La predicción de Alice Weidel empieza a materializarse. Tras el triunfo de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, la dirigente ultraderechista sostuvo que la Unión Cristianodemócrata (CDU) ya no volvería a ganar a nivel federal. Dos semanas después ese pronóstico tiene su primer reflejo regional: la CDU ha perdido Berlín, ha desaparecido del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y encadena tres derrotas que convierten cada elección en un plebiscito sobre el canciller.
Las urnas de este domingo evidencian algo más que el desgaste de Merz: la descomposición del sistema de los antiguos grandes partidos. La CDU retrocede 8,2 puntos en Berlín y cerca de ocho en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde queda relegada al 4,9%, su peor marca regional. Al no superar el umbral, será la primera vez desde la creación de la República Federal que queda fuera de un parlamento regional.
El Partido Socialdemócrata (SPD), socio del Gobierno federal, también sufre pérdidas: en Berlín cae 6,4 puntos hasta el 12%, su peor resultado histórico en la capital, y pierde alrededor de cuatro puntos y la primera plaza en Mecklemburgo-Pomerania Occidental.
Ambos partidos atribuyen parte del traspié a sus candidatos en Berlín, quienes afrontaron campañas complicadas. El democristiano Stefan Evers asumió la candidatura apenas dos meses antes, tras la dimisión forzada del alcalde-gobernador Kai Wegner, cuestionado por sus explicaciones sobre un partido de tenis durante el gran apagón de la ciudad. El socialdemócrata Steffen Krach, relativamente desconocido para muchos electores tras dirigir la región de Hannover, llegó además a la cita electoral salpicado por una investigación judicial conocida once días antes.
AfD triunfa en Mecklemburgo con cerca del 37%, después de haber rozado la mayoría absoluta en Sajonia-Anhalt. Pero ganar no implica gobernar: ningún partido está dispuesto a pactar con la formación ultraderechista, por lo que lo más probable es que Manuela Schwesig se mantenga al frente del estado si logra armar una mayoría alternativa. En Berlín, Die Linke alcanza alrededor del 25% y Elif Eralp podría liderar una coalición con Verdes y socialdemócratas. Aunque estos comicios no modifican la composición del Bundestag, reflejan la creciente fragmentación política del país y la dificultad para formar mayorías estables. La CDU excluye cooperar tanto con AfD como con Die Linke, pero ambos partidos situados fuera de su cordón sanitario han cosechado victorias.
Apropiación
Alice Weidel se apresuró a atribuirse el resultado. «Los electores quieren un cambio político», afirmó la copresidenta de AfD, proclamando a su formación como «el nuevo partido popular» de Alemania y asegurando que ha llegado «al centro de la sociedad». Desde la otra orilla, Elif Eralp prometió «cambiar juntos nuestro Berlín y convertirlo en un lugar mejor», celebró que «el amor y la justicia han vencido al odio» y defendió un «Berlín mejor y asequible, donde todas las personas puedan vivir con dignidad».
El SPD tampoco pudo presentarse como vencedor, aunque su secretario general, Tim Klüssendorf, intentó vender el resultado en Mecklemburgo-Pomerania Occidental como un «gran éxito», donde Schwesig aspiraba a derrotar a AfD y terminó dos puntos por detrás pese a su ventaja institucional y mayor popularidad personal. La manifestación buscó encubrir el desastre de Berlín: la ciudad que Willy Brandt convirtió en bastión socialdemócrata —el SPD llegó al 61,9% en 1963— y que gobernó durante 23 de los 36 años desde la caída del Muro reduce ahora al partido al 12%. Klüssendorf calificó el golpe de «extremadamente decepcionante». Los copresidentes, Lars Klingbeil y Bärbel Bas, defendieron continuar con las reformas pero pidieron cambiar su contenido y la distribución de cargas.
Merz compareció cinco minutos después de que se conocieran las primeras proyecciones. Reconoció que los resultados de su partido eran «un desastre», pero inmediatamente planteó el debate en términos generales, no personales: habló como canciller de todos los alemanes y situó el resultado en el marco de una crisis política, económica y social. Al enmarcar así la lectura, atajó las especulaciones sobre su futuro, moderó las reacciones internas y controló la narrativa posterior. Fue, en términos comunicativos, una jugada deliberada.
Merz describió un Estado burocráticamente complejo, una economía en profunda transformación, una sociedad más áspera y unas instituciones cuya credibilidad se ve erosionada por los extremos políticos. Frente a ese deterioro rechazó tanto la idealización del pasado como la visión de que todo lo construido en Alemania sea un fracaso.
No dio muestras de retirada. «Quiero que nuestro país vuelva a estar en marcha, que recupere la confianza en su propia fuerza», afirmó. Para él, las reformas no son un fin en sí mismas sino el medio para restaurar la promesa de progreso y bienestar. Admitió que exigirán sacrificios, generarán incertidumbre y tardarán en mostrar resultados, pero subrayó que «no podemos seguir aplazando estas decisiones. Las reformas tienen que llegar».
Tampoco indicó que vaya a dimitir o a abandonar la presidencia de la CDU, como se había especulado en campaña; al contrario, cerró ese debate y lo reorientó hacia las reformas que considera necesarias para Alemania. Aseguró estar convencido de que su éxito mejorará la convivencia interna y la imagen del país en el exterior, presentó las reformas como «el remedio contra el veneno autoritario» y concluyó con un compromiso de firmeza: «La demostraré como presidente de la CDU y, sobre todo, como canciller de nuestro país».
Tanto Merz como los líderes socialdemócratas coinciden en una interpretación: ambos socios han captado el mensaje de las urnas y consideran que Alemania necesita reformas. El problema para el canciller es que aún no hay acuerdo sobre qué reformas concretas implementar ni cómo hacerlo. En ese estancamiento mutuo cobra fuerza la profecía de Alice Weidel.

