1 de octubre de 2026
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Cansancio con Lula en Brasil: electores dicen que no le votarán

Cansancio con Lula en Brasil: electores dicen que no le votarán

Guilherme hace una pausa y mira fijamente: “Yo voté a Lula en 2022, pero no le voto más. Es un bandido”. Dice esto mientras continúa atendiendo mesas en uno de los bares del centro de São Paulo.

A sus 36 años, Guilherme pertenece a la clase media que mejoró su situación durante los 18 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), interrumpidos cuatro años por la administración de Jair Bolsonaro. Nacido en Santo André, un municipio periférico del Gran São Paulo, vive ahora en la capital y planea comprarse una moto. Compara precios y celebra a la Argentina de Javier Milei: “La misma moto que aquí cuesta 25.000 dólares allí saldría 12.000; el peso rinde más que el real”.

¿Votará entonces por la derecha de Flavio Bolsonaro? No, responde sin dudar a EL MUNDO: “Lula es un bandido, y Flavio es un hijo dirigido por su padre. Voto a Renán”, en referencia a Renán Santos, empresario, activista político y músico de 42 años que conecta con jóvenes en redes sociales.

¿Cómo se pasó en cuatro años del apoyo a Lula al desencanto de votantes como Guilherme?

Parte de la explicación apunta a la propia campaña de Lula, que más que una disputa por un cuarto mandato parece una gira nostálgica de agradecimiento.

Lula, presidente entre 2003 y 2011 y entre 2023 y 2027, se presenta como una figura casi mesiánica, a quien se le atribuyen los avances del país. Su esposa, Janja, participa en un tema junto al pastor góspel Kleber Lucas, “Tapete vermelho”, orientado a conmover a votantes del noreste, la región más pobre y tradicionalmente afín a Lula.

En la canción, Janja y el pastor entonan: “¡Alfombra roja para el hijo del nordeste!”, presentando al presidente como “orgullo de Brasil” y “guerrero”, y subrayando que no necesita corona ni trono porque “ser más grande que el rey es ser amado por el pueblo”.

En sus vídeos de campaña, Lula —que cumplirá 81 años el 27 de octubre— aparece en un gimnasio y afirma estar mejor “física y mentalmente” que hace veinte años, acompañado de música épica de fondo.

La segunda vuelta de las presidenciales, este domingo y el 25 de octubre, mostrará si los electores buscan una figura heroica o prefieren un gobernante que aborde los nuevos problemas que han surgido tras los logros atribuibles a Lula: la expansión de la clase media, la reducción de la pobreza y la salida de Brasil del “mapa del hambre” de la ONU.

Facundo Guerra, histórico empresario nocturno de São Paulo, ha intentado explicar por qué las encuestas muestran un virtual empate entre Lula y Bolsonaro e incluso una ventaja de la derecha en la segunda vuelta.

Según Guerra, la narrativa de la derecha —que presenta a Brasil en bancarrota y acusa al PT de haberlo arruinado— está calando. Antes, la derecha advertía que Brasil se convertiría en Venezuela o Argentina; la respuesta de la izquierda se limita a decir “somos menos malos que ellos”. Pese a mejoras en indicadores macroeconómicos —crecimiento, mercado laboral resistente, tasas de desempleo históricamente bajas e inflación en retirada—, muchas personas siguen sin poder pagar sus cuentas, hay quiebras empresariales y alrededor de 34 millones de brasileños están en mora.

Guerra describió una “tormenta perfecta”: créditos pospandemia hoy incobrables, bancos apropiándose de propiedades y fincas, familias endeudadas solo para sobrevivir y el auge de las apuestas deportivas y los casinos en línea, una actividad que Lula prohibió al final de su mandato pese a haber recaudado impuestos de esa industria durante años. “Los brasileños indecisos ahora son en muchos casos hostiles a Lula”, concluyó.

A ese malestar se suma la crisis de seguridad ciudadana, un problema complejo para la izquierda que se hizo muy visible en octubre de 2025 con una redada masiva en dos favelas de Río de Janeiro que dejó 132 muertos. Lula calificó la operación de “masacre”, aunque la intervención contó con apoyo mayoritario incluso en algunas comunidades afectadas.

Guilherme aporta además un relato personal: “Mi primo robó, fue a la cárcel y con el programa Auxilio prisión juntó dinero. Al salir compró una moto y volvió a delinquir. Cuando Lula ganó, mandó un video desde la cárcel a mi prima celebrando que tenía garantizada la ‘salidinha'”.

En la capital, con la humedad y el calor característicos, el ambiente ante la cita electoral es de escepticismo y apatía: hay poco entusiasmo y más bien desinterés o angustia; muchos votan más contra alguien que a favor de otro.

Otros optan por no apoyar a ningún candidato, como Eduardo, que trabaja como conductor de Uber y planea votar en blanco.

“Voto en blanco desde siempre; los políticos no solucionan nada”, afirma Eduardo. Ante la pregunta de quién debería gobernar, sugiere con ironía si una inteligencia artificial podría hacerlo, aunque explica que su perspectiva es religiosa: “Soy testigo de Jehová; las soluciones están en el reino de Dios”.

Para él, la esperanza está en otra vida: “En la próxima vida todo va a estar bien”.

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