Las redes sociales convirtieron en noticia internacional un enfrentamiento ocurrido el 2 de noviembre en Petropavlivska Borshchahivka, en las afueras de Kiev, donde una multitud de unas 200 personas se enfrentó a policías, soldados y vehículos. Las fuerzas de seguridad respondieron con gases lacrimógenos y disparos de advertencia. El choque se originó tras denuncias sobre un supuesto centro de tortura donde se retenía a reclutas movilizados. La policía niega la existencia de una prisión clandestina y ha señalado que algunas personas que impulsaron la protesta falsearon su identidad profesional. Las autoridades ucranianas investigan el suceso como una posible provocación amplificada por propaganda rusa, al tiempo que averiguan las acusaciones de malos tratos a militares presentes en el lugar.
En Ucrania rige la movilización obligatoria bajo la ley marcial, cuya gestión suscita críticas: los traslados a centros de reclutamiento y las limitaciones de movimiento generan tensiones sociales. Sin embargo, la movilización no legitima abusos ni privaciones de libertad; en las primeras fases del proceso se han denunciado episodios de violencia, incluidos casos dentro de algunas unidades, que han sido investigados por medios independientes ucranianos.
ECOSISTEMA DE PROPAGANDA
El caso de las supuestas cámaras de tortura cerca de Kiev ilustra cómo opera el ecosistema de propaganda ruso a escala internacional. Todo comenzó con denuncias sobre detenciones ilegales y malos tratos presuntamente cometidos por una unidad de la Guardia Nacional. A partir de ese incidente real, canales prorrusos transformaron las acusaciones en la narrativa de prisiones clandestinas y tortura sistemática; posteriormente, otras redes reforzaron y multiplicaron esas afirmaciones, incluso con vídeos falsos que imitaban medios internacionales y organismos.
La historia trascendió rápido a España y llegó a aparecer en informativos. Una investigación de Monitor Disinfo detalló su difusión por canales de Telegram, medios alternativos y comunicadores españoles. Entre los primeros amplificadores figura DDGeopolitics, identificado por autoridades francesas en operaciones previas. Esa investigación no prueba coordinación total ni que Moscú organizase el incidente original, pero sí muestra un mecanismo en el que acusaciones se trasladan entre plataformas, se traducen y repiten hasta adquirir apariencia de verificación cuando, en realidad, dependen de un mismo relato sin confirmar.
UN TEATRO ANTE LA POLICÍA
A medida que se investigan los hechos y los implicados, emergen indicios de que parte de la acción pudo estar preparada. Las autoridades examinan la hipótesis de una operación destinada a sacar irregularmente a un militar del edificio. Que la difusión haya servido a la propaganda enemiga no implica por sí sola que ésta organizara el episodio.
El foco del suceso es una casa sin insignias, rodeada por un muro de ladrillo, en Petropavlivska Borshchahivka. La Guardia Nacional afirma que el lugar funcionaba como punto de tránsito para alojar a movilizados mientras se gestionaban sus documentos y antes de enviarlos a instrucción. Cuatro de los hombres hallados en el edificio habían abandonado previamente su puesto o unidad y después precisaron atención hospitalaria. La Guardia Nacional indicó que uno, Oleksandr Pavliuchenko, tenía una fractura vertebral antigua ya cicatrizada; otro, Iván Yareshko, dio positivo en un test de drogas y se habría autolesionado. Esas son las versiones oficiales; las circunstancias exactas de las lesiones deben aclararse en la investigación.
La policía recibió el aviso de una supuesta ambulancia privada que intentó entrar en el edificio. Aproximadamente hora y media después de los primeros partes sobre altercados, una multitud se congregó frente a la casa, increpando a policías y guardias nacionales que custodiaban el acceso y exigiendo la liberación de quienes permanecían dentro.
En el centro de la movilización estaban dos integrantes de esa ambulancia autodenominada, que aparentemente intentaban negociar con la Guardia Nacional mientras hablaban ante la gente. La mujer que se presentó como la sanitaria Valentina Moloda, según el medio independiente Slidstvo.Info, figura laboralmente como cosmetóloga.
Moloda afirmó ante la multitud que cuatro personas dentro necesitaban atención y que una había fallecido; la policía negó la existencia de fallecidos. En redes circuló un vídeo en el que Moloda, arrodillada frente a la puerta, suplicaba tener acceso para atender a los retenidos y emitía la escena en directo, presentando la situación como una detención ilegal.
El engaño comenzó a desvelarse el 3 de noviembre con la detención de Moloda. Las autoridades dijeron que ella y su acompañante habían inspeccionado el edificio días antes en lo que describieron como “misiones de reconocimiento”. La ambulancia mostraba distintivos de una empresa sanitaria que dejó de operar en 2023 y vendió el vehículo en 2024. En el teléfono de Moloda se localizaron fotos del edificio y conversaciones sobre la preparación de protestas. El SBU afirma que recibió un pago por su actuación y que se hizo pasar por sanitaria. Todo apunta a una acción prevista con antelación, aunque sigue investigándose quién la organizó y con qué fin.
