21 de julio de 2026
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Princesas egipcias de hace 3.700 años combatieron con arcos

Hace más de 3.700 años, un rey y cinco princesas del antiguo Egipto vivieron y murieron durante el Imperio Medio, una de las etapas más prósperas de esa civilización.

Sus esqueletos permanecieron más de un siglo olvidados en el sótano de un museo, sin haber sido sometidos a estudios modernos hasta tiempos recientes.

Investigadores de Egipto y del Reino Unido los reevaluaron con técnicas actuales y concluyeron que las armas y arcos encontrados en las tumbas de estas mujeres reales no eran solo objetos funerarios decorativos, sino que muestran evidencia de uso real. Los resultados se publicaron en la revista Frontiers in Environmental Archaeology.

Este hallazgo vuelve a poner en debate una cuestión antigua de la arqueología egipcia: si las armas halladas en tumbas femeninas de la élite eran meramente simbólicas o reflejaban actividades reales.

El estudio fue realizado por Zeinab Hashesh (Departamento de Arqueología, Universidad de Beni-Suef), Ahmed Gabr (Sector de Egiptología, Ministerio de Turismo y Antigüedades, El Cairo) y Roxie Walker (Instituto de Bioarqueología de Londres).

Tres mil años en el sótano de un museo

Las excavaciones de Jacques de Morgan entre 1894 y 1895 en Dahshur, al sur de El Cairo, recuperaron los restos del rey Hor y de cinco princesas: Ita, Khenmet, Itaweret, Noub-Hotep y Sathathormeryt.

Hor (también conocido como Hor Auibra) fue un faraón de la XIII dinastía que reinó alrededor del 1777 a.C., en un período breve y políticamente inestable.

Su tumba, ubicada en el complejo de Dahshur, se encontró junto a restos de princesas de la dinastía anterior, lo que sugiere vínculos rituales y posiblemente familiares entre ambas casas reales.

Ita, Khenmet, Itaweret y Sathathormeryt eran hijas del faraón Amenemhat II y vivieron unas décadas antes que Hor, durante la XII dinastía.

Noub-Hotep, enterrada junto a Hor, podría haber sido su hija o su esposa; el estudio no resolvió esa relación de forma concluyente.

Los restos fueron depositados en el Museo Egipcio de El Cairo, donde permanecieron sin un análisis exhaustivo por más de cien años. El examen médico realizado en 1895 por Daniel Marie Fouquet cubrió únicamente a Hor y a Noub-Hotep.

Las otras cuatro princesas quedaron sin estudio y varios cráneos se extraviaron tras ser enviados a la Escuela de Medicina de El Cairo en el siglo XIX.

Ese olvido forma parte de una omisión mayor: la bioarqueología —la disciplina que interpreta señales biológicas en los huesos para reconstruir aspectos de vida y salud— se ha aplicado relativamente poco a restos reales egipcios.

Los autores del trabajo señalaron que esa falta de análisis dejó sin responder preguntas esenciales sobre salud, actividades y parentesco entre la élite del Imperio Medio.

Por ello reevaluaron a los seis individuos mediante estudios óseos, radiografías y análisis químicos de los materiales de momificación, con el fin de reconstruir su vida, enfermedades, movilidad y relaciones familiares.

Lo que el arco grabó en el hueso

El equipo examinó los restos redescubiertos en 2020 en el sótano del Museo Egipcio de El Cairo.

Para identificar los compuestos usados en la momificación aplicaron espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier (FTIR), una técnica no destructiva que determina la composición química.

En los huesos del brazo y el antebrazo de princesas como Khenmet, Itaweret y Noub-Hotep se observaron marcas compatibles con la práctica habitual del tiro con arco.

Los autores concluyeron que los objetos asociados “parecen haber sido usados activamente”, reflejado en adaptaciones esqueléticas como asimetría, hipertrofia muscular y modificaciones en los metacarpos (los huesos de la palma).

