo luces de neón. A pocos metros, varias chicas se hacen selfies frente a una furgoneta Volkswagen convertida en bar.

Bienvenidos a Riyue Bay, un pequeño rincón tropical de la isla china de Hainan que durante años fue refugio de mochileros, hippies y buscavidas, y que ahora afronta las consecuencias de haberse puesto de moda.

La noche en esta especie de pequeña Ibiza china gira en torno a una calle paralela al mar donde casi cada fachada compite por llamar la atención: cafeterías, bares de cócteles, restaurantes, tiendas de surf, hostales pequeños, grafitis y tablas clavadas en las paredes.

En un local suena reguetón; en el siguiente, electrónica; a unos metros hay una fiesta con pop chino de fondo. Por las terrazas pasan jóvenes llegados de ciudades como Shanghái, Pekín o Shenzhen, vestidos con esa estudiada informalidad que suele ser costosa: camisetas oversize, gorras de marcas surferas, sandalias de diseño y tablas recientes.

Una fiesta de música tecno en Riyue Bay.

Una fiesta de música tecno en Riyue Bay.EM

Riyue Bay conserva algo poco común en China: la posibilidad de caminar descalzo por la calle, entrar aún mojado en un bar tras surfear y pasar horas sentado frente al mar. En un país centrado en la productividad, los horarios y la competencia, esa relajación funciona casi como una pequeña rebelión.

Pero los veteranos del lugar dicen que la verdadera rebeldía terminó hace tiempo. “Antes esto era mucho más divertido y auténtico”, comenta Jay, un cuarentón que lleva 20 años surfeando en Riyue Bay. Se refiere a una época, poco antes de la pandemia, en la que la zona era sobre todo territorio de mochileros, con fiestas improvisadas, alojamientos muy baratos y menos vigilancia.

“Hasta era fácil encontrar marihuana”, recuerda Jay, y añade que aquello alimentó la fama de una burbuja permisiva y bohemia, alejada de la disciplina del continente. “Esto era un pueblo de pescadores y de hippies”, bromea.

Esa versión pertenece a otra Riyue Bay. La popularidad en las redes sociales chinas modificó por completo el ecosistema: primero llegaron los influencers, luego los inversores y finalmente las multitudes. Con ellos se intensificó la supervisión comercial y la vigilancia policial; los controles son ahora más visibles y algunas diversiones ilegales desaparecieron.

La fauna nocturna también ha cambiado. Siguen los surfistas curtidos por el sol, pero ahora comparten la barra con una nueva tribu: jóvenes urbanitas que buscan durante unos días una versión cuidadosamente envasada de la vida hippie. “Antes venías aquí porque querías surfear. Ahora muchos vienen para hacerse una foto diciendo que han venido a surfear”, resume Yang, otro habitual.

Turistas tomando algo en uno de los locales a pie de playa de Riyue Bay.

Turistas tomando algo en uno de los locales a pie de playa de Riyue Bay.EM

Muchos de los nuevos visitantes son universitarios o jóvenes empleados en finanzas, empresas tecnológicas o publicidad en Shanghái o Pekín. Llegan las vacaciones, se ponen una camisa tropical, alquilan una tabla y suben a Xiaohongshu una foto mirando al horizonte desde el agua. Este patrón es cada vez más habitual: cuando un lugar alternativo se vuelve tendencia, quienes buscan su autenticidad acaban contribuyendo a erosionarla.

Las autoridades locales llevan tiempo impulsando el éxito turístico de Riyue Bay como la capital del surf de China. Wang Shisan, gerente del Riyue Bay Shaka Surf Club, afirma que las playas ofrecen más de 200 días al año aptos para surf y que aquí hay una base nacional de entrenamiento y competiciones. Además, muy cerca se ha construido una piscina artificial de nivel olímpico capaz de generar 23 tipos de olas.

Avanzada la madrugada, la música sigue en algunos locales. Un grupo sale tambaleándose de un bar mientras otro debate dónde continuar la noche. Las luces de los garitos se reflejan en las tablas aparcadas junto a la calle. Al amanecer, antes de que lleguen los turistas, Riyue Bay recupera algo del antiguo refugio: solo están el mar y los surfistas veteranos esperando una buena ola. Es probablemente el momento en que más se asemeja al lugar del que hablan con nostalgia quienes llegaron antes de los influencers y las excursiones organizadas.

Chen, un surfista veterano, recuerda cuando apenas había unos hostales baratos y negocios pequeños montados por gente que vino de otras provincias para vivir junto al mar. “Me da pena que el éxito en redes sociales haya cambiado por completo el perfil del visitante; ahora llegan muchos más turistas de fin de semana, jóvenes acomodados de las grandes ciudades y grupos que buscan reproducir imágenes virales”, dice. A su juicio, Riyue Bay es hoy más limpia, organizada y próspera, pero también mucho más comercial. “Antes era una comunidad alternativa; ahora parece un parque temático”, añade.

Surfistas en la playa de Riyue Bay.

Surfistas en la playa de Riyue Bay.EM

No todos comparten esa nostalgia. Para Zhu, un vecino, idealizar aquel tiempo implica olvidar que detrás de la imagen romántica de un pueblo de surfistas también había familias con pocos recursos y escasas oportunidades más allá de la pesca.

“La llegada masiva de turistas ha permitido que muchos residentes abran restaurantes, alquilen habitaciones, trabajen como instructores de surf o encuentren empleo en hoteles y comercios”, explica. “Es injusto pedir a los vecinos que renuncien al desarrollo para preservar el paraíso que encontraron los primeros mochileros”. Su argumento resume una realidad: para quienes venían de vacaciones la antigua Riyue Bay quizá era más auténtica; para muchos residentes, la nueva ofrece mejores oportunidades.

Riyue Bay se hizo famosa porque parecía escapar de la China de centros comerciales idénticos, decorados artificiales y grandes urbanizaciones. Su atractivo residía precisamente en el desorden. Ahora intenta conservar ese espíritu mientras elimina buena parte de lo que lo sostenía. Las autoridades quieren hippies, pero hippies que cumplan las normas: una cultura alternativa que atraiga a jóvenes de Shanghái y Pekín, pero sin los excesos que caracterizaron a enclaves similares en Bali, Goa o Ibiza.

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