9 de agosto de 2026
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Irán presiona a Trump por Ormuz y corre grandes riesgos

El estrecho de Ormuz recibe su nombre, según algunas versiones, de una deidad zoroastriana que, en la mitología, ganó tras un enfrentamiento de 9.000 años.

El liderazgo iraní considera que una victoria propia está al alcance y que no necesitará la misma paciencia épica descrita en esa leyenda.

Teherán apuesta a que la presión militar obligará a Estados Unidos a aceptar su control sobre esta vía marítima clave para el suministro energético mundial y estima que el paso del tiempo juega a su favor.

Los dirigentes iraníes observan que las reservas estadounidenses de sistemas militares cruciales, como interceptores avanzados, se están reduciendo; saben también que la guerra es impopular en Estados Unidos y que, mientras el estrecho permanezca parcialmente cerrado, los precios de la gasolina y otros bienes seguirán altos antes de las elecciones legislativas de noviembre.

Conocen además que reabrir el paso por la fuerza sería costoso y podría requerir incluso un despliegue terrestre estadounidense, y confían en que sus aliados hutíes en Yemen pueden ampliar el conflicto e interrumpir otra ruta comercial importante.

Bajo esa lógica, el presidente estadounidense, Donald Trump, no tendría otra opción que ceder.

No obstante, la estrategia iraní entraña riesgos significativos.

Trump ha resaltado los ataques que han mermado la cúpula militar iraní, así como daños a su Armada y Fuerza Aérea, combinando amenazas de escalada con declaraciones sobre avances en las negociaciones. Al mismo tiempo, la economía iraní ha resultado gravemente afectada, en parte por el bloqueo estadounidense.

La sociedad iraní protagonizó protestas masivas hace pocos meses y podría volver a movilizarse. Los líderes del país también han visto cómo una intervención que se anunció como breve en Oriente Medio se ha enquistado, lo que sirve de recordatorio de que los conflictos rara vez siguen el plan inicial.

Irán afirma estar cerca de un acuerdo con Omán para gestionar el estrecho, que separa a ambos países, pero ha advertido que la vía no se reabrirá hasta que Estados Unidos «corrija su comportamiento».

Según las condiciones impuestas por Teherán, Washington debería poner fin permanente a la guerra, levantar el bloqueo naval de los puertos iraníes y retirar sus fuerzas de la región; además, tendría que «compensar completamente» a Irán por los daños, levantar las sanciones y liberar «incondicionalmente» los activos iraníes congelados.

La Casa Blanca no realizó comentarios al respecto.

Un acuerdo con Omán formalizaría el control de Teherán sobre una vía marítima que, antes del conflicto, era un corredor internacional por el que circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas comercializados en todo el mundo.

Abdolreza Davari, analista que en el pasado asesoró al expresidente Mahmoud Ahmadinejad, considera que el control efectivo del estrecho ha otorgado a Teherán una capacidad de presión frente a Washington y otros países de la región, algo que, a su juicio, puede reforzar la seguridad iraní.

«Más que los ingresos del estrecho, Irán busca confirmar su gestión y su soberanía sobre él», afirmó Davari en conversación telefónica desde Teherán.

El reconocimiento formal de ese control, aunque solo fuera sobre parte del estrecho, supondría una victoria clara para Irán y un revés para Estados Unidos, que aún no ha logrado varios de los objetivos que se planteó durante la guerra.

También representaría un golpe a las normas internacionales sobre la libertad de navegación y crearía un precedente inquietante: permitiría a los países cerrar a voluntad puntos estratégicos del comercio mundial.

China, que compra petróleo iraní y ejerce una influencia significativa sobre Teherán, dijo en mayo que debe restablecerse el «tránsito normal y seguro» por el estrecho.

En términos geopolíticos, Irán considera que tiene todas las cartas a su favor.

