2 de julio de 2026
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Papa Francisco: el corrupto conoce la complicidad, no la fraternidad

En el análisis contemporáneo del poder, Jorge Bergoglio abordó con nitidez la lógica de la corrupción. Antes de ser el Papa Francisco, como arzobispo de Buenos Aires formuló una idea central que vinculaba su teología pastoral con la sociología institucional: la corrupción destruye el vínculo social. De este planteamiento dejó una frase contundente: “El corrupto no conoce la fraternidad, conoce la complicidad”.

Tras esa sentencia subyace una tesis: la corrupción no es sólo una desviación económica sino la ruptura del lazo comunitario y la constitución de una “mafia” moral. Aunque la expresión alcanzó gran difusión cuando el Papa Francisco la pronunció el 23 de octubre de 2014 ante la Asociación Internacional de Derecho Penal en el Aula del Sínodo, la idea se remonta a su reflexión previa sobre la crisis argentina y su experiencia pastoral.

La base conceptual se encuentra en el ensayo Corrupción y pecado: algunas reflexiones en torno al tema de la corrupción, publicado por Bergoglio en 2005. En ese texto, escrito en el contexto de una sociedad que intentaba sanar heridas políticas y económicas, el autor trazó una distinción clara entre el pecador y el corrupto, una frontera moral que consideraba insalvable para la vida de la Iglesia y la comunidad.

Ante penalistas de todo el mundo en 2014, Bergoglio no discutió sólo normas y procedimientos: describió la psicología del delincuente de cuello blanco. Para él, la incapacidad del corrupto para practicar la fraternidad radica en la negación de la igualdad ética y en la imposibilidad de reconocer la vulnerabilidad del otro. El corrupto calcula la utilidad ajena, mientras la fraternidad supone reciprocidad y apertura.

En su lectura, la complicidad es la deformación de la amistad: donde la amistad libera y favorece el crecimiento común, la complicidad encierra y protege el secreto. La fraternidad se construye sobre transparencia; la complicidad, sobre el silencio compartido. Los individuos libres colaboran para crear; los cómplices se organizan para ocultar.

Según Bergoglio, el corrupto no forja vínculos de apoyo sino pactos de conveniencia: tiene socios, no amigos; no establece redes de contención, sino circuitos de impunidad. Quien rehúsa participar en esas tramas no es considerado simplemente un disidente, sino una amenaza para la estabilidad del sistema corrupto. Esta reflexión ocupa un lugar central en su pensamiento, que oscila entre el llamado a la comunión y la advertencia sobre la fragmentación social.

A diferencia del pecador, que experimenta culpa y puede recorrer caminos de reconocimiento y reparación —un tema presente en la tradición cristiana desde las Confesiones de San Agustín hasta autores contemporáneos—, el corrupto ha anestesiado su conciencia. No se siente en falta, sino legitimado; vive en una lógica de autosuficiencia donde la impunidad se percibe como un derecho adquirido y la autopreservación domina la acción.

Al afirmar que “el corrupto no conoce la fraternidad, conoce la complicidad”, el Papa Francisco amplía el problema más allá de lo financiero y subraya su dimensión humana y comunitaria. El riesgo no es sólo la pérdida de recursos, sino la degradación de la convivencia: una comunidad de hermanos que se convierte en una red de cómplices. Esa advertencia sigue vigente ante la persistencia de la corrupción.

¿Quién es el Papa Francisco?

Jorge Mario Bergoglio, conocido como el Papa Francisco, nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. Hijo de inmigrantes italianos, se formó inicialmente como técnico químico antes de ingresar en la Compañía de Jesús en 1958 y orientar su vida a la vocación religiosa. Desempeñó cargos relevantes en la orden jesuita y fue provincial en Argentina; en 1998 fue nombrado arzobispo de Buenos Aires, desde donde se consolidó como una figura destacada de la Iglesia en América Latina.

Su estilo de liderazgo se caracterizó por la cercanía, la austeridad y la atención a los más vulnerables, con un marcado énfasis en la justicia social. El 13 de marzo de 2013 fue elegido papa número 266, siendo el primer pontífice jesuita y el primero proveniente del continente americano, y adoptó el nombre de Francisco en referencia a San Francisco de Asís.

Durante su pontificado impulsó reformas en la curia romana, promovió mayor transparencia financiera y planteó debates globales a través de encíclicas como Laudato si’ (sobre el cuidado del medio ambiente) y Fratelli tutti (sobre la fraternidad y la amistad social). Tras un prolongado deterioro de su salud por problemas respiratorios, falleció a los 88 años el 21 de abril de 2025 en la Casa de Santa Marta, Ciudad del Vaticano.

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