Un equipo del Instituto Skolkovo de Ciencia y Tecnología de Rusia concluyó, mediante simulaciones, que las mutaciones aleatorias del ADN imponen un límite a la duración de la vida humana aun en un escenario ideal en el que la medicina eliminara todos los demás procesos del envejecimiento. Según el trabajo citado por el portal Science Alert, la mayoría de las personas no superaría entre 150 y 190 años porque el daño genético seguiría acumulándose hasta afectar la función del organismo.
Las simulaciones sitúan la esperanza de vida mediana en un rango aproximado de 146 a 194 años para una población libre de enfermedades asociadas a la edad. Ese valor equivale a casi el doble de la longevidad humana actual, estimada en torno a 79 años en las condiciones más favorables consideradas por el estudio.
El hallazgo, publicado en la revista científica npj Aging, no pretende predecir cuánto vivirá la población en el futuro, sino explorar de forma teórica hasta qué punto las mutaciones somáticas por sí solas podrían limitar la vida.
El objetivo del equipo fue determinar si las mutaciones aleatorias del ADN seguirían imponiendo un techo a la vida humana aunque se eliminaran todos los demás mecanismos del envejecimiento. Su modelo indicó que, incluso evitando cáncer y otras enfermedades vinculadas a la edad, las mutaciones acumuladas impedirían la vida indefinida.
El daño en células vitales impone el techo biológico
Con el tiempo, el ADN acumula mutaciones al azar: cada división celular puede introducir errores y los sistemas de reparación no son perfectos. La mayoría de esas alteraciones no causa daño apreciable, pero algunas contribuyen a enfermedades y, en conjunto, pueden reducir la capacidad funcional celular.
El grupo dirigido por el biólogo computacional Dmitrii Kriukov desarrolló un modelo matemático para cuantificar cómo la tasa de mutación afecta a órganos clave y, con ello, estimar la duración de la vida en una población sin enfermedades de la vejez. Kriukov subraya que se trata de “una estimación matemática, aunque cuidadosa, no de datos experimentales” y que las cifras calculadas no representan un veredicto definitivo pero sí muestran que las mutaciones somáticas pueden resultar decisivas cuando interactúan con otros mecanismos.
El estudio diferencia tejidos según su capacidad de renovación. Órganos con recambio celular constante, como piel y hígado, podrían mantener la renovación durante largos periodos. En cambio, células de larga vida en órganos vitales —como corazón y cerebro— son en gran medida irreemplazables y van acumulando mutaciones a lo largo de los años; según los autores, estas células imponen las restricciones más estrictas sobre la duración máxima de la vida.
Las mutaciones son solo una parte del envejecimiento
La idea de que la acumulación de mutaciones podría ser una causa fundamental del envejecimiento forma parte de la teoría somática del envejecimiento, debatida durante décadas. Aunque se ha demostrado que las mutaciones aumentan con la edad, permanecía la duda de si ese fenómeno por sí solo bastaba para explicar el deterioro asociado al envejecimiento.
Los resultados de Kriukov y colaboradores indican que las mutaciones somáticas contribuyen de forma importante, pero no explican por completo la diferencia entre la vida mediana teórica (alrededor de 156 años según algunos escenarios del estudio) y la longevidad humana actual. Por tanto, deben existir otros límites biológicos relevantes.
Para los autores, el valor del marco propuesto es doble: no solo identifica un techo teórico derivado de las mutaciones somáticas, sino que ofrece una herramienta cuantitativa para medir cuánto aporta cada proceso biológico al envejecimiento. Ese enfoque podría orientar qué mecanismos priorizar en intentos por retrasar el envejecimiento.
El envejecimiento no se reduce a la aparición de enfermedades, aunque el riesgo de afecciones como cáncer, enfermedades cardíacas y demencia aumente con la edad. Descomponer el envejecimiento en componentes mecanísticos cuantificables es, según los investigadores, un paso inicial hacia una teoría integral del proceso.
Los autores sostienen que integrar otros factores importantes del envejecimiento en modelos como el suyo permitiría una explicación mecanística más completa, y que alcanzar ese objetivo exigirá esfuerzos coordinados entre múltiples grupos de investigación y disciplinas científicas.

