En la última mesa de Panera Rosa, un local popular en Palermo Soho (Buenos Aires), se sienta un hombre de bigote con aire bohemio: Juan Martín Guevara, hermano de Ernesto “Che” Guevara. El lugar, con tonos pastel y música pop, contrasta con la imagen que muchos tienen del entorno del Che; a Juan Martín, sin embargo, le gusta: “Este lugar es perfecto”. Cuando llega la camarera pide: “Té y dos medialunas, por favor”. Lo imaginas distinto —con un puro y un vaso de ron en la barra de una pulpería— pero aquí, en una cafetería moderna donde nadie lo reconoce, habla con naturalidad.
Es el último de los hermanos de Ernesto que vive tras la muerte de su hermana Celia en 2023. Tiene 83 años y una vida estrechamente vinculada a la de su hermano: compartieron ideas y militancia, y él pagó su compromiso con ocho años de cárcel cuando fue dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Juan Martín pasó por muchos oficios: sindicalista, camionero, editor, librero y comerciante de puros y ron cubano. No estudió en la universidad por elección: “Quería ser proletario y me hice camionero”. Es locuaz y de buen humor; conversa entre bocados y risas, pide que le hablen y se muestra dispuesto a recordar y a reflexionar.
¿Qué significa ser el hermano del Che?
Significa haber compartido sangre y una historia extraordinaria: no me veo a mí mismo como un mito. No me gustan los mitos.
¿En qué sentido?
Ernesto no surgió de la nada ni de una elite de seres superiores; vino de una familia con virtudes y defectos, con distintas inclinaciones.
¿Cómo era la familia Guevara?
Algo disfuncional en lo justo: mis padres provenían de familias acomodadas pero vivían con excentricidad y sin demasiado dinero. Mi padre era un seductor, tanguero, fantasioso y libre; mi madre, culta, intelectual y rigurosa. Nosotros somos producto de esa mezcla, y en casa siempre hubo humor, ironía y alegría.
Usted, mucho más joven que Ernesto, ¿cómo lo veía?
Para mí era un modelo: aventurero, valiente, jugador y serio a la vez. Hacía travesuras y mostraba gran cultura y disciplina. Era autoirónico y leal, amante de los libros y del mate, exigente con las costumbres.
¿Qué recuerda del viaje relatado en Diarios de motocicleta?
No fue su primer viaje. Aborrecía la civilización urbana y comenzó viajando en bicicleta, luego en moto. Con su amigo Alberto quisieron llegar muy lejos; la moto se rompió en Chile y no continuaron hacia Estados Unidos. Para nosotros fue una hazaña; para mi padre, una tontería, porque quería que terminara Medicina. Ernesto cumplió con la carrera, volvió a viajar y finalmente se radicó en Cuba, donde participó en la revolución.
¿Usted lo acompañó a Cuba?
Sí, fui a verlo después del triunfo de 1959. Allí lo recibieron como comandante; para la multitud era una figura pública, pero para mí seguía siendo mi hermano. Cuando podíamos estar a solas manteníamos una relación fraterna y juguetona incluso en los golpes de broma.
¿Cómo era Cuba entonces?
Había euforia revolucionaria: la Habana estaba llena de guerrilleros y de gente que venía de la Sierra. Conocí a Fidel aunque, siendo joven, lo veía como una figura imponente. Ernesto hablaba mucho con él; tenía ya una gran formación y participación política.
Hay quienes califican al Che de asesino por los fusilamientos tras la victoria
Ernesto comandaba La Cabaña, donde se realizaron juicios. No era juez; había decisiones de distintas naturalezas: absoluciones, prisiones y, en algunos casos, penas de muerte. La responsabilidad de cada sentencia corresponde a un proceso amplio, no únicamente a quien dirigía la fortaleza.
¿Qué opina sobre su muerte en Bolivia?
Creo que un error clave fue confiar en el Partido Comunista boliviano, que no otorgó el apoyo esperado. Cuando la realidad los confrontó, el respaldo faltó y eso le costó la vida. También pienso que hubo intervención externa: la orden de disparar vino del ejército boliviano, pero en el lugar actuó un agente de la CIA, y considero que Estados Unidos tuvo un papel decisivo.
¿Está seguro de eso?
Es mi convicción personal, basada en la información y en cómo se desarrollaron los hechos.
¿Cuál es su recuerdo más querido de Ernesto?
Las largas conversaciones en Uruguay cuando yo era joven y militaba. Hablábamos del mundo, de Cuba y del futuro. Me regaló libros para formarme, aunque algunos eran difíciles de leer.
¿Cuál fue la principal cualidad del Che?
La rectitud y el compromiso con la justicia social. Era riguroso con los privilegios, incluso dentro de su propia familia, y se exigía vivir conforme a sus principios.
¿Alguna anécdota que lo ilustre?
Cuando la familia viajó a Cuba tras la revolución, se molestó porque se utilizó un vuelo destinado a exiliados; para él no había privilegios por parentesco. Otra vez, ante una mujer que preguntó si eran parientes, respondió que ser compañero de lucha era mucho más importante que el parentesco.
¿Por qué eligió ser camionero?
Conocía ambos mundos: el de la calle y el de la alta sociedad. Decidí trabajar y estar del lado de la gente humilde; dejé la universidad a pesar de las opiniones contrarias y me puse a conducir camiones.
¿Qué otros trabajos tuvo?
Compré un camión para repartir alimentos, trabajé en una librería, fundé una editorial y distribuidora por mis vínculos con Cuba y, más tarde, me dediqué a la distribución de puros y ron cubano en Argentina.
El Che soñaba con el “hombre nuevo” y la igualdad. ¿Fue un sueño?
Sí, fue un ideal. No sé si es plenamente alcanzable, pero creo que vale la pena seguir luchando por mayor justicia y equidad.
¿Hace falta otra revolución?
Podría ser necesaria, pero haría falta una propuesta nueva, organización y circunstancias favorables, que hoy no veo. El sistema siempre intentará dividir y distraer a quienes quieren cambiarlo.
¿Qué piensa del comunismo?
La experiencia histórica mostró fallos del comunismo como modelo; tampoco creo que el capitalismo sea la solución, porque produce desigualdades y crisis. Abogo por un equilibrio entre lo material y lo espiritual; cuando se rompe, surgen los problemas, y el capitalismo suele acentuar esa ruptura.
¿Sin Fidel habría existido el Che?
Probablemente Ernesto habría tomado otro camino. La alianza con Fidel forjó la figura que conocemos y, paradójicamente, hoy su imagen se ha convertido en un símbolo comercial que él detestaría.
¿Y la relación entre Trump y Cuba?
Para Trump, Cuba representa una molestia ideológica y un símbolo histórico; no es un territorio atractivo por recursos energéticos, sino por su significado político, marcado por eventos como la derrota en Bahía de Cochinos.
¿Cómo interpreta el ascenso de Javier Milei en Argentina?
Milei surge en un contexto de vacío político: supo establecer un discurso oportuno mientras sus opositores repetían ofertas similares de siempre. La gente, harta de lo conocido, optó por darle una oportunidad.
¿A qué se dedica hoy Juan Martín Guevara?
Vive tranquilo y con recursos limitados: jubilado, con los hijos fuera del país —tres en España y uno en Cuba—, en un departamento alquilado y tratando de llegar a fin de mes.
¿Estado civil?
Divorciado, según cree.
Es hora de irse: “Tengo que tomar el colectivo”, dice. Revisa el bolsillo, cuenta el dinero y insiste en pagar: “Plata, plata”. Sonríe, abraza y se va, perdiéndose en el bullicio de Buenos Aires.

