Las escenas de violencia y saqueos en Francia del 17 de octubre no se explican únicamente como una protesta estudiantil desbordada ni como la acción de unos pocos infiltrados.
Al inicio, como en cada comienzo de curso, los estudiantes se movilizaron por demandas educativas: sustituir profesores ausentes, mejorar las instalaciones, reducir la jornada escolar o suprimir Parcoursup, la plataforma de acceso a la universidad que genera críticas por su opacidad y presunta discriminación.
Hasta allí, las acciones eran comparables a movilizaciones previas —bloqueos, barricadas o fogatas con consignas—, en un país con una tradición de protesta como la del Mayo francés. Sin embargo, en esta ocasión la protesta escaló rápidamente: la violencia fue mayor, cambiaron los protagonistas y se apreció una mayor organización y premeditación en los destrozos.
Al reclamo estudiantil se sumaron el sábado los chalecos amarillos y sectores de la Francia periférica, cuyo malestar acumulado se articuló con las preocupaciones por el poder adquisitivo en un contexto de alzas de precios, en parte relacionadas con las guerras en Ucrania y Oriente Próximo, lo que aumentó el coste de la gasolina. Ese descontento se dirigió contra el presidente Emmanuel Macron —enfrentado a una deuda pública elevada— y contra el Gobierno que necesita aprobar medidas presupuestarias para contener el déficit.
La legitimación de la violencia
Pronto los reclamos estudiantiles quedaron en segundo plano. La activista climática Greta Thunberg acudió al instituto Paul-Éluard de Saint-Denis para expresar su apoyo a los estudiantes, un gesto que atrajo atención mediática y planteó interrogantes sobre las alianzas entre distintos movimientos.
Seine-Saint-Denis es el departamento de la Francia metropolitana con mayor proporción de inmigrantes y de hijos de inmigrantes, alrededor del 63% según datos oficiales de 2020-2021. El alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko —figura en el partido La Francia Insumisa (LFI)— es promocionado por Jean-Luc Mélenchon como representante de lo que denomina la “nueva Francia”, un electorado joven y diverso.
Bagayoko se ha mostrado públicamente con una bandera palestina y retiró el retrato del presidente Macron de su despacho. En medio de las protestas, declaró que “la violencia, en un momento dado, puede ser legítima”, si bien matizó que lo ideal es evitarla. Tras el 7 de octubre de 2023, también hubo declaraciones polémicas de representantes del entorno político que han relativizado o justificado episodios de violencia.
La omnicausa
Desde LFI y otros sectores se ha difundido el argumento de que la violencia callejera responde a una “violencia sistémica e institucional” previa, promoviendo una estrategia de convergencia de luchas. En las movilizaciones han participado grupos radicales dispuestos a provocar daños —antifa y black blocks—, y, en paralelo, jóvenes de los suburbios han aprovechado los disturbios para saquear comercios de lujo, mientras que otras facciones atacaban edificios públicos.
Resulta llamativo que, en distintos grupos sociales y políticos implicados —jóvenes de barrios acomodados, jóvenes de los suburbios o militantes de la ultraizquierda— la bandera palestina estuviera muy visible mientras la francesa no lo estaba, pese a que no existe una conexión evidente entre el conflicto de Oriente Próximo y las demandas educativas que originaron la protesta.
La “causa palestina” se ha convertido así, en opinión del autor del texto original, en una causa transversal que agrupa demandas diversas —ecologismo, feminismo, derechos LGBT, antirracismo, anticolonialismo y anticapitalismo—. Según esa lectura, los reclamos estudiantiles habrían sido instrumentalizados y transformados en una plataforma crítica hacia Occidente.
Con seis meses para las elecciones presidenciales, LFI parece apostar por una mayor radicalización que polarice la sociedad y facilite una segunda vuelta con el Agrupación Nacional de Marine Le Pen, mientras esta obtiene ventaja sin necesidad de una campaña activa por parte de sus rivales.
*Periodista y escritor. Autor de los libros ‘La traición progresista’ y ‘El secuestro de Occidente’

