30 de julio de 2026
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Beatificación de mártires riojanos y revisión de muerte encubierta

A casi cincuenta años del asesinato de monseñor Enrique Angelelli, la memoria de los mártires riojanos vuelve a interpelar a la sociedad argentina. No se trata solo de rememorar el crimen ocurrido el 4 de agosto de 1976 en la ruta que une Chamical con la ciudad de La Rioja, sino de reconocer el testimonio de hombres y mujeres que hicieron del Evangelio una forma concreta de vida junto a los pobres, los trabajadores y los excluidos, y que pagaron con su vida esa fidelidad.

Enrique Ángel Angelelli Carletti nació en Córdoba el 17 de julio de 1923, hijo de inmigrantes italianos. Fue ordenado sacerdote en Roma en 1949, participó activamente del Concilio Vaticano II y en 1968 fue designado obispo de La Rioja. Allí impulsó una pastoral inspirada en la renovación conciliar y en la opción preferencial por los pobres: promovió cooperativas, acompañó a campesinos, trabajadores y comunidades rurales, y fomentó una Iglesia cercana a quienes sufrían injusticias. Esa postura pastoral generó fuertes resistencias entre sectores económicos y políticos poderosos, y tras el golpe militar de 1976 la persecución contra la Iglesia riojana se agravó.

Semanas antes del asesinato de Angelelli habían sido asesinados los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y poco después fue ejecutado el laico Wenceslao Pedernera, padre de familia y comprometido con la pastoral rural. Hoy los cuatro integran los llamados Mártires Riojanos, reconocidos por la Iglesia como testigos de la fe hasta el derramamiento de la sangre. En 2018 el papa Francisco autorizó el decreto que reconoció su martirio “en odio de la fe” y fueron beatificados en 2019.

Durante años se intentó presentar la muerte de Angelelli como un accidente de tránsito. No obstante, la investigación judicial determinó que fue un homicidio planificado por la dictadura militar, fallo ratificado en 2014. El obispo regresaba de las exequias de Murias y Longueville y llevaba documentación vinculada a esos crímenes cuando su vehículo fue embestido deliberadamente en Punta de los Llanos.

La figura de Angelelli trasciende el marco histórico argentino y conecta con una tradición más antigua: la de los mártires que, desde los primeros siglos del cristianismo, entendieron que anunciar el Evangelio implicaba también defender la dignidad humana. La convicción de que la fe no puede separarse de la justicia, la solidaridad y el compromiso con los más necesitados está presente en esa trayectoria. En la región resuenan, por ejemplo, los mártires jesuitas rioplatenses que entregaron su vida en las reducciones guaraníes, compartiendo la suerte de los pueblos originarios y defendiendo a los más vulnerables frente a la violencia y la explotación.

Aunque separados por tres siglos, ambos testimonios nacen de la misma raíz: la fe inseparable de la búsqueda de justicia, la solidaridad y la atención a quienes reclaman ser escuchados. Los mártires de ayer y de hoy no buscaron el enfrentamiento; buscaron coherencia con el mensaje de Cristo. Comprendieron que evangelizar no es solo predicar, sino construir fraternidad, denunciar la opresión y acompañar el sufrimiento de los más pobres. Esa fidelidad los convirtió en signos incómodos para quienes pretendían sostener estructuras de poder basadas en la desigualdad y el miedo.

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