17 de septiembre de 2026
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Legado controvertido de Mao Zedong: errores graves y orgullo nacional

Legado controvertido de Mao Zedong: errores graves y orgullo nacional

Junto a la estatua de bronce de Mao Zedong, la gente continúa dejando ofrendas como alcohol y cigarrillos. La escultura de diez metros domina la plaza principal de Shaoshan, en la provincia de Hunan. Además de coronas de crisantemos, se apilan botellas y cajetillas que dejan los peregrinos; algunos levantan el puño, otros inclinan la cabeza. En estas semanas, autobuses llenos sobre todo de jubilados y grupos escolares llegan al lugar de nacimiento del fundador de la República Popular China.

Shaoshan es uno de los principales destinos del llamado “turismo rojo”, una industria patriótica que promueve visitas a los escenarios fundacionales del Partido Comunista. Este año la peregrinación adquiere una relevancia particular: el 9 de septiembre se cumplieron 50 años de la muerte del líder que gobernó China durante casi tres décadas y cuya influencia sigue vigente en el país.

Zhang, un taxista de 58 años de Shanghai, creció oyendo relatos familiares sobre los convulsos años del maoísmo, pero conserva una visión positiva del dirigente. Reconoce que Mao cometió “errores muy graves”, pero sostiene que antes de su liderazgo China era débil y dividida, y que él hizo sentir a los chinos que tenían una nación fuerte.

La percepción es muy distinta para Fan, profesora jubilada de 75 años cuya familia sufrió las persecuciones de la Guardia Roja. Sus padres, ambos académicos, fueron detenidos por sus ideas más aperturistas. Fan no olvida aquellos años oscuros y le preocupa que las generaciones más jóvenes idealicen a Mao sin conocer lo que realmente ocurrió.

Para quienes nacieron décadas después, la figura de Mao resulta más lejana y se mezcla con el nacionalismo contemporáneo. Li, un programador de 27 años, reconoce las tragedias del maoísmo, pero considera que no se puede juzgar al dirigente solo por ellas: sin la revolución que lideró, sostiene, no existiría la China fuerte de hoy.

Medio siglo después de su muerte, la imagen de Mao sigue presente: aparece en billetes de yuanes, su retrato continúa en la entrada de la Ciudad Prohibida, numerosas estatuas permanecen en plazas y universidades, muchos conductores cuelgan amuletos con su figura y largas filas visitan a diario su cuerpo embalsamado en el mausoleo de Tiananmen.

La China que hoy contempla esos símbolos difiere mucho de la que dejó Mao en 1976. De los uniformes grises se ha pasado a la segunda economía mundial, con rascacielos, trenes de alta velocidad y ambiciones espaciales. Parte de esa transformación comenzó cuando el reformista Deng Xiaoping desmontó tras la muerte de Mao buena parte de su modelo económico.

Ahí reside una contradicción que el Partido no ha logrado resolver por completo: Mao es al mismo tiempo el padre fundador del régimen y la herencia más incómoda de su historia. Fue quien llevó a los comunistas a la victoria en 1949, pero también responsable de persecuciones políticas y de políticas que causaron enormes catástrofes humanas.

La catástrofe más devastadora tuvo su origen en una promesa irrealizable. Mao afirmó que China superaría en pocos años la producción industrial británica. El Gran Salto Adelante, lanzado en 1958, movilizó a millones de campesinos para producir acero y acometer grandes obras mientras se descuidaban las labores agrícolas.

Temiendo represalias, funcionarios informaban cosechas inexistentes; Pekín requisaba grano sobre la base de esas cifras ficticias y en el campo comenzó a escasear la comida. Los comedores colectivos se vaciaron, campesinos murieron de hambre y se documentaron episodios de canibalismo. Las estimaciones de víctimas varían ampliamente, desde más de 16 millones hasta alrededor de 45 millones.

La siguiente gran convulsión llegó en 1966 con la Revolución Cultural. Mao movilizó a la Guardia Roja contra funcionarios, profesores e intelectuales acusados de representar costumbres “burguesas” o “capitalistas”. Universidades quedaron paralizadas, patrimonio histórico fue destruido y millones de jóvenes fueron enviados al campo para ser “reeducados”.

Ni siquiera las familias de la élite escaparon a las purgas. Xi Zhongxun, padre del actual presidente Xi Jinping, fue purgado y perseguido. El propio Xi, todavía adolescente, fue señalado como “estudiante reaccionario” y en 1969 enviado a una aldea pobre, donde pasó siete años.

La Revolución Cultural dejó cicatrices profundas en ciudades como Shanghai: escuelas y universidades paralizadas, persecuciones a profesores e intelectuales y el envío masivo de jóvenes al campo. Wang, una estudiante en la capital financiera, destaca cómo personas normales llegaron a denunciar y perseguir a vecinos, amigos e incluso familiares, de modo que cualquiera podía convertirse en enemigo.

Cuando Mao murió a los 82 años, el país guardó una semana de duelo, pero para quienes habían sufrido sus campañas su fallecimiento significó también el fin de una época de terror. Los líderes posteriores entendieron que una condena total de Mao equivaldría a cuestionar el origen del régimen; así, en 1981 el Partido aprobó una resolución que reconocía sus “graves errores”, sobre todo durante la Revolución Cultural.

Ese equilibrio permitió apartarse de las políticas maoístas sin derribar las estatuas del fundador. Deng Xiaoping abrió el país al capital extranjero y los dirigentes sucesivos mantuvieron una distancia respecto a la arbitrariedad de Mao, preservando al mismo tiempo la legitimidad histórica del régimen.

Bajo el liderazgo de Xi Jinping, muchos analistas consideran que el péndulo se ha movido parcialmente en sentido inverso: se ha reforzado el culto a la personalidad y se ha concentrado un poder difícil de ver desde la época de Mao. En 2018, China eliminó el límite de dos mandatos presidenciales, una de las salvaguardas establecidas tras la experiencia maoísta para evitar una nueva personalización extrema del poder.

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