30 de octubre de 2026
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El legado de Trump

El legado de Trump

Los estadounidenses votan el martes en el ciclo electoral más caro de la historia, según AdImpact, para renovar la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. En las legislativas suele penalizarse al partido del presidente, pero esta vez la contienda se mezcla con la figura de Donald Trump: ha pedido que se le imagine en la papeleta y ha vinculado la ayuda federal al éxito de candidatos republicanos. Su postura —reclamar crédito por victorias ajenas y culpar a otros por derrotas— plantea la pregunta de cuánto depende el fenómeno Trump de su persona y qué quedará cuando ya no ejerza la presidencia.

Hace poco más de un mes, al evaluar las perspectivas electorales, destacaba el arraigo social del trumpismo y las dificultades de los demócratas para articular una alternativa. Desde entonces la campaña ha cambiado: la aprobación presidencial ha caído, el coste de la vida sigue siendo la principal preocupación y la inflación, aunque se modera, no ha devuelto la cesta de la compra a niveles anteriores. Además, el encarecimiento de los combustibles está trasladando tensión al conjunto de la economía y el conflicto con Irán ha dejado de ser solo un asunto geopolítico para incidir en la vida cotidiana.

También ha irrumpido con fuerza la preocupación por la corrupción. Una encuesta del Financial Times indica que el 69% de los electores registrados —incluidos votantes de Trump— está inquieto por los conflictos de interés y el aprovechamiento privado del cargo (un sondeo similar de FOX NEWS sitúa la cifra en el 88%). Que los negocios familiares de Trump fueran conocidos dejó de ser solo un dato: ahora se traduce en descontento político, probablemente porque el enriquecimiento de los poderosos resulta especialmente ofensivo cuando se percibe una pérdida de poder adquisitivo generalizada.

Las proyecciones apuntan a que los demócratas recuperarían la Cámara de Representantes, mientras que el Senado permanece competitivo. Castigar al partido del presidente es habitual en las legislativas, pero determinados combates pueden ofrecer lecciones más precisas sobre la dinámica electoral.

Texas es una prueba ilustrativa. Trump apoyó al fiscal general del Estado, Ken Paxton, con múltiples causas y controversias frente al demócrata James Talarico. Las encuestas muestran un empate técnico en un Estado que Trump ganó ampliamente en 2024. Si Paxton vence, indicará hasta qué punto los electores respaldan a los candidatos designados por Trump; si pierde, sugerirá que el rechazo al candidato puede superar el rechazo al presidente. Además, el aumento del voto latino obliga a los demócratas a no confundir identidad étnica con fidelidad política.

Otros escenarios relevantes son Georgia, donde Jon Ossoff intenta mantener su escaño, y Ohio, en el que Sherrod Brown aspira a recuperar apoyos en zonas industriales. Estos resultados servirán a los demócratas para planificar ya la carrera hacia 2028.

Un vuelco en la Cámara multiplicaría las investigaciones sobre la Administración; figuras como el secretario de Guerra, Pete Hegseth, serían objetivos por su gestión en torno a Irán. Lograr un impeachment no equivale a destituir, porque la destitución requiere dos tercios del Senado, por lo que el país podría enfrentarse a dos años de conflictos presupuestarios, parálisis legislativa y un mayor recurso a poderes ejecutivos. Además, la judicialización anticipada de las elecciones puede prolongar la incertidumbre sobre la composición del próximo Congreso: el Departamento de Justicia ya ha actuado en tribunales de Alaska para cuestionar escenarios electorales, y existe el riesgo de controversias legales hasta la toma de posesión, aunque impedir la investidura de candidatos legítimamente elegidos plantea enormes trabas jurídicas.

Incluso si los republicanos sufrieran una derrota, la política exterior seguiría siendo imprevisible. Trump ha mostrado oscilaciones en su enfoque hacia Irán —entre mantener la presión y buscar una salida rápida— y su ambigüedad sobre posibles ataques tras las elecciones genera inquietud entre aliados. Para Europa, preocupan el acercamiento verbal a Putin, la posible relajación de sanciones y la presión sobre Ucrania. Un Congreso adverso podría poner límites a la Administración y aprobar sanciones adicionales, pero no eliminaría la incertidumbre procedente de la Casa Blanca.

Reducir el fenómeno Trump a sus excesos y sus vínculos con el poder económico sería erróneo. Su éxito no brotó de una ideología compleja, sino de una lectura eficaz de los agravios y expectativas de una parte importante de la clase trabajadora, desde el cinturón industrial hasta regiones como los Apalaches. Su lenguaje directo y su desprecio por las convenciones le permitieron presentarse como una alternativa auténtica frente a una élite política percibida como distante, y ofreció la promesa de acción y resultados.

Esa voluntad explica también el acercamiento de grandes empresas tecnológicas. Ha habido adulación e intereses oportunistas, pero Trump entendió, como esos empresarios, que la competencia con China por la inteligencia artificial es una lucha por la primacía global. Ha impulsado la expansión de capacidades estadounidenses mediante medidas en energía, infraestructuras, semiconductores, simplificación regulatoria y un uso más agresivo de herramientas comerciales que antes se consideraban neutras.

Biden ya había iniciado medidas industriales con el Inflation Reduction Act y el CHIPS Act, dentro de un marco internacional basado en reglas y alianzas. Trump alteró ese tablero: sin avalar sus métodos, cabe reconocer que introdujo una lógica de movilización en la rivalidad tecnológica, comparable —salvadas las diferencias— a la convocatoria de industriales para convertir la capacidad productiva en un recurso estratégico en periodos de tensión.

Elon Musk ejemplifica las tensiones de esta relación entre Estado y grandes empresas. Su alineamiento político no invalida su peso industrial: en 2025 SpaceX realizó más lanzamientos orbitales que el resto de operadores juntos. La concentración privada de capacidades estratégicas genera alarma, pero Europa no debe subestimar esa potencia empresarial.

Sea cual sea el resultado electoral, la mirada ya estará puesta en 2028. La competencia con China, la reconstrucción industrial y el impulso tecnológico probablemente sobrevivirán a Trump; su sucesor tendrá que proseguir esos esfuerzos sin renunciar a las reglas, las alianzas y los contrapesos constitucionales. Los demócratas, por su parte, deben entender que no basta beneficiarse del rechazo al presidente: necesitan reconectar con la clase trabajadora y ampliar su base electoral. Jon Ossoff ofrece señales de ese enfoque: es moderado, comunica bien y resulta atractivo para un electorado que valora la cercanía además de la moderación ideológica.

Cuando cierren las urnas empezará el debate sobre vencedores y vencidos, pero la cuestión crucial irá más allá de cuánto poder conserve Trump: será cuánto de la transformación que representa ha echado raíces en Estados Unidos. Para Europa, que sigue demasiado pendiente de los caprichos presidenciales y está poco preparada para la competencia estratégica en curso, esa es la pregunta verdaderamente relevante.

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