18 de octubre de 2026
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Alberta vota referéndum de independencia en crisis identitaria

Alberta vota referéndum de independencia en crisis identitaria

Canadá reúne muchas de las cualidades que otros países envidian: es el segundo más extenso del mundo, dispone de abundantes recursos energéticos, minerales y hídricos, y cuenta con una población de alrededor de 40 millones de habitantes. Tiene un nivel de vida elevado y una renta per cápita cercana a los 67.000 dólares. Forma parte del G-7, registra una de las tasas más altas de estudios universitarios entre los países desarrollados y mantiene un sistema público de salud que garantiza la atención, a diferencia de su vecino del sur. Además, es una sociedad plurilingüe, abierta a la inmigración, con instituciones estables, una reputación de seguridad y ciudades como Vancouver, Toronto o Montreal entre las más habitables del planeta.

Es un país que cae bien en el exterior. En lo político, su primer ministro, Mark Carney —exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra— goza de gran influencia internacional y participa con frecuencia en foros globales. Su discurso en Davos, este año, sobre la crisis climática, ha sido muy citado. Tanto atrae Canadá que en algunos sectores europeos se ha planteado en broma si debería integrarse en la Unión Europea.

Sin embargo, ninguno de los países ricos e influyentes parece atravesar una crisis de identidad nacional tan marcada como Canadá. Tradicionalmente el foco había estado en Quebec, la región francófona que ha buscado la secesión en varias ocasiones; ahora las tensiones se centran en Alberta, una provincia rica en recursos que ha convocado un referéndum no vinculante para preguntar a sus ciudadanos si desean iniciar un camino hacia la independencia.

«Es hora de votar, comprender la voluntad de los habitantes de Alberta sobre este tema y seguir adelante. Ya no tiene sentido ni es útil prolongar un debate emocional e importante», declaró en mayo Danielle Smith, la premier provincial. La pregunta en las urnas no provocará de inmediato una crisis constitucional ni tiene efectos jurídicos, pero el impacto político es grande: el resultado determinará si se activa el proceso legal exigido por la Constitución para celebrar, más adelante, un referéndum vinculante.

Prólogo de una nueva era

Las encuestas muestran que alrededor del 70% de la población no desea la secesión y que solo cerca del 25% la apoyaría. Pero incluso manteniéndose esa ventaja, la consulta no cerrará el asunto de forma definitiva: es el prólogo de una nueva fase política. «Hay que privar a la causa separatista de cualquier tipo de oxígeno emocional. Se nutren de la humillación, la falta de respeto y todo tipo de resentimiento. Por lo que no hay que generar ninguno, tratar de mitigar algunos de los que ya existen y de abordar la idea de que “Canadá está rota, tenemos que independizarnos porque es disfuncional y no funciona”», señalaba Michael Wernick, de la University of Ottawa, en el Globe and Mail.

El referéndum fue convocado en febrero y al principio incluía nueve preguntas centradas en inmigración y seguridad. A finales de mayo, Smith añadió una décima sobre la permanencia en Canadá. Las razones oficiales invocan el refuerzo de la posición constitucional y fiscal de Alberta dentro de un país unido, en un contexto de precios bajos del petróleo y de preparación del presupuesto. Entre las propuestas figuraban limitar ciertos programas de salud, educación y servicios sociales a ciudadanos, residentes permanentes y personas con estatus aprobado por Alberta; exigir 12 meses de residencia a quienes tengan estatus temporal; o incluso la abolición del Senado federal, entre otras medidas.

La decisión de Smith respondió a meses de presión de un lobby separatista y nacionalista, reducido pero con influencia, que sostiene que la riqueza energética de Alberta subsidia a zonas más pobres y que la burocracia de Ottawa ha asfixiado la economía provincial. Es un discurso que recuerda a movimientos similares en otros países, incluida España, y que los canadienses ya han escuchado antes.