A pesar de su estatus, varios individuos mostraron problemas de salud: Hor presenta indicios de desnutrición o infección en la infancia, y Khenmet evidencia osteopenia —pérdida de densidad ósea— en la edad adulta.

Se registraron fracturas curadas sin deformidad ni infección, lo que los autores interpretan como evidencia de práctica médica avanzada en contexto real del Reino Medio, en consonancia con textos médicos como el Papiro Quirúrgico Edwin Smith.

El análisis químico detectó en casi todos los cuerpos una mezcla de incienso y resina de Juniperus oxycedrus (un tipo de enebro), lo que sugiere un protocolo de embalsamamiento estándar reservado a la élite.

Varios individuos presentaron anomalías congénitas en la columna —como espina bífida parcial, fusión vertebral y asimetrías articulares—, lo que apunta hacia consanguinidad entre miembros de la familia real.

Los investigadores afirman que estos datos “dibujan el perfil de una familia real cuyo privilegio biológico —acceso a atención y a un entorno protegido— no los eximió por completo de los desafíos de su época”.

La principal limitación del estudio fue la ausencia de la mayoría de los cráneos, perdidos tras su envío al siglo XIX a la Escuela de Medicina de El Cairo.

Como siguientes pasos, el equipo planea realizar análisis de ADN antiguo e isótopos estables, técnicas que pueden aportar información sobre parentesco, orígenes geográficos y dieta; estos estudios están pendientes de autorización del Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto.

La primera autora, la doctora Zeinab Hashesh, explicó: “Nuestro objetivo va más allá de identificar a los miembros de la realeza de Dahshur”.

“Buscamos reconstruir sus biografías: familias, salud y roles políticos con el máximo detalle posible. Además de la investigación, proponemos preservar los restos, generar réplicas 3D para enseñanza y exposiciones virtuales, y exhibirlos junto a sus joyas y objetos funerarios, siempre de forma ética y respetuosa, tal como fueron enterrados originalmente”, añadió.

“Las piezas y adornos son exquisitas por su manufactura, pero durante mucho tiempo la atención se centró en los objetos y no en las personas. Con este estudio intentamos revertir esa tendencia”, concluyó Hashesh.

La medicina que descifra el pasado

Para Eduardo Scarlato, director del Museo del Hospital de Clínicas “José de San Martín” (Universidad de Buenos Aires) y autor de Historia de la salud y la enfermedad de los trabajadores, el trabajo publicado en Frontiers in Environmental Archaeology ejemplifica el alcance de disciplinas como la bioarqueología, la osteobiografía y la arqueopatología.

“Son herramientas imprescindibles para reconstruir y verificar historias de vida que deben complementarse con fuentes históricas e iconográficas”, expresó en declaraciones a Infobae.

Subrayó que el estudio, al investigar restos humanos, indumentaria, compuestos químicos y objetos, permitió identificar perfiles de parentesco entre algunos individuos.

“Los hallazgos en distintos tejidos aportan evidencia sobre condiciones nutricionales —hay que recordar que Egipto sufrió episodios de hambruna, como sugiere la ‘estela del hambre’ asociada a Zoser— y sobre enfermedades infecciosas endémicas de la región”, añadió.

Scarlato señaló que las lesiones óseas por actividades repetitivas muestran que estos miembros de la élite no llevaban una vida enteramente sedentaria, sino que realizaron tareas físicas intensas en ciertos momentos.

También destacó que la identificación de sustancias químicas y plantas exóticas usadas en la conservación corporal indica redes comerciales con otras regiones y revela riesgos para la salud asociados a cosméticos como los que contenían plomo.

“Estas investigaciones muestran cómo las ciencias biológicas permiten reconstruir el pasado y las historias de vida. La medicina puede aportar diagnósticos e historias biográficas, aunque el ‘paciente’ haya vivido hace miles de años”, concluyó Scarlato.

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