Hace más de dos siglos, el demógrafo británico Thomas Malthus alertó sobre un posible cataclismo demográfico: en su visión, la población crecería más rápido que la producción de alimentos y acabaría en hambrunas y calamidades. Esa predicción resultó equivocada en varios aspectos.
Por un lado, la humanidad multiplicó su capacidad para producir alimentos mediante la mecanización, la rotación de cultivos, la ganadería intensiva, la edición genética y nuevos fertilizantes, evitando el desastre que Malthus temía.
Por otro lado, el crecimiento poblacional sostenido dejó de ser una regla fija. Actualmente vivimos un descenso acelerado de la fecundidad en muchas regiones, pese a que la esperanza de vida y los niveles de bienestar siguen aumentando. Las próximas generaciones empezarán a experimentar las consecuencias de esa caída demográfica, aunque aún no se conocen con precisión todas sus causas.
Las proyecciones indican que la población mundial superará los 9.000 millones hacia 2050 y después iniciará un retroceso. La tasa global de fecundidad ha caído por debajo del umbral de reposición (2,1 hijos por mujer) en países ricos y pobres. En España, por ejemplo, la tasa es de 1,1 hijos por mujer y la natalidad descendió casi un 25% entre 2015 y 2025; en Colombia es 1,6, en Tailandia 1,2, en Irán 1,7 y en Corea del Sur apenas 0,7. Salvo contadas excepciones, la tendencia atraviesa niveles de desarrollo, geografías y políticas, y supera explicaciones exclusivamente religiosas o culturales.
Se sugieren varias causas: dificultades para acceder a la vivienda, cambios en los patrones de relación social y el papel de la tecnología en el aislamiento, entre otras. Disminuye el número de parejas formadas, aumenta la proporción de personas solteras y crece el grupo de adultos jóvenes que opta por no tener hijos.
El catedrático Jesús Fernández‐Villaverde, de la Universidad de Pensilvania, considera que la caída demográfica es el principal reto contemporáneo porque provocará transformaciones económicas y sociales profundas. Aunque una población menor podría ser más sostenible en términos ambientales, surgirán problemas complejos: cómo financiar las pensiones y los servicios públicos con menos trabajadores, el impacto en la política y el crecimiento económico, y si la automatización compensará la menor mano de obra. No hay precedentes claros para orientar estas respuestas.
En definitiva, la humanidad entra en una fase demográfica inédita cuyas repercusiones reales se irán viendo en las próximas décadas y serán afrontadas por las generaciones futuras.