Quebec, de mayoría francófona, celebró referendos en 1980 y 1995; en ambas ocasiones la población votó por seguir en Canadá, aunque en 1995 la diferencia fue mínima. Superada esa etapa, al menos por ahora, el Partido Quebequense, de corte separatista, ganó elecciones provinciales recientemente y se ha comprometido a celebrar un nuevo referéndum, pero ha condicionado su convocatoria a que el presidente estadounidense Donald Trump deje el cargo. Ahí reside una de las claves del contexto actual.

Los canadienses, como gran parte del mundo desarrollado, están experimentando frustración y ansiedad: existe una crisis de vivienda y problemas de accesibilidad, que algunos atribuyen a la llegada de trabajadores extranjeros y que reflejan una sensación de escasez de recursos sociales tras décadas de políticas abiertas a refugiados y migración.

Parte de la base del independentismo y sus activistas procede de las movilizaciones contra las restricciones sanitarias durante la pandemia, incluido el llamado Freedom Convoy de 2022, y guarda afinidades con la corriente MAGA: desconfianza hacia las élites y el gobierno federal, oposición a políticas climáticas y una retórica de recuperar el control político.

Reuniones con los republicanos de EEUU

El grupo Alberta Prosperity Project (APP), uno de los promotores de la independencia, reconoció haber mantenido reuniones con funcionarios del Departamento de Estado estadounidense en Washington para tratar posibles operaciones energéticas. Figuras como el secretario del Tesoro Scott Bessent, entre otros, han descrito a Alberta como un «socio natural» de Estados Unidos por sus recursos energéticos. Una investigación de The Globe and Mail reveló además un encuentro en Alberta entre dirigentes separatistas y estrategas republicanos vinculados a campañas de Trump, en el que la delegación estadounidense ofreció tecnología para movilizar votantes.

Según algunas lecturas, la posibilidad de tensiones con Estados Unidos contribuyó a impulsar la victoria del Partido Liberal de Carney el año pasado: las amenazas de anexión, la guerra comercial y las similitudes entre ciertos conservadores canadienses y estadounidenses alteraron en pocas semanas el ánimo de la ciudadanía. David Coletto, de la empresa de encuestas Abacus Data, que lleva un año estudiando lo que denomina la «mentalidad de precariedad», afirma que es improbable que los movimientos separatistas triunfen mientras persista en Canadá una sensación generalizada de inseguridad. En un entorno geopolítico volátil, el valor percibido de la cohesión nacional ha aumentado.

Las diferencias entre los movimientos son claras: los soberanistas de Quebec anteponen la identidad cultural y lingüística; los de Alberta se centran en argumentos económicos y en una ideología libertaria, abogando por lazos más estrechos con un Estados Unidos de perfil conservador. El politólogo Jared Wesley ha señalado que «mientras Quebec argumentó que el orgullo cultural justificaba posibles pérdidas económicas a corto plazo», los separatistas de Alberta han basado su proyecto en supuestos beneficios económicos, lo que resulta difícil de sostener si a corto plazo puede causar perjuicios. Esa fragilidad queda más patente cuando el empresariado advierte sobre los efectos negativos.

Aunque líderes del independentismo de Alberta, como Jeffrey Rath o Corey Morgan, han intentado tender puentes con los quebequeses tras la reciente victoria electoral de estos últimos, las reacciones en Quebec han sido mayoritariamente críticas. Algunas figuras, como Marie-Anne Alepin, presidenta de la Société St-Jean-Baptiste de Montréal, acusan a Alberta de instrumentalizar la amenaza separatista «como moneda de cambio» en negociaciones institucionales y presupuestarias con Ottawa, y consideran que el referéndum es más una presión táctica que un auténtico deseo de formar un país. Jean-François Lisée, exlíder del PQ, ha dicho que la iniciativa es una pérdida de tiempo y aportará poco más que lecciones negativas.

La situación es un problema serio para Carney y el Gobierno federal. Su discurso en el último año se ha centrado en la unidad y la firmeza frente a Trump, la guerra comercial y otras amenazas, pero el país está lejos de ser un bloque sólido en estos momentos. Pase lo que pase en el corto plazo, la crisis tiene muchas probabilidades de enquistarse: incluso si la presión internacional cambia cuando Trump deje la presidencia, las tensiones internas en Alberta y Quebec probablemente persistirán.

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