Mahdi Mohammadi, asesor del principal negociador iraní, escribió en redes sociales que «ellos empezaron la guerra, pero su final nunca estuvo en sus manos. Nosotros siempre decidimos por nosotros mismos cuándo termina», y añadió que «Irán busca la derrota del enemigo, no un acuerdo».

Mohammadi sostuvo que un ataque sorpresa iraní contra Jordania en julio «compensó» la caída de los precios del petróleo; esa acción contribuyó al colapso de un acuerdo provisional de junio que incluía concesiones a Teherán, como una exención estadounidense para vender crudo y la promesa de un alivio sancionatorio más amplio.

Irán ha repetido en numerosas ocasiones que el estrecho de Ormuz no volverá a ser una vía marítima abierta y que continuará atacando a los barcos que intenten atravesarlo sin su autorización; el mando militar conjunto lo ha calificado como una «línea roja inquebrantable».

«Para Irán, el estrecho de Ormuz se ha convertido en una herramienta estratégica de disuasión, para mantener el equilibrio regional de poder y para redefinir las reglas de seguridad en el golfo Pérsico», explicó Mostafa Najafi, analista de seguridad residente en Teherán.

Esa situación dificulta en gran medida poner fin al conflicto y, aún más, avanzar en la resolución de la larga disputa sobre el programa nuclear de la República Islámica.

«La cuestión nuclear, debido al conflicto en el estrecho de Ormuz, ha quedado relegada, y en realidad eso beneficia a Irán», afirmó Rahman Ghahremanpour, analista radicado en Irán; añadió que el control del estrecho sería una baza importante si se reanudaran las negociaciones nucleares.

Las consecuencias económicas de la guerra se han extendido por todo el mundo, pero son especialmente duras dentro de Irán.

Los ataques de Estados Unidos e Israel han dañado la base industrial iraní y el bloqueo estadounidense ha estrangulado gran parte de sus exportaciones petroleras. Además, la población afronta una inflación alimentaria de tres dígitos. Trump ha amenazado con ataques contra infraestructuras civiles, incluidos los sistemas de agua y electricidad.

En diciembre, una crisis monetaria desencadenó algunas de las mayores protestas antigubernamentales en los 47 años de la República Islámica; las autoridades respondieron con una dura represión que dejó miles de muertos y decenas de miles de detenidos.

Muchos iraníes, incluidos sectores cercanos al presidente moderado Masoud Pezeshkian, temen que la estrategia oficial se esté llevando demasiado lejos.

Mohammad Javad Zarif, exministro de Exteriores que participó en la negociación del acuerdo nuclear de 2015, escribió recientemente que los logros de Irán durante la guerra han abierto «una ventana excepcional para la diplomacia», pero advirtió que, si no se alcanza pronto un acuerdo, «la recuperación económica será difícil» y no puede descartarse «la posibilidad de agitación interna o de una nueva agresión, especialmente después de las elecciones en Estados Unidos».

La guerra ya ha estado marcada por sorpresas.

Después de que la primera oleada de ataques aéreos de Estados Unidos e Israel, el 28 de febrero, acabara con la vida del líder supremo iraní y de otros altos cargos, Trump sugirió que el conflicto terminaría en cuestión de semanas.

Ocurrió lo contrario: el conflicto se ha prolongado y ha reforzado la posición de los dirigentes iraníes, movilizando a sus partidarios. Teherán utiliza el estrecho para demostrar que no ha sido derrotado y para aumentar su legitimidad interna, según Ghahremanpour.

Sin embargo, la estrategia también puede volverse contra Irán: la capacidad de resistencia de la población tiene un límite y existe preocupación de que un colapso económico pueda desencadenar nuevos disturbios.

«Irán no puede mantener esta estrategia para siempre y, en algún momento, tendrá que llegar a un acuerdo» con Estados Unidos, afirmó Ghahremanpour.

Davari, por su parte, considera que, al menos por ahora, Irán aún puede soportar la presión.

«Pese a las dificultades económicas, es poco probable que Irán dé marcha atrás en sus posiciones», concluyó Davari.

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