13 de septiembre de 2026
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Arin Karapet, el hijo de inmigrantes que quiere que Suecia vuelva a ser Suecia: “El color de la piel y el apellido no importan, pero hay que adoptar la cultura sueca”

Arin Karapet, el hijo de inmigrantes que quiere que Suecia vuelva a ser Suecia: "El color de la piel y el apellido no importan, pero hay que adoptar la cultura sueca"

Hijo de armenios nacidos en Irán, Arin Karapet (Estocolmo, 1988) defiende desde las filas de Demócratas de Suecia, el partido de extrema derecha que ha sostenido estos cuatro años al Gobierno conservador, una política migratoria de mínimos. Su biografía podría parecer una objeción al discurso de la formación, pero él la utiliza como argumento: el problema, sostiene, está en el volumen de las llegadas y en un modelo de integración que exige demasiado poco a quien se instala en el país. Karapet es diputado y representante de una fuerza que ya considera insuficiente su condición de segundo partido de Suecia.

La posibilidad de entrar en el Gobierno, esgrimida durante la campaña, forma parte de una ambición más extensa. “Demócratas de Suecia es el segundo partido más grande del país y nuestro objetivo es ser el primero. Confío en que seremos la primera fuerza en 2030. Queremos hacer que Suecia vuelva a ser Suecia y reducir al mínimo el número de solicitantes de asilo“, explicaba minutos después del cierre de campaña del sábado en el centro de Estocolmo, entre actuaciones de rock vikingo y un show en el que incluso su candidato Jimmie Åkesson tocó el teclado para animar a la audiencia.

El programa electoral de 2026 lleva esa idea de país a todas las áreas. En inmigración, Demócratas de Suecia promete mantener el nivel de asilo más bajo posible, restringir la llegada de trabajadores extranjeros, condicionar las prestaciones y fomentar el retorno voluntario.

Como en el caso del resto de sus compañeros de partido, la inmigración ocupa el centro de sus preocupaciones. Karapet describe un país transformado durante las últimas décadas y recurre a la palabra “gueto”, habitual en el debate político sueco, para hablar de los barrios donde se concentran la pobreza, el desempleo y las familias de origen extranjero: “Suecia ha experimentado con la inmigración masiva durante 30 o 40 años. Yo mismo soy hijo de inmigrantes, pero actualmente encuentras lo que en términos suecos llamaríamos un gueto en prácticamente todas las ciudades pequeñas. Cuando yo era pequeño, quizá había tres o cuatro en todo el país. Ahora queremos reducir las cifras migratorias, actuar con dureza contra la delincuencia y recuperar la economía“.

Por eso, en el capítulo de seguridad, su partido exige más policías, condenas más largas, reclusión prolongada para los delincuentes considerados peligrosos y la expulsión de todos los extranjeros condenados por delitos graves. Su política de integración contempla requisitos más duros para obtener la nacionalidad, la retirada de la ciudadanía a personas nacidas fuera de Suecia que cometan determinados delitos, la supresión de la enseñanza pública en lenguas maternas y restricciones al uso de intérpretes pagados por el Estado.

UNA HISTORIA FAMILIAR

El año 2015 es para Karapet el momento en que el sistema alcanzó su límite. Suecia recibió entonces una de las mayores proporciones de solicitantes de asilo de Europa. Karapet señala aquella crisis como el origen de buena parte de las tensiones actuales: “En 2015 llegamos a recibir alrededor de 10.000 inmigrantes cada semana y ahora estamos pagando el precio, y la visión de construir un sistema multicultural tampoco funciona, porque una persona se convierte en sueca cuando aprende el idioma, paga sus impuestos y respeta la cultura sueca. Puede conservar sus propias creencias, pero esas creencias deben respetar la legislación sueca”.

Su propia familia representa, a su juicio, el camino contrario del rumbo reciente de su país. Su padre llegó a Suecia para estudiar. Y su madre trabajaba para una empresa sueca. Ambos se conocieron en el país nórdico y construyeron allí una familia. Karapet recuerda una infancia con pocos recursos, una madre exigente con sus estudios y un Estado del bienestar que le permitió avanzar. La odisea de sus padres es un contraste con lo que ve ahora desde su escaño: “Mis padres son armenios nacidos en Irán. Mi padre vino como estudiante y mi madre trabajaba para una empresa sueca. Se conocieron aquí. Llegaron con un objetivo y con un plan sobre cuál sería el siguiente paso”. El resto es una historia de trabajo duro y meritocracia, porque ambos “aprendieron rápidamente el idioma, se ocuparon de mí y mi madre fue muy estricta con mis estudios”.

La situación económica de la familia distaba de ser cómoda. Karapet recuerda que Suecia compensaba esa precariedad mediante unos servicios públicos capaces de proporcionar educación, sanidad y oportunidades con independencia del barrio o de los ingresos de los padres: “Nuestra situación económica no era la mejor, pero Suecia ofrece oportunidades que otros países europeos no proporcionan… porque aquí, con independencia del lugar en el que vivas, el Estado del bienestar te ofrece asistencia sanitaria, atención dental gratuita hasta cierta edad y educación gratuita. Incluso concedemos ayudas a los estudiantes para que puedan continuar en la escuela y en la universidad”.

En su discurso, Karapet separa el origen étnico de la identidad nacional. La apariencia o el apellido de una persona tienen para él menos valor que su disposición a asumir las reglas y costumbres del país. “La apariencia, el color de la piel o el apellido carecen de importancia. Cualquier persona puede convertirse en sueca, pero tiene que adoptar la cultura sueca”, sostiene. Su idea de integración deja espacio para los orígenes familiares, aunque exige una cultura pública común: “Tiene que aprender el idioma, pagar sus impuestos y respetar las leyes. Ese es el modelo que defendemos”.

Karapet identifica el islamismo y las aspiraciones de imponer la ‘sharía’ como uno de los obstáculos para la integración, aunque distingue expresamente entre esa corriente y el conjunto de los musulmanes, porque es consciente de que “existe una corriente dentro de una minoría considerable de musulmanes que quiere la sharía”. “Hablo de una minoría, no de todos los musulmanes”, añade. Para explicarlo vuelve a recurrir a su experiencia personal y a la tradición secular sueca: “Una persona musulmana secular no representa ningún problema para nosotros. Yo soy un cristiano secular y tampoco querría que alguien estuviera hablándome de Jesucristo las 24 horas del día”.

Su conclusión, tras una intensa campaña en la que la inmigración ha sido una baza para casi todas las formaciones, combina secularismo, asimilación cultural y autoridad estatal. “En Suecia, la religión pertenece al ámbito privado y el Estado está separado de ella”, sostiene. Así que la religión puede conservarse como parte de la vida individual, siempre que permanezca fuera de las instituciones y subordinada a la ley, porque “cada persona puede tener sus creencias, pero esas creencias deben respetar la legislación sueca, porque para vivir juntos necesitamos unas reglas comunes”.

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