Durante años, la lógica de la defensa antiaérea fue relativamente sencilla: ante cualquier amenaza, la prioridad era desplegar el interceptor más capaz, sin importar demasiado su costo. Sin embargo, la proliferación de drones baratos y de municiones de bajo precio ha cambiado radicalmente esa ecuación. Hoy en día es necesario equilibrar eficacia y coste, empleando sistemas avanzados contra objetivos de alto valor mientras se recurre a sensores, contramedidas electrónicas y soluciones más económicas para hacer frente a enjambres y ataques masivos de baja precisión. Ese cambio obliga a revisar tácticas, logística y criterios de compra.
Cómo una startup cambió la compra de armas del Pentágono

