28 de octubre de 2026
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Descontrol juvenil e impunidad en San Vicente

Descontrol juvenil e impunidad en San Vicente

La denuncia presentada este miércoles en San Vicente por una mujer que recibió insultos y amenazas por WhatsApp no debe reducirse a un intercambio entre jóvenes. Según su relato, y sin pruebas que la vinculen con la difusión de un video, la incorporaron a un grupo para hostigarla y amenazarla. Entre los mensajes que constan en el acta aparece una expresión inequívoca: “Voy a ir a pegarte un tiro”.

Descontrol juvenil e impunidad en San Vicente

El incidente se vincula a un video que se volvió viral en las últimas horas, aunque fue filmado el domingo 19 de julio a las 23:01 en los baños de la Plaza San Martín de San Vicente y posteriormente circuló a partir de una captura de una historia de Instagram. En la grabación se ven dos jóvenes pateando la puerta del sector para discapacitados mientras, aparentemente, otra persona los filma desde el suelo. El comportamiento observado es errático: risas, tropiezos y un cartel con la palabra “borrachos”.

El video tiene nombres, rostros y voces distorsionados

Según la denuncia, uno de los jóvenes creyó que esa mujer había “viralizado” el material y la responsabilizó sin pruebas. La mujer asegura que no conocía a quienes la sumaron al grupo: la agregaron de madrugada para interpelarla y, durante esa incorporación, recibió insultos y amenazas.

El video existe y su difusión debe investigarse por separado. Sin embargo, el eje central del caso es que un grupo de personas, entre ellas menores, decidió castigar a una mujer por algo que ella niega haber hecho.

La denunciante entregó las conversaciones a la División Cibercrimen de San Vicente y solicitó medidas para evitar que la situación se repita. La investigación debe esclarecer las supuestas amenazas y también el uso de una identidad visual parecida a la de este medio, San Vicente Informa, que podría inducir a terceros a pensar que avalamos mensajes con los que no tenemos relación.

Descontrol juvenil e impunidad en San Vicente

Reducir lo ocurrido a una pelea por redes sociales o a un video con intención vandálica omite una cuestión de fondo: ¿qué lleva a un grupo de jóvenes a creer que pueden destruir bienes y luego hostigar, insultar y amenazar a una persona para impedir las consecuencias, con sensación de impunidad?

Descontrol juvenil e impunidad en San Vicente

La minoría de edad exige un tratamiento responsable y garantías específicas; el Código Civil fue recientemente modificado en este sentido: “delito de adulto, pena de adulto”. En este caso, merece atención la posibilidad de que ciertas conductas se desarrollen en entornos donde los límites pierden eficacia y las consecuencias varían según las circunstancias o las personas involucradas.

Cuando los límites dejan de funcionar

En San Vicente, episodios de violencia protagonizados por jóvenes y accidentes viales con resultados fatales ya generaron debates sobre la responsabilidad familiar y la capacidad preventiva de las instituciones.

El caso del adolescente de 14 años que falleció en un siniestro vial en la Ruta Nacional 14, en septiembre, es un antecedente doloroso. Tras el accidente, un vecino afirmó haber advertido al padre sobre la conducta del joven, y el padre negó haber recibido esa advertencia. Esas versiones contrapuestas deben mantenerse como tales; pero queda la pregunta sobre cómo llegó un adolescente a conducir una camioneta por calles y rutas sin que nadie lo detectara.

La cuestión toma otra dimensión si, como sostienen testimonios que deberán documentarse, el menor conducía con frecuencia y ello era conocido por otras personas. No se trata de atribuir responsabilidades judiciales sin pruebas, sino de analizar qué hicieron los adultos capaces de intervenir y qué controles ejercieron las autoridades ante una conducta claramente riesgosa.

El problema puede empezar mucho antes de una tragedia: cuando una conducta peligrosa se tolera, cuando una advertencia se convierte en burla o cuando quienes deben fijar límites consideran que no vale la pena actuar. En esos contextos, la falta de consecuencias puede interpretarse como permiso para continuar.

Por eso, centrar la discusión únicamente en los adolescentes no es suficiente. Los padres y tutores tienen responsabilidad en la formación y supervisión; las escuelas y los espacios comunitarios pueden detectar situaciones de riesgo; y el Estado dispone de herramientas para prevenir, intervenir e investigar. Ninguno de esos actores puede sustituir por completo a los demás, pero la inacción de uno puede agravar las carencias de los otros.

El Estado no puede limitarse a intervenir después de los hechos

La Policía, la Justicia y los organismos de protección de niños y adolescentes tienen funciones distintas, pero comparten una obligación: actuar dentro de sus competencias cuando haya situaciones que requieran intervención. La edad de una persona puede determinar el procedimiento aplicable, pero no justifica ignorar una denuncia ni omitir la investigación de una amenaza.

No es riguroso afirmar sin pruebas que las autoridades protegen a ciertos jóvenes por su posición económica o influencia familiar. Lo pertinente es exigir procedimientos transparentes, que las denuncias se tramiten adecuadamente y que las decisiones se expliquen. Si hay advertencias previas desatendidas o diferencias de trato, deben documentarse y analizarse.

El Estado también cuenta con herramientas preventivas más allá de las sanciones. La coordinación entre seguridad, Educación, Salud y protección de la niñez puede ayudar a detectar conductas de riesgo, intervenir a tiempo y evitar la escalada de conflictos. La prevención, sin embargo, pierde sentido cuando se reduce a protocolos escritos que no se traducen en acciones concretas.

La misma exigencia recae sobre los adultos responsables: no se puede pedir a las instituciones que resuelvan por sí solas problemas que se originan en el hogar ni usar la condición de menor para eludir la discusión sobre la conducta y sus consecuencias.

Una sociedad que no debería acostumbrarse

La denuncia conocida este miércoles plantea una pregunta que excede a sus protagonistas: ¿qué límites estamos construyendo cuando alguien considera aceptable amenazar a una mujer inocente por creer que perjudicó su imagen?

La difusión de un video, su interpretación y la eventual exposición de menores suscitan cuestiones legítimas sobre privacidad y responsabilidad. Ninguna de ellas autoriza organizar hostigamientos ni emplear una identidad falsa para intimidar. Si se vulneraron derechos, existen mecanismos para reclamarlos y pedir intervención. La amenaza no es una forma legítima de resolver el conflicto. La edad de los responsables no atenúa la gravedad: exige procedimientos adecuados, no impunidad ni silencio.

San Vicente necesita debatir estos episodios sin convertirlos en una disputa entre adultos, adolescentes o instituciones, pero también sin minimizar su gravedad. La discusión no se limita a quién envió un mensaje o a quién creó un grupo de WhatsApp: debe centrarse en los mecanismos que permitirán esclarecer lo ocurrido, prevenir nuevas amenazas y evitar que conductas peligrosas se naturalicen.

El periodismo tiene un papel en ese proceso: informar, proteger a las personas que no deben exponerse, diferenciar hechos de versiones y exigir respuestas cuando hay motivos para hacerlo. No corresponde dictar sentencias, pero tampoco mirar hacia otro lado.

Cuando los límites fallan en el hogar, la comunidad o las instituciones, las consecuencias pueden afectar a personas que no tienen responsabilidad en el conflicto. La respuesta no puede ser la resignación ni esperar a que ocurra algo peor. La sociedad necesita adultos que asuman su papel, autoridades que ejerzan sus competencias y mecanismos que garanticen que las reglas no dependan de quién las infringe.

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