Delcy Rodríguez ha experimentado una transformación rápida y notable en la esfera internacional: de ser una figura central del chavismo, sancionada por Estados Unidos, ha pasado a convertirse en interlocutora privilegiada del Gobierno de Donald Trump y en una presidenta reconocida de facto por algunas administraciones, aunque no necesariamente con legitimidad democrática plena.
Su discurso y comportamiento han cambiado con rapidez. De calificar las sanciones de “terrorismo de Estado” y denunciar el “imperialismo” en foros internacionales, pasó a escuchar sin reaccionar comentarios contundentes contra su antiguo jefe, y a mostrarse públicamente en actitud amistosa con actores que antes eran considerados adversarios. Mientras tanto, la líder opositora María Corina Machado enfrentó dificultades para regresar a Venezuela, bloqueada en Panamá por problemas administrativos y por maniobras diplomáticas.
Para Rodríguez, los acontecimientos en Nueva York representan un avance importante: la administración estadounidense ha tendido la mano a su gobierno y, simultáneamente, ha cerrado opciones a su principal rival. Ella describe este giro como un respaldo al proceso de reinserción de Venezuela en foros multilaterales; la decisión de hoy constituye, en su opinión, un paso significativo en ese sentido y es probable que haya más movimientos en la misma dirección.
Hasta hace poco, Rodríguez fue una figura relevante junto a su hermano en la gestión de Nicolás Maduro. Washington la incluyó en una lista de sancionados en septiembre de 2018 por presuntas violaciones de derechos humanos. Tras la captura de Maduro en enero de 2026 y la formación de un gobierno interino, la política estadounidense evolucionó de la máxima presión hacia una relación más cooperativa con Caracas, dejando en segundo plano temas como la transición política, las elecciones o una vía clara para la oposición liderada por Machado.
El 1 de abril el Departamento del Tesoro retiró formalmente a Rodríguez de la lista de sancionados. En julio, la Administración pidió al Departamento de Justicia que reconociera su inmunidad frente a una demanda civil en Florida, alegando su condición de jefa de Estado. A finales de verano, el acercamiento se amplió con un acuerdo entre Washington y Caracas sobre petróleo, deuda y la reconstrucción de la industria venezolana.
Para saber más
El Gobierno español, que hasta hace poco se refería a Rodríguez como “presidenta temporal” y que acogió a exiliados de alto perfil, la invitó a la Cumbre Iberoamericana que se celebrará en Madrid en noviembre. La invitación se produce pese a las sanciones comunitarias que en teoría limitan su acceso a suelo europeo y que estuvieron en el centro de la polémica por la parada en el aeropuerto de Barajas en 2020 y los encuentros con el entonces ministro José Luis Ábalos y su equipo.
El gesto diplomático más visible de su cambio de estatus se produjo en Nueva York, durante la Asamblea General de la ONU. Por la mañana llamó la atención al levantarse durante la sesión plenaria y acercarse al presidente español Pedro Sánchez, con quien intercambió un saludo que atrajo la atención mediática.
Su mayor logro del día se produjo por la tarde, cuando sostuvo un encuentro informal con Donald Trump en el marco de una recepción en la ciudad antes del regreso del presidente a Washington. La reunión, de carácter privado, contó con la presencia de figuras como Marco Rubio, el financiero Scott Bessent, la jefa de gabinete de Trump, Susie Wiles, y el asesor Stephen Miller. La Casa Blanca no ofreció detalles al equipo de prensa acreditado y Trump no respondió a preguntas posteriores en su regreso.
Horas después, Rodríguez difundió en redes sociales una declaración en la que celebró el encuentro como un reconocimiento oficioso y público. En su mensaje afirmó que conversaron sobre el fortalecimiento de la relación bilateral y una agenda de cooperación en áreas como energía, minería y seguridad; agradeció el apoyo estadounidense tras los terremotos del 24 de junio y defendió la reinserción de Venezuela en espacios multilaterales, abogando por una diplomacia orientada a resultados concretos en beneficio del país.
El encuentro había sido preparado con antelación. Después de la captura de Maduro en enero, funcionarios de la Casa Blanca habían indicado que una visita de Rodríguez podría ser posible; ella misma anticipó en algún momento que acudiría a Estados Unidos. Con su asistencia a la Asamblea General, solo quedaban por definir el momento, el formato y la cobertura del encuentro.
La reunión se celebró en el hotel Lotte New York Palace. Aunque el formato fue discreto y de bajo perfil protocolario —una sala pequeña con dos sillas y las banderas de ambos países—, su significado diplomático es notable. En meses recientes la Casa Blanca ha optado por encuentros privados en citas delicadas; en esta ocasión, el presidente posó con Rodríguez mostrando satisfacción por la relación que han desarrollado desde enero.
En 2026 Rodríguez ha cambiado su discurso público sobre Estados Unidos: de una postura de confrontación ha pasado a hablar de cooperación, diálogo y conciliación, y a referirse a Trump en términos de colaboración. Su gobierno ha transformado una relación iniciada en un contexto de presión y operaciones militares en una interlocución de carácter comercial y operativo, centrada en negociaciones sobre petróleo e inversión. Aunque Rodríguez afirma que no cede la soberanía venezolana, informes de prensa estadounidenses señalan que mantiene contacto frecuente con figuras como Marco Rubio y que en la práctica consulta con aliados externos antes de tomar decisiones de gran relevancia.

