Cada vez que Rusia lanza un misil balístico hacia suelo ucraniano, las defensas aéreas disponen de apenas minutos, a veces segundos, para detectarlo y neutralizarlo. Ese margen tan reducido deja a Kiev y a otras grandes ciudades en una situación de vulnerabilidad frente a proyectiles que caen casi en vertical a velocidades extremadamente altas. Desde el Gobierno ucraniano sostienen que solo las baterías Patriot de fabricación estadounidense tienen la capacidad técnica para interceptarlos, pero la cantidad de sistemas y de interceptores disponibles sigue siendo insuficiente.
A diferencia de los misiles de crucero, que vuelan a menor altura y se comportan de modo parecido a aeronaves, los misiles balísticos se elevan como cohetes y luego descienden en picado a velocidades muy superiores a la del sonido. Esa trayectoria y esa rapidez dificultan enormemente la intercepción. Thomas Withington, especialista en guerra electrónica del Royal United Services Institute, explica que la caída tan pronunciada y la elevada velocidad hacen que interceptarlos sea comparable a intentar atrapar una pelota lanzada con máxima fuerza: cuanto más rápido va el objetivo, menor es la probabilidad de impacto.
En el arsenal ruso, el Iskander-M es el misil balístico terrestre más utilizado, al que se suma el Kinzhal, lanzado desde aviones. Además, Rusia ha adaptado misiles de defensa aérea S-300 y S-400 para atacar objetivos en tierra. También figura el Zircon, un misil de crucero hipersónico naval cuya alta velocidad plantea a los radares y defensas retos similares a los de los misiles balísticos.
Las limitaciones de los sistemas Patriot
Las baterías Patriot más avanzadas entregadas a Ucrania son del modelo PAC-3, que emplea interceptores de impacto directo (hit-to-kill) en lugar de ojivas de proximidad. No obstante, su presencia no garantiza una defensa impenetrable: si una batería no está en el lugar correcto o agota su munición, quedan huecos que otras defensas no pueden cubrir. Rusia aplica además tácticas de saturación, combinando misiles balísticos, crucero, señuelos y oleadas de drones para forzar el racionamiento de interceptores.
Esta escasez se ha visto agravada por la demanda internacional, incluida la intensa utilización de interceptores Patriot y THAAD por la escalada en Oriente Medio. Según The Associated Press, las reservas estadounidenses de Patriots habrían disminuido al menos un 65% respecto a niveles previos al conflicto, si bien el Pentágono asegura mantener existencias suficientes. La industria tampoco puede incrementar la producción de forma inmediata: Lockheed Martin entregó más de 600 interceptores PAC-3 MSE en 2025 y proyecta llegar a 2.000 anuales para 2030, pero los plazos de fabricación siguen siendo lentos y se espera que la primera planta europea de la OTAN en Alemania empiece a operar en septiembre.
Incertidumbre política
A los problemas industriales se suma la incertidumbre política en Washington. Tras la cumbre de la OTAN en julio, el presidente Donald Trump planteó la posibilidad de autorizar a Ucrania a producir sistemas Patriot, aunque luego matizó que no había tomado una decisión definitiva. Los analistas señalan que establecer una cadena de producción de esa complejidad en Ucrania requeriría años.
Ante el cuello de botella, el presidente Volodímir Zelenski propone cambiar la estrategia hacia «atacar al arquero y no a la flecha», es decir, destruir lanzaderas y la logística en territorio ruso antes de los lanzamientos. Para ello ha pedido la mediación de la Administración estadounidense para lograr que Elon Musk elimine restricciones y permita usar la red de satélites Starlink en tareas de localización de objetivos dentro de Rusia, lo que facilitaría que drones ucranianos neutralicen lanzadores en su origen y alivien la presión sobre las defensas urbanas.
Paralelamente, Kiev colabora con varios países europeos en el desarrollo de Freya, un proyecto propio de defensa antibalística de menor coste pensado para reducir la dependencia de Estados Unidos. No obstante, el sistema sigue en desarrollo y no tiene fecha de operatividad. Zelenski ha denunciado que en la primera mitad de 2026 Ucrania solo recibió aproximadamente un tercio de los misiles antiaéreos entregados en el mismo periodo del año anterior, por lo que ha instado a sus aliados a acelerar los envíos o, en su defecto, a endurecer las sanciones económicas contra la industria militar rusa.

