18 de octubre de 2026
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Matías Alé: de la oscuridad al renacer y su presente

Matías Alé: de la oscuridad al renacer y su presente

—¿Qué le dirías a tu yo de hace veinte años? —se pregunta Matías Alé. A sus 49 años reflexiona que la vida pasa rápido, que es como un tobogán, y recuerda que, dos décadas atrás, ya había perdido a su padre. Por eso también quiere dirigirse al joven que salía de la adolescencia con todo por delante.

Le diría que no deje de compartir domingos con su padre; que deje de angustiarse tanto por el futuro; que escuche más, busque asesoramiento financiero, cuide su salud y haga ejercicio; y que se rodee de gente que lo quiera de verdad. También se reconoce: no tuvo representante, ni padrino ni sponsor; nadie lo ayudó permanentemente. Se cayó y se levantó muchas veces, se levanta temprano, trabaja y se felicita por su esfuerzo: nadie lo ayudó como él mismo lo hizo.

La entrevista con Paparazzi empieza por el final y resume la vida de un hombre que transitó varias etapas: conoció el éxito, protagonizó romances mediáticos y fue uno de los galanes más buscados del ambiente.

Tras una década junto a Graciela Alfano y vínculos con figuras como Silvina Escudero, Andrea Estévez y Sabrina Ravelli, se casó con María del Mar Molar. En pleno auge profesional sufrió un brote psicótico que lo llevó a una internación, marcó el fin de su matrimonio y desencadenó un largo proceso de recuperación en el que contó con el apoyo incondicional de su madre.

Sin rendirse, reconstruyó su carrera: volvió a los escenarios, probó el streaming, actuó en películas y se involucró en producción teatral. En esa etapa también reencontró el amor con Martina Vignolo, con quien se casó en octubre de 2025 y se instaló en Mar del Plata.

En septiembre recibió la propuesta de conducir un magazine matutino en Net TV, lo que lo llevó de nuevo a Buenos Aires y marcó el inicio de una nueva etapa profesional y personal.

Este es el Matías que se cayó y se levantó muchas veces: llegó a Paparazzi acompañado por su esposa dispuesto a hablar de todo —de las caídas que no lo derrotaron, de su deseo de ayudar a otros que pasan por lo mismo y de su situación económica actual—.

Aunque en su momento ganó mucho dinero, hoy reconoce que vive al día, con lo justo y necesario, una realidad distinta a la que muchos imaginan y otra de las tantas vueltas que dio su vida.

“Estoy feliz por la posibilidad de volver desde Mar del Plata. Me siento cómodo. Estoy en pantalla en Net de 9 a 11; esta es nuestra quinta semana. Estoy contento porque además puedo hacer lo que me gusta: conducir. El programa, A pura mañana, tiene mi sello”, cuenta Matías con entusiasmo.

—¿Tuviste miedo de quedar afuera al instalarte en Mar del Plata?

—No. Siempre supe que el medio no me olvida. A veces llegan propuestas más creativas o menos notorios, pero siguen existiendo. Martina llegó hoy y se queda hasta el jueves; yo me voy a Rosario. Nuestro vínculo y trabajo son dinámicos.

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Matías Alé, en Net.

—Todavía no hay hijos.

—¿Cómo que no? Tenemos un perro salchicha, Río. Estoy desesperado por verlo…

—¿Te quedó algo pendiente en tu carrera?

—Me gustaría un protagónico de cine, idealmente interpretando a un personaje muy distinto a mí. Trabajar con actores como Leonardo Sbaraglia, Ricardo Darín o Guillermo Francella, o en grandes producciones de alguien llamado Juan José, sería un desafío. Tengo 49 años y he hecho muchas cosas, pero siempre quedan metas.

—En tu última película, Maltratada, interpretaste a un agresor.

—Sí. Martina estaba cuando filmamos; al volver a casa me decía que no me reconocía. Mi madre también me dijo que no le gustaba verme así. Me meto en los personajes hasta encontrarlos; creo que esa búsqueda habla de versatilidad. Hay actores a los que se les complica conducir y conductores que no actúan, pero yo me siento cómodo en ambos roles: soy un actor que conduce, aunque mucho de mí aparece en el personaje.

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—La gente piensa que los famosos ganan mucho. ¿Fue así en tu caso?

