Guilherme hace una pausa y fija la mirada: “Yo voté a Lula en 2022, pero no le voto más. Es un bandido”. Dice esto mientras sigue atendiendo mesas en uno de los bares del centro de Sao Paulo.
A sus 36 años, Guilherme representa a una parte de la clase media que mejoró su situación durante los 18 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), con solo cuatro años interrumpidos por la presidencia de Jair Bolsonaro. Nacido en Santo André, en la periferia del gran Sao Paulo, ahora vive en la capital y comenta que quiere comprarse una moto; compara precios con la Argentina de Javier Milei, donde cree que le saldría mucho más barata.
¿Votará entonces a la derecha representada por Flavio Bolsonaro? No, responde a EL MUNDO; para él Lula es “un bandido” y Flavio solo estaría influido por su padre. Guilherme adelanta que votará a Renán Santos, un empresario y activista político que atrae a votantes jóvenes con su presencia en redes.
¿Cómo se ha producido en pocos años el desencanto de alguien que en 2022 apoyó a Lula y ahora se siente defraudado?
Una parte de la explicación aparece en la propia campaña de Lula, que más que plantear propuestas parece apoyarse en una narrativa nostálgica y de agradecimiento por los años de gobierno del PT.
En esa estrategia, Lula se presenta casi como una figura mesiánica. Su esposa, Janja, participa en piezas audiovisuales junto a un pastor góspel, Kleber Lucas, interpretando la canción “Tapete vermelho” dirigida a conmover especialmente a votantes del noreste, la región más pobre y tradicionalmente favorable al expresidente.
En la canción Janja y el pastor entonan versos que celebran a Lula como “orgullo de Brasil” y “guerrero”, y subrayan que el liderazgo del expresidente no depende de insignias de poder sino del afecto popular.
En sus vídeos de campaña, Lula —que cumplirá 81 años el 27 de octubre— aparece en un gimnasio y afirma estar en mejor forma “física y mentalmente” que hace dos décadas, con música épica de fondo.
La segunda vuelta electoral, este domingo y el 25 de octubre, mostrará si los brasileños buscan a un líder simbólico o prefieren a un presidente centrado en resolver los problemas nuevos que han surgido pese a los logros previos de Lula: la ampliación de la clase media, la reducción de la pobreza y la salida del “mapa del hambre” de la ONU.
Facundo Guerra, empresario conocido del ocio nocturno paulistano, ha explicado por qué, a su juicio, las encuestas reflejan un empate técnico entre Lula y Bolsonaro y una posible ventaja de la derecha en la segunda vuelta.
Guerra resume la narrativa de la derecha: Brasil está en quiebra; el tercer mandato de Lula habría arruinado la economía. Mientras, según él, la respuesta de la izquierda se queda en un argumento débil: “somos menos malos que ellos”.
A pesar de indicadores macroeconómicos favorables —crecimiento, mercado laboral resistente, tasas de desempleo en mínimos históricos e inflación a la baja— mucha gente no puede asumir sus pagos: créditos postpandemia impagables, empresas quebrando y millones de brasileños con deudas. Guerra describe una “tormenta perfecta” que incluye reclamaciones bancarias sobre propiedades y un auge de las apuestas y los casinos online, actividad que Lula llegó a prohibir en el último momento tras beneficiarse de sus ingresos fiscales durante su mandato. “Los brasileños que estaban indecisos ahora son simplemente hostiles a Lula”, concluyó Guerra.
A esa situación económica se suma la crisis de seguridad ciudadana, un problema especialmente complejo para la izquierda, que volvió a primer plano en octubre de 2025 con una redada masiva en dos favelas de Río de Janeiro que dejó 132 muertos. Lula calificó la operación de “masacre”, aunque la intervención contó con apoyo mayoritario incluso dentro de algunas comunidades afectadas.
Guilherme aporta un ejemplo personal: su primo cometió un robo, cumplió condena y, según cuenta, con el dinero recibido a la salida —por un programa conocido como Auxilio prisión— se compró una moto y volvió a delinquir. Cuando Lula ganó, el condenado envió un vídeo desde la cárcel celebrando la facilidad para salir temporalmente, la llamada “salidinha”.
En la capital paulista, bajo la humedad y el calor, el ambiente electoral es de escepticismo: falta entusiasmo, y muchas decisiones de voto derivan del rechazo a un candidato más que del apoyo a otro.
Hay quienes ni siquiera votan por una opción concreta. Eduardo, que trabaja como conductor de Uber, dice que votará en blanco.
“Siempre voto en blanco, los políticos no pueden solucionar nada”, afirma Eduardo. Cuando se le pregunta quién debería gobernar si no los políticos, responde con convicción religiosa: es testigo de Jehová y cree que las soluciones están en el reino de Dios; en la próxima vida todo estará bien.

