La reciente actualidad de Ulises por la película de Christopher Nolan ha reavivado el interés por el héroe homérico y su significado contemporáneo. Ese impulso de mirar el horizonte como invitación a superarlo —el eje de La Odisea— me acompañó durante la lectura de The Infinity Machine: Demis Hassabis, DeepMind, and the Quest for Superintelligence, la biografía de Sebastian Mallaby sobre el cofundador de DeepMind. El libro narra la trayectoria excepcional de Hassabis y, sobre todo, dibuja una mirada coherente sobre el mundo: su paso del ajedrez a los videojuegos, de allí a la neurociencia y luego a la inteligencia artificial no es cambio de intereses, sino la persecución persistente de las mismas preguntas fundamentales sobre la mente, los límites del conocimiento y los engranajes del entendimiento. Mallaby enfatiza esa coherencia intelectual más que los triunfos tecnológicos.
Mientras leía, Ulises volvía constantemente a mi pensamiento.
La Odisea no se reduce a la narración de un regreso. Ítaca da sentido al viaje, pero entre la partida y el retorno se despliega un mundo que merece ser explorado. Ulises mantiene el anclaje de su hogar y, por eso mismo, puede internarse en lo desconocido: su vocación es ampliar el horizonte. Ese rasgo también ha definido, en buena medida, la tradición occidental.
No se trata solo de curiosidad o de un afán por vencer obstáculos e innovar. Es una convicción central del espíritu científico: el saber amplía la dimensión de la vida. Esa postura, con raíces en la tradición griega y formulaciones decisivas en la Ilustración, concibe la razón no como un ejercicio abstracto sino como instrumento de emancipación—comprender para transformar, descubrir para aumentar la libertad. En esa corriente, la idea de progreso se basa en la confianza de que es posible ir más allá, corregir errores y construir un mundo mejor mediante la razón y la libertad.
Desde la Grecia clásica hasta el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, Occidente vivió bajo la noción de frontera: siempre había territorio nuevo por cartografiar, enfermedades por derrotar o teorías por formular. A partir de los años setenta, sin embargo, ese imaginario cambió: el primer informe del Club de Roma simbolizó el giro de la metáfora de la frontera al límite. El planeta dejó de verse solo como algo por explorar y pasó a necesitar preservación; la relación con el progreso se transformó, y empezamos a pensar en términos de contención más que de apertura.
Tal vez por eso la inteligencia artificial resulta tan desconcertante: nos coloca frente a un universo vertiginoso cuando seguimos mentalmente organizados por la idea de límites. Ya no cartografiamos continentes, sino el entendimiento, el lenguaje, la vida o la conciencia. La cartografía se ha desplazado al interior de la mente y a los límites de lo humano; el explorador es ahora parte del territorio que estudia. Esta exploración tecnológica conduce, paradójicamente, a la frontera más antigua: el conocimiento de nosotros mismos.
Esa intuición es, posiblemente, la aportación más importante del libro. Hassabis no aparece solo como un científico destacado o un empresario ambicioso, sino como un explorador intelectual. Mallaby entiende que la aventura de DeepMind emergió de una obsesión por preguntas profundas, no únicamente de una iniciativa empresarial. Por eso la biografía se convierte en la crónica de una búsqueda que cambia herramientas sin abandonar su propósito: en otro tiempo ese impulso podría haber llevado a surcar océanos; hoy conduce a navegar la inteligencia.
Desde la niñez, Hassabis parece afrontar cada logro como la puerta a un desafío más complejo: el ajedrez le llevó a pensar en las reglas de la inteligencia; los videojuegos, a crear mundos y estudiar el aprendizaje en ellos; la neurociencia, a explorar memoria e imaginación; la inteligencia artificial, a integrar esas búsquedas. Incluso se menciona que fue galardonado en 2024 con el premio Nobel de química. Más que cambiar de campo, ha seguido un mismo horizonte bajo distintas formas.
Henry Kissinger advirtió que la inteligencia artificial planteaba problemas para los que la filosofía dominante no estaba preparada. Durante décadas se dio por sentado que el futuro hablaría el lenguaje de la ciencia; sin embargo, la realidad es más compleja. A medida que las máquinas avanzan, resulta urgente replantear qué nos diferencia de ellas: comprender, imaginar, juzgar, crear y asumir responsabilidades. La discusión no es solo sobre regular una tecnología nueva, sino sobre qué ontología puede orientar a una civilización que reconoce los límites físicos del planeta sin renunciar a las fronteras abiertas del conocimiento. Esa reconciliación entre límites y apertura podría ser la gran tarea intelectual de nuestro tiempo.
Por eso el libro de Mallaby va más allá de la inteligencia artificial: recuerda que lo técnico cambia mientras las grandes preguntas persisten. Varían las herramientas y los escenarios, pero permanece la actitud de frontera que impulsó el periplo de Ulises y que, en distintos tiempos y formas, sigue animando la búsqueda del conocimiento.

