25 de julio de 2026
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Borges imaginó La guerra del cerdo al revés

La novela contrafáctica y neofóbica de Borges

[El texto que sigue es parte de un libro mío en edición: Cuestiones borgesianas, Editorial Universidad Austral]

El título, con sus dos palabras esdrújulas, llama la atención y prepara al lector para una discusión singular. No se refiere a la novela apócrifa El Nombre que Alejandro Katz publicó en 1985 en México —obra que incluso fue tomada por el crítico Myron Lichtblau como si fuera real— sino a otra propuesta borgiana distinta.

En apenas tres páginas Borges bosqueja el argumento de una novela y ofrece indicaciones sobre cómo desarrollarla. Esa breve pieza, titulada Un argumento, invierte una tradición narrativa de odio hacia la vejez que venía acumulándose. Publicada en plaquette por Ediciones Dos Amigos el 24 de febrero de 1983 en una tirada muy limitada, la elección del formato sugiere que Borges le otorgó una relevancia particular.

El prólogo de la plaquette precisa la idea: Borges imagina la novela que, por su ceguera, no podrá escribir y la presenta como el reverso de La guerra del cerdo, de Bioy Casares. Mientras la novela de Bioy planteaba una conjura de los jóvenes contra los viejos, el proyecto borgiano proponía la inversa: una conjuración de los viejos contra los jóvenes, de padres contra hijos (p. 231).

Una solución fantástica conocida, como la del anciano de H. G. Wells en “El caso del difunto míster Elvesham”, podría haber servido para una narrativa de juventud aniquilada mediante una pócima que borra la vitalidad juvenil. En el cuento de Wells, el joven despierta convertido en el anciano, privado de su vida anterior; no es un asesinato físico, sino una anulación de la juventud. Borges, sin embargo, elige otros recursos para su propuesta.

En términos generales, la herramienta elveshamiana consistiría en un método industrial y clandestino para borrar la juventud: una sustancia que transforma y degrada, logrando el mismo efecto mortal simbólico sin necesidad de matar en el sentido directo. Borges opta por alternativas distintas a esa metamorfosis química.

La literatura del genocidio etario

Aunque obras como La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess incluyen escenas de violencia contra ancianos, existen otros antecedentes de este tipo de hostilidad hacia la edad avanzada. Anderson Imbert hizo un rastreo de antecedentes que, motivado por la obra de Bioy Casares, cita textos como Los destructores (1954) de Graham Greene; Los diarios de Mallot (1965) de Robert Nathan, donde se usa “cerdo” para referirse a los viejos; Cazadores de viejos (1966) de Dino Buzzati; y Diario de la guerra del cerdo (1969) de Bioy Casares.

Sobre la novela de Bioy, Anderson cuestiona la interpretación que la sitúa en 1969 y sugiere, con argumentos internos, una ambientación anterior, durante el primer gobierno peronista. Más cercano aún como antecedente directo fue, a juicio del autor del presente ensayo, el cuento de Buzzati Cazadores de viejos (1966), que precede por tres años la novela de Bioy.

Borges conocía y valoraba la obra de Buzzati; incluso eligió El desierto de los tártaros para su biblioteca personal y lo elogió como autor que, posiblemente, no será olvidado por las generaciones futuras. Es excepcional que Borges validara así a un contemporáneo.

Hay otro relato breve de Buzzati, “Nochebuena”, que aborda la costumbre italiana de arrojar objetos viejos durante las campanadas de Año Nuevo y, con tono más humorístico, sugiere la amenaza implícita sobre la figura de la abuela, sin precisar el desenlace.

La narrativa que promueve el rechazo extremo al anciano —con recursos que van desde la persecución física y la eliminación hasta formas más sutiles de aislamiento social, institucionalización “disfrazada” o eufemismos consoladores como “el geriátrico feliz”— constituye un repertorio recurrente en ciertas obras contemporáneas.

