León XIV presidió una misa multitudinaria este domingo en Lourdes, ante unas 200.000 personas, y tiene previsto reunirse con siete víctimas de violencia sexual vinculadas a la Iglesia en Francia. La celebración se realizó frente a la basílica de Nuestra Señora del Rosario; parte de los mosaicos de su fachada permanecieron cubiertos porque su autor, el sacerdote esloveno Marko Rupnik, está acusado de agresiones sexuales.
Antes de la liturgia en el llamado “santuario de la esperanza”, el Papa pidió a los obispos franceses que continúen combatiendo la “dolorosa lacra” de los abusos sexuales. Les expresó su gratitud por lo hecho y por las medidas adoptadas, y lo hizo a cinco años del informe que estimó en 330.000 las víctimas de abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia de Francia desde 1950.
Hasta la tercera jornada de su viaje apostólico a Francia, el Papa había mantenido un marcado silencio sobre el asunto. Por la tarde tenía programado un encuentro a puerta cerrada con siete víctimas, entre ellas una exempleada del centro católico Notre-Dame de Bétharram, donde se denunciaron más de 200 casos que implicaron al ex primer ministro François Bayrou.
Varios colectivos de víctimas criticaron el proceso de selección y la ausencia de representantes de sus agrupaciones, calificando el encuentro de “farsa”. En cualquier caso, la visita del Papa a Lourdes quedó empañada por el escándalo que afecta a la Iglesia francesa.
En su homilía, pronunciada en francés y dirigida a los peregrinos, el Papa pronunció también una fórmula en español: “Un solo corazón, una sola familia”. A diferencia de su intervención en París, en Lourdes hizo referencias explícitas a cuestiones como la muerte asistida y el aborto.
El Pontífice afirmó que, frente a corrientes que intentan redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la gruta de Massabielle se presenta como un santuario de la esperanza cristiana. Subrayó que allí “no se rechaza ninguna fragilidad” y que muletas y sillas de ruedas no son impedimentos. Concluyó recordando que, en una sociedad orientada al progreso y al bienestar material, María recuerda la dimensión trascendente de la existencia y la vocación de la vida eterna.