EXTRAER A UN MILITAR
La Fiscalía sostiene que Moloda fue contratada el 30 de octubre para sacar clandestinamente a Andrei Kuleshov, un militar que había abandonado su unidad y había sido devuelto al servicio, y que la operación debía presentarse como una evacuación médica. El SBU dice que el encargo partió de otra persona de la región de Kiev. El comandante del primer cuerpo Azov afirmó que familiares del militar habían intentado obtener su liberación y que su madre llegó a ofrecer un soborno de unos 6.200 euros.
En la protesta sobresalió la figura de un adolescente de pelo rubio hasta los hombros que se subió a un árbol para filmar y gritar a los soldados en el patio; después lanzó ladrillos que le pasaban miembros de la multitud y finalmente cayó al interior. La tensión aumentó y parte del muro fue derribada. Por la entrada principal salieron entonces 17 hombres por su propio pie, con sus pertenencias, y subieron a un autobús de la Guardia Nacional.
Posteriormente se viralizó la imagen del mismo adolescente siendo sacado del patio envuelto en una manta y en aparente estado de shock, lo que alimentó la afirmación falsa de que menores estaban siendo retenidos y torturados. Las imágenes previas muestran que el joven llegó como manifestante y entró durante los disturbios: no formaba parte de los hombres que estaban dentro antes de la protesta. El adolescente declaró en TikTok haber sido agredido por varios encapuchados; la Guardia Nacional niega haberle golpeado. En todo caso, esos hechos diferencian la realidad de la versión falsa de un encierro prolongado.
La movilización obligatoria en Ucrania no alcanza a menores de 25 años, pero la propaganda rusa también ha difundido imágenes y vídeos manipulados para sostener acusaciones sobre reclutamiento y tortura de menores.
Aclarar por completo lo sucedido llevará tiempo. Según la policía ucraniana, al entrar en el inmueble constataron que la información sobre detenciones ilegales era “falsa”; defendieron que el lugar servía como alojamiento temporal antes del traslado a instrucción. Esa versión no zanja las pesquisas sobre las lesiones: cuatro hombres precisaron atención hospitalaria y las autoridades militares anunciaron una comprobación interna.
Los mandos de la Guardia Nacional permitieron que varios civiles, incluida la madre de un movilizado, ingresaran y hablaran con quienes estaban dentro. A la salida, la mujer afirmó que las personas que vio no corrían peligro, aunque describió condiciones de alojamiento muy deficientes.
Como resumió Francis Farrell, periodista de The Kyiv Independent, “las decenas de teléfonos que retransmitían en directo superaban con creces el número de periodistas en la zona”. Farrell percibió la presencia de personajes con roles definidos en la escena. La Guardia Nacional informó de 16 miembros lesionados durante los disturbios. La Fiscalía imputó a Iván Parshonkov, de 18 años, por golpear con un martillo un vehículo militar; según medios, él habría comprado previamente el martillo. Esa acusación se refiere a ese ataque concreto y no identifica por sí sola al joven que aparece en las imágenes del árbol y la manta.
¿Quién impulsó la difusión? El opaco ecosistema de canales ucranianos y rusos en Telegram, muchos gestionados por cuentas anónimas que priorizan el espectáculo sobre la verificación, contribuyó a transformar un enfrentamiento ciudadano-policía en la narrativa de “cámaras de tortura de Zelenski” asaltadas por supuestos patriotas.
La historia fue aprovechada por sectores radicales europeos, entre ellos Alice Weidel, líder de Alternativa para Alemania, que pidió abordar el tema durante la visita de Zelenski a Berlín y compartió fotos del adolescente. El Telediario 2 de TVE también dio eco a las denuncias, que luego fueron desmentidas por verificaciones como la de Maldita.es, que concluyeron que el joven era un manifestante y recogieron la negación oficial de la existencia de una prisión ilegal.
“Está claro que los sucesos de ayer en Petropavlivska Borshchahivka no se produjeron sin influencias”, declaró el 3 de noviembre Kirilo Budanov, jefe de la Oficina del presidente Zelenski, sin identificar públicamente a los responsables. También advirtió de que el episodio sacaba a la luz tensiones sociales y problemas pendientes que las autoridades deben abordar.
La actuación de redes rusas de desinformación en torno al caso está documentada, aunque hasta ahora no existe prueba pública de que Rusia contratara a Moloda o dirigiera la protesta. La investigación judicial señala como hipótesis más concreta una operación planeada para extraer irregularmente a un militar, acompañada de publicaciones diseñadas para provocar una reacción pública y desencadenar disturbios; la posible conexión directa con órdenes desde Rusia permanece por esclarecer.
Todo el escándalo ocurre sobre un trasfondo de tensiones latentes en la sociedad ucraniana en torno a la movilización, que convive con una amplia voluntad de resistencia. Según una encuesta del Instituto Internacional de Sociología de Kiev publicada a finales de octubre de 2026, el 63% de los encuestados declaró estar dispuesto a soportar la guerra todo el tiempo que fuera necesario.