Tras la obra de Bioy, pueden mencionarse textos que retoman o radicalizan esta temática con diferentes motivos y contextos: Matar a los viejos (2001) de Carlos Droguett, con fuerte carga política en el Chile de su tiempo; y más recientemente El asesino de viejos (2024) de David Magrañal, donde el pretexto de la superpoblación global justifica la eliminación sistemática de quienes superan los 80 años.

Ese desprecio por la edad fue advertido temprano por pensadores como Romano Guardini, quien en Las edades de la vida (1960) señaló que la época moderna valora primordialmente la condición juvenil.

Con un giro deliberado, Borges transforma la tendencia gerontofóbica observada en Buzzati y Bioy en lo opuesto: una novela neofóbica, en la que los ancianos se conjuran contra los jóvenes.

Borges sugiere desplazar la acción temporal y geográficamente: evitar el presente y los núcleos centrales y ambientarla, por ejemplo, en Lomas de Zamora o Morón en la última o penúltima década del siglo XIX. Esa descontextualización implica que el conflicto no es exclusivo de nuestra época sino recurrente. Recomienda además evitar la proliferación de personajes —no más de diez— para mantener la claridad narrativa y rechazar las multitudes propias de cierta novela rusa.

Como detalle práctico, propone que de esos nueve o diez personajes dos sean semejantes entre sí, de modo que el lector pueda confundirlos y así imaginar a muchos otros anónimos.

Los protagonistas serán los ancianos, “los primeros luchadores”. Sus motivos para actuar contra los jóvenes son variados: resentimiento por la enfermedad o la postración, envidia de la salud juvenil, avaricia para impedir que los hijos hereden sus bienes, o convicciones sinceras sobre la fragilidad o inestabilidad de la juventud. En algunos casos, los jóvenes pueden ser cooptados y formar parte de la secta que los sacrificará, incluso por iniciativa de un padre que inicia al hijo para luego sacrificárselo.

Borges incluye también alusiones culturales y bíblicas —al sacrificio de Abraham o al canto trigésimo tercero del Infierno— y ofrece más pautas para quien desee emprender la novela. Hasta la fecha, nadie ha asumido plenamente ese desafío borgiano de escribir la novela neofóbica que propone.

Borges no vivió para ver el fenómeno de la “silverización” de la sociedad moderna, la tendencia al envejecimiento demográfico que ha ido cobrando visibilidad en las últimas décadas.

Como contrapunto simbólico, puede evocarse la imagen clásica de Bernini donde Eneas, huyendo de la destrucción, carga a su padre Anquises y guía al pequeño Ascanio, junto con los penates y la tradición familiar: una articulación de tres generaciones que sugiere continuidad y cuidado intergeneracional.

Notas

1. La pieza fue reproducida en el diario Clarín, Buenos Aires, jueves 7 de abril de 1983; en Sábado, suplemento de Unomásuno, México, 14 de mayo de 1983, con el título “Argumento de una novela que no escribiré”; en Los novelistas como críticos, Norma Klanhn y Weilfredo H. Corral (Compiladores), México, Ediciones del Norte, Fondo de Cultura Económica, 1991, t. II, p. 650; y en Textos recobrados 1956-1986, Buenos Aires, Emecé, pp. 231-233.

2. En su conferencia “La literatura fantástica” (fecha no precisa), Borges enumera entre los recursos para producir efectos fantásticos la metamorfosis, que prefiere llamar “transformación”, como en la obra de Kafka.

3. El cuento de Wells fue incluido por Borges en la Antología de la literatura fantástica, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1940, pp. 263-274.

4. Anderson Imbert, Enrique; “Un tema de Bioy Casares: jóvenes versus viejos”, en Boletín de la Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, t. XLVIII, 1983, pp. 315-325.

5. En esos textos “viejo” y “cerdo” se asocian a lo sucio, despreciable y hediondo.

6. “Cacciatori di vecchi” es un cuento incluido en Il colombre (Mondadori, 1966), traducido al castellano en Historias del atardecer, Barcelona, Plaza y Janés, 1968.

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