Europa encara un ciclo electoral que podría mover su eje hacia la derecha. El adelanto de las elecciones españolas al 29 de noviembre abre un calendario que continuará en 2027 con las presidenciales francesas y las legislativas en Polonia e Italia. En juego están los gobiernos de cuatro de las principales economías de la UE y la posibilidad de que la derecha radical aumente su influencia; los cómputos sobre futuras mayorías ya han comenzado dentro y fuera de sus fronteras.
En España las dudas son si el PP de Alberto Núñez Feijóo será la fuerza más votada, si podrá articular una mayoría y qué papel jugará Vox. Si el PP necesita el apoyo de Santiago Abascal, quedará por ver qué exigencias plantearía Vox y si habría acuerdo de coalición.
En Francia, Marine Le Pen, líder del Agrupación Nacional y figura central de la derecha radical, observa España como un adelanto de su propia candidatura al Elíseo. Se reunió en Bruselas con Abascal y saludó la posibilidad de que Vox participe en el Gobierno español; Jordan Bardella también ha mostrado cercanía con líderes de Vox. Incluso antes de conocer los resultados españoles, los aliados ya alimentan expectativas sobre sus implicaciones.
Cada avance fuera refuerza en campaña la idea de que su acceso al poder forma parte de una corriente paneuropea. El alcance sería distinto según la capital: Meloni busca consolidarse; las derechas nacionalistas polacas tratarían de recuperar peso frente a Donald Tusk; y Le Pen aspira a la presidencia que Macron no podrá revalidar. Una mayoría del PP dependiente de Vox completaría un escenario que modificaría el equilibrio entre grandes capitales.
Le Pen ha afirmado que cuenta con aliados para cambiar la orientación europea y reclama gobiernos que devuelvan competencias a los Estados y limiten la integración en política exterior y defensa. Los apoyos mutuos intentan transformar afinidades entre partidos en una relación de fuerzas entre Estados.
Francia, la prueba de mayor alcance
Francia representa la prueba más importante. La Constitución impide a Emmanuel Macron optar a un tercer mandato y las dos vueltas previstas en abril y mayo abren una sucesión decisiva para los interlocutores europeos. Le Pen busca desde la presidencia cambiar la orientación de una potencia nuclear y miembro permanente del Consejo de Seguridad, pero conquistar el Elíseo y garantizar una mayoría parlamentaria son retos distintos. Ha anunciado que disolvería la Asamblea Nacional si vence, con lo que necesitaría mantener un impulso político y superar la fragmentación parlamentaria; su relación con otras derechas y la capacidad de sus rivales para cooperar serán determinantes.
Ucrania servirá como primer indicador del cambio: Le Pen propone suspender la ayuda financiera francesa seis meses después de acceder al Elíseo, aunque mantendría la ayuda militar, alegando restricciones presupuestarias. No plantea abandonar a Kiev por completo, pero sí reducir el compromiso; para los socios, la incógnita es cuánto esfuerzo adicional tendrían que asumir y por cuánto tiempo.
En Berlín esa perspectiva afecta a una relación que trasciende la sintonía entre líderes. Macron y Friedrich Merz acordaron en marzo crear un grupo de coordinación nuclear y ampliar la participación alemana en ejercicios franceses de disuasión; una presidencia de Le Pen pondría a prueba la continuidad de esa cooperación, porque la acción militar exige compartir la percepción de amenazas y la confianza en la respuesta del vecino ante una crisis.
Merz evita dar por perdido ese entendimiento: al ser preguntado por una eventual victoria de Le Pen aseguró que “la mano alemana sigue tendida” a Francia. El eje franco-alemán podría sobrevivir al cambio, pero conservar su capacidad de iniciativa sería otra cuestión. Las discrepancias sobre Ucrania o seguridad obligarían a reconstruir un acuerdo que hoy ambos gobiernos consideran estratégico.
La inquietud ya condiciona decisiones alemanas. Jacob Ross, especialista en Francia del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores, señaló ante el Senado francés que la incertidumbre sobre Agrupación Nacional “frena considerablemente cualquier acercamiento”. La posibilidad de una victoria de Le Pen refuerza, según su análisis, a quienes prefieren confiar la seguridad a Washington y la OTAN en lugar de intensificar la dependencia de París. Las elecciones pueden desalentar compromisos incluso antes de celebrarse.
Alemania no necesita votar para entrar en este ciclo: la presión de Alternativa para Alemania (AfD) y el debate sobre el cordón sanitario limitan el margen del canciller. Merz tendría que negociar con Le Pen mientras contiene a una derecha radical que disputa liderazgo dentro del espacio conservador; cualquier acuerdo con París tendría que sostenerlo ante su propia mayoría.
La cuestión no es solo la supervivencia formal de los tratados bilaterales. Ronja Kempin, experta en Francia y seguridad de la Fundación Ciencia y Política de Berlín, advierte del riesgo de “vaciar el espíritu” de esos acuerdos: desde recortes en cooperación universitaria hasta diferencias en defensa. Una relación formalmente intacta podría perder la confianza necesaria para adoptar decisiones conjuntas.