—Perdí todo. Hace veinte años gané muchísimo con presencias, Bailando, teatro y trabajos con figuras como Carmen Barbieri. También gasté mucho en viajes y autos; aprendí de esas experiencias. Me rodeé de personas que no siempre me ayudaron a administrar el dinero y algunos negocios me salieron mal. Hoy vivo al día. Estuve ocho años enfermo; trabajé menos y en malas condiciones por no sentirme óptimo. Mantener médicos y medicación fue costoso. Vivo al día, pero bien. Aprendí que los bienes materiales no te abrazan ni te cuidan. Además, con lo que hice, sé que nunca me faltaría comida si pidiera ayuda en el edificio; el medio también cambió: antes éramos pocos y las tarifas eran mayores, hoy aparecen muchos creadores digitales.

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—¿Desaparecieron amigos en las malas?

—Sí, no queda tanta gente. Hay cuatro o cinco incondicionales, y mi madre, que es la que siempre estuvo. No lo juzgo; es así.

—Cuando tuviste el brote psicótico, la salud mental era tabú. ¿Cómo lo viviste?

—En ese momento no era bien visto ser “el loco del medio”. Yo lo viví con la frente en alto y lo conté para que otros sepan que puede pasar: hace diez años estuve internado en un neuropsiquiátrico, rezando una Ave María porque se me “cruzaron los cables”. Eso puede ocurrir por estrés u otras razones. Hoy rehice mi vida: tengo esposa, trabajo, buena salud, estoy lúcido y no tomo medicación. Creo que vivirlo y hablarlo ayuda a quienes atraviesan situaciones similares. Incluso sentí afecto del medio: gente que iba a la puerta de la clínica y camarógrafos que me saludaban.

—Llegaste a dormir en los pasillos de América.

—En 2013 dormía en el estudio de Animales Sueltos porque trabajaba hasta tarde y al otro día debía estar en otro programa. Fue una época de mucha actividad y ansiedad; me hubiera servido alguien que me aconsejara priorizar momentos personales. Ahora administro mejor mi tiempo: elijo que hoy esta sea la única nota que dé.

—¿Se nota la diferencia de edad con Martina?

—Sí, ella tiene mucha energía y a veces me siento más lento; bromeamos con esa diferencia. Tiene que tomar Redoxon, Danonino; no hay forma de seguirle el ritmo.

—¿Sos celoso?

—No. Confiamos mucho. Solo me daría celos que alguien la haga reír más que yo.

—¿Y los planes de hijos?

—Hablamos del tema y nos gustaría tenerlos, pero ahora queremos viajar y disfrutar de la pareja. Somos independientes y estamos pensando proyectos que nos sirvan a los dos. Todo llegará a su tiempo. Por ahora estamos con Río.

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Matías Alé y Martina Jazmín Vignolo, el día de su casamiento.

—Pasaste por muchas relaciones. ¿Alguna que te haya gustado y no se dio?

—Hubo personajes que me gustaban, pero eran de otro target o no hubo conexión. En su momento, había íconos internacionales que me llamaban la atención, como Jennifer Aniston.

—¿Estuviste con alguna famosa internacional?

—Con Grecia Colmenares.

—¿Fuiste muy infiel?

—No. No tuve muchas relaciones estables y a veces la sociedad etiqueta sin conocer. No me gusta que se rotule a la gente.

—¿Le perdonarías una infidelidad a tu mujer?

—Me lo tomaría con humor; le diría que me hubiera llamado.

—¿Probaste de todo en el sexo?

—No estuve con hombres, aunque he estado en lugares donde había hombres. He vivido mi sexualidad con libertad y sin prejuicios, siempre con consentimiento y respeto. El placer es legítimo en sus distintas formas, mientras no se dañe a nadie.

—¿Cuántas personas hubo como máximo en una habitación?

—No lo voy a contar, éramos varios.

—¿Qué pasó con Graciela Alfano, que te criticó recientemente?

—No sabría decir. Graciela es imprevisible; su forma de humor puede ser así. No me genera diversión, pero es su modo de comunicar y hace tiempo que no estamos juntos por eso.

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—En un momento dijiste que querías ser el Brancatelli de Mauricio Macri.

—Lo dije cuando estaba muy mal; a la semana me internaron porque creía que Dios me hablaba y que debía representar un partido. Fue un delirio. No me interesa la política; si algún día digo que quiero ser vocero, llamen a un psiquiatra. Yo ayudo desde mi lugar pero no sería un portavoz político.

—¿Quién es tu madre para vos?

—Mi madre es todo. Durante la recuperación viví en su casa porque no me animaba a estar solo; me cuidaba y me tranquilizaba. Fue madre y padre desde joven, porque mi padre murió hace treinta años. La quiero mucho: sigue mis notas y me acompaña. En mi primera internación ella no podía visitarme por una pelea con mi ex, pero me mandaba cosas a través de seguridad.

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—¿Le tenés miedo a algo?

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