22 de julio de 2026
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Nacionalismo inglés a diez años del Brexit: causas y consecuencias

Hace diez años se publicó, con el sello académico Cambridge University Press, The Brexit Effect, 2016–2026, un volumen de 600 páginas editado por Sir Anthony Seldon que recopila ensayos de más de 30 figuras públicas británicas. El libro ofrece una panorámica colectiva sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea e incluye voces de ambos lados del debate: partidarios y detractores del Brexit.

En una reseña en The Guardian, Fintan O’Toole plantea que la obra omite una cuestión central: el nacionalismo inglés. Según O’Toole, ese vacío impide comprender plenamente las raíces del proceso y el hecho de que quien más lo impulsó sigue siendo una figura política influyente y con posibilidades de liderazgo.

La reseña cita estudios sobre el balance económico del Brexit. Un informe independiente de Stanford estima que, para 2025, la salida de la UE había reducido el PIB del Reino Unido entre un 6% y un 8%, con una caída de la inversión entre el 12% y el 18% y retrocesos de alrededor del 3% al 4% en empleo y productividad.

El volumen, que reúne a 43 autores —incluidos lores, baronesas y otros miembros de la élite institucional—, se aproxima a una reflexión semioficial sobre causas y consecuencias del Brexit, en parte por la posición y el perfil académico y profesional de su editor.

La crítica principal es que la expresión “nacionalismo inglés” aparece apenas una vez y de manera tangencial, en referencia a la línea editorial del Daily Mail durante el referéndum de 2016. El libro contiene un ensayo sobre Escocia, pero no dedica un análisis equivalente a Inglaterra ni a las tensiones internas de la Inglaterra no metropolitana.

Ese silencio complica responder una pregunta clave: si muchos votantes del Brexit hoy lo consideran un fracaso, ¿por qué Nigel Farage, su impulsor más visible, conserva capacidad para marcar la agenda política en Inglaterra y, en cierta medida, en Gales? Peter Kellner aporta datos: un tercio de quienes votaron salir ahora consideran que fue un error y un cuarto de ese grupo señala a Farage como “muy” responsable de su decepción.

Kellner añade que más votantes responsabilizan a Farage que a la propia UE. Para O’Toole, la falta de un examen serio de los impulsos nacionalistas en una obra de este alcance impide explicar el papel contemporáneo del líder más asociado al Brexit.

El lema de 2016, “recuperar el control”, sigue siendo central en el debate sobre el coste político y económico del Brexit. Muchos defensores admitieron que habría costes económicos, considerados el precio de una renovación política; sin embargo, como apunta el jurista Jonathan Sumption en la introducción, la capacidad del Reino Unido para ejercer control sobre su destino es más limitada fuera de la UE.

Como resultado, el Reino Unido continúa afectado por decisiones de la UE sin estar representado en ellas. En materia migratoria, Madeleine Sumption recuerda que la inmigración alcanzó niveles récord tras el Brexit, lo que sugiere que no se cumplió la promesa más clara de la campaña. La pregunta es si los votantes intercambiaron crecimiento por soberanía y si, en ese intercambio, salieron perdiendo en ambos frentes; tampoco emergió una clase gobernante más eficaz.

En el libro, el conservador pro-Brexit Conor Burns critica a Simon Case, secretario del gabinete nombrado por Boris Johnson, y atribuye parte del problema a una gestión ligera que habría contribuido a la confusión administrativa y negociadora del proceso.

El veterano euroescéptico Douglas Carswell concluye que Vote Leave pudo haber restituido el autogobierno, pero que el país aún no ha sabido gobernarse bien. Desde 2016 hubo varios primeros ministros y la inestabilidad política persiste. Algunas voces participantes describen el resultado como una victoria frustrada; otras lo califican de agridulce o contaminado por décadas de pertenencia a la UE.

El volumen ofrece pocas autocríticas profundas entre los defensores del Brexit. Algunos atribuyen problemas, como la frontera irlandesa, a factores externos; otros aceptan disrupciones a corto plazo argumentando beneficios a largo plazo. Economistas en el libro discrepan sobre el balance eventual: mientras algunos confían en mejoras futuras, otros estiman un golpe persistente al ingreso nacional, posiblemente superior al 4%.

La reseña de The Guardian señala también que incluso quienes defendían permanecer en la UE no afrontan del todo la crisis de identidad subyacente al voto de 2016. Aunque autores como Susan Greenfield vinculan la decisión del referéndum con cuestiones identitarias, la obra no transforma esa intuición en análisis políticos y sociales concretos.

Esa dimensión sí surge en las encuestas Future of England de Ailsa Henderson y Richard Wyn Jones: los simpatizantes de Farage colocan “ser inglés” por encima de otras identidades y sienten un contraste entre glorias pasadas y un presente degradado. Para ese grupo, el Brexit fue un cambio importante para abordar inquietudes profundas, pero los resultados no han satisfecho sus expectativas y persiste la insatisfacción.

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