La última vez que Delcy Rodríguez habló en la Asamblea General de la ONU, en 2019, abrió su intervención afirmando que lo hacía en nombre “de la única Venezuela, de la Venezuela digna, la valiente, la que no se arrodilla ante poder imperial alguno”, y transmitió el saludo del presidente Nicolás Maduro y del pueblo venezolano, así como el “espíritu” de Hugo Chávez. En aquel discurso criticó duramente a Donald Trump y a las sanciones de Estados Unidos, calificando esas medidas como “terrorismo de estado” y describiendo al Departamento del Tesoro como “el Pentágono Económico” que, según ella, castiga a poblaciones enteras para imponer cambios de régimen y apropiarse de recursos nacionales.
Siete años después, y con el postchavismo aún en el poder, Venezuela sigue enfrentando déficits democráticos y una migración masiva de millones de personas. En su intervención reciente ante una Asamblea con poca asistencia de personalidades destacadas, Rodríguez mostró un cambio notable de tono: agradeció personalmente a Donald Trump, habló de excelentes relaciones con Estados Unidos, no mencionó directamente a Nicolás Maduro —actualmente detenido en una prisión federal, según reportes— y adoptó posturas más conciliadoras hacia el país que antes criticaba.
Su discurso fue uno de los más esperados de la semana. Rodríguez expresó su gratitud a Trump y a su Gobierno por la disposición a “retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación con Venezuela” y dijo que se trabaja para dirimir diferencias por la vía del diálogo. Señaló como prioridades el relacionamiento energético, la promoción de la seguridad, la lucha contra el crimen transnacional y la cooperación económica en beneficio de ambos pueblos y del continente.
Sin embargo, destacó sobre todo su anuncio de que habrá elecciones. Afirmó: “en Venezuela habrá elecciones y en esa dirección hemos iniciado un diálogo político con sectores de la oposición que conduzca a un proceso en igualdad de condiciones para todos”. Añadió que “la democracia no se mide por la existencia de elecciones, la democracia se mide por la calidad de la competencia que precede esas elecciones” y sostuvo que una elección debe ser “una solución, no un generador de conflictos irreconciliables”. Observadores y críticos han subrayado la contradicción entre estas declaraciones y las denuncias previas sobre irregularidades electorales en el país.
El tono conciliador y el uso de eufemismos marcaron la intervención; además, no hubo una alusión directa a Nicolás Maduro durante su alocución. Ese cambio retórico fue evidente en la forma en que presentó el proceso y las aspiraciones de su gobierno ante la comunidad internacional.
Rodríguez no fijó una fecha para las elecciones. Dijo que “el pueblo venezolano con su sabiduría ancestral determinará el momento correcto” y anunció la organización de una convención nacional próxima. Añadió que “los venezolanos seréis consultados para que digáis cuándo, dónde y en qué términos queréis celebrar la gran convención nacional” y que allí el pueblo ejercerá libremente su autoridad para definir leyes fundamentales.
Se presentó como una figura de consenso y de transición, capaz de sanar las divisiones nacionales, y apeló a Estados Unidos de manera indirecta para que no haya injerencias en el proceso. Sus palabras buscaron proyectar una imagen de apertura al diálogo y cooperación internacional basada en el respeto y la no intervención.
En su cierre, Rodríguez urgió a abandonar “el camino que permitió que el extremismo y la intolerancia se impusieran sobre la convivencia democrática y pacífica” y se dirigió a los jóvenes que emigraron: les dijo que “vale la pena creer de nuevo” y que este es el momento de reconstruir el país para que muchos quieran regresar. Al mismo tiempo, analistas y críticos recuerdan que la salida de millones de venezolanos ha sido interpretada por muchos como resultado de factores como la represión, la inseguridad y el colapso económico tras décadas de chavismo.