El precedente de Meloni
Italia ofrece a Le Pen y a Vox no solo una aliada, sino un precedente de llegada al poder y convivencia con la derecha tradicional. La afinidad se mantuvo a pesar de la separación en el Parlamento Europeo: cuando Vox abandonó el grupo de Meloni en 2024 para unirse al de Le Pen, aseguró que Italia seguiría siendo “socia, amiga y aliada”. La continuidad de Meloni reforzaría ese precedente, aunque gobernar implica también cumplir compromisos y hacer concesiones.
Esa cercanía podría facilitar acuerdos entre París, Roma y Madrid si las urnas otorgan poder a sus líderes. Francia ya tiene tratados de cooperación con Italia y España firmados antes de este ciclo; una afinidad política más pronunciada podría consolidar esos lazos y ofrecer a París apoyos alternativos frente a Berlín. Convertirlo en un triángulo estable requeriría, no obstante, conciliar intereses industriales, prioridades de seguridad y compartir responsabilidades en materia migratoria.
Mientras tanto, el exgeneral Roberto Vannacci y su formación Futuro Nacional presionan a Meloni desde la derecha. La coalición gubernamental frenó a su candidato en una elección parcial en Calabria en septiembre, pero su irrupción obliga a calcular qué votos le restaría y qué relación mantendrían. El significado de un segundo mandato depende, en buena medida, de la mayoría que lo sostenga.
La batalla también se libra en las reglas electorales. La reforma aprobada el 8 de octubre establece un premio de mayoría para las coaliciones que alcancen al menos el 42% de los votos y exige identificar previamente al candidato a primer ministro. Favorece las alianzas y penaliza la fragmentación; sus efectos dependerán de la cohesión de las derechas y de la capacidad de la oposición para presentar una alternativa común.
En ese frente entran Elly Schlein y Giuseppe Conte, líderes del Partido Democrático y del Movimiento 5 Estrellas. Pactar un liderazgo y resolver diferencias será parte de su desafío electoral. Italia recuerda una cautela aplicable a todo el ciclo: una derecha fuerte puede perder frente a una oposición capaz de sumar; muchos votos dispersos pueden ser insuficientes sin un acuerdo para gobernar.
En Polonia, Donald Tusk dependerá de la fuerza de su partido y de la supervivencia electoral de sus socios. Encabeza una coalición europeísta desde el centroderecha; su derrota desplazaría el poder hacia las derechas nacionalistas. La competencia entre Ley y Justicia (PiS), Confederación y la agrupación de la Corona Polaca de Grzegorz Braun impide reducir la disputa a dos bloques claros.
La crisis interna del PiS, liderado por Jarosław Kaczyński, ilustra esa inestabilidad: en julio se anunció la salida de más de 30 parlamentarios en medio de fricciones con el entorno del ex primer ministro Mateusz Morawiecki. La ruptura puede dispersar votos, pero también abrir espacios para fuerzas que lleguen a electorados a los que una sola marca ya no capta.
Si ese desplazamiento se concreta, la socialdemocracia retrocedería aún más en un mapa donde ya escasean sus gobiernos. La pérdida de España reduciría sus principales bastiones entre los Veintisiete, pasando de cuatro a tres países —Dinamarca, Lituania y Malta—, apenas el 11% de los Estados miembros y a la espera de Suecia. Perdería su posición en una de las grandes economías, mantendría presencia en coaliciones como la alemana, pero tendría menos capacidad para marcar la agenda desde una gestión propia.
En ese escenario, las cinco grandes economías quedarían dirigidas por formaciones que van desde el conservadurismo de Merz hasta el nacionalismo de Le Pen y Meloni. La derecha radical ganaría fuerza frente a conservadores con menos contrapesos socialdemócratas y presionados en sus propios países por competidores que les exigen endurecer sus posiciones.
La cuestión europea
Por debajo de las diferencias nacionales aflora una demanda homogénea de protección. El Eurobarómetro de primavera sitúa el coste de la vida como la principal preocupación personal del 52% de la ciudadanía. Ese malestar no conduce de forma automática al voto nacionalista, pero crea terreno para una promesa compartida: recuperar control sobre fronteras, gasto público y decisiones económicas. Las derechas conectan problemas cotidianos con la percepción de que los gobiernos han perdido capacidad de resolución.
Cumplir esa promesa encierra tensiones: proteger el poder adquisitivo puede exigir recursos que compiten con el gasto militar; proteger una industria nacional puede perjudicar a la de un vecino. Priorizar a los propios ciudadanos complica después explicar concesiones a otros; los aliados responden a electorados distintos.
El presupuesto europeo 2028-2034 ejemplifica la urgencia: los dirigentes buscan pactarlo antes de que las campañas de 2027 endurezcan las posiciones nacionales. Las elecciones pueden desbloquear decisiones al renovar mandatos, pero el problema surge cuando la espera se vuelve permanente. El Parlamento Europeo conservará su composición de 2024, pero las urnas pueden cambiar a los líderes nacionales que negocian los acuerdos. Y como telón de fondo está una Europa en campaña continua: cuando un gobierno obtiene un mandato, otro teme perderlo y un tercero evita concesiones que puedan parecer rendición. En 2013 el economista Giorgio Basevi propuso sincronizar elecciones nacionales y europeas precisamente porque la sucesión de campañas había retrasado respuestas cruciales; cada elección promete despejar el horizonte, pero la siguiente lo vuelve a cerrar.

