Hace cuatro años el Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil jugó un papel clave para preservar la democracia. Hoy, en cambio, ese mismo tribunal se ha convertido en el centro de un escándalo de gran magnitud que afecta directamente a las elecciones presidenciales próximas.
“Los defensores de la democracia se han convertido en una amenaza”, resumió el semanario The Economist días atrás.
La caída en desgracia del denominado súperjuez Alexandre de Moraes tiene varias capas, como una matrioshka: ni Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente en ejercicio, ni Flávio Bolsonaro, su principal rival, están exentos de la tormenta política que se avecina.
Brasil votará al próximo presidente el 4 de octubre, con una probable segunda vuelta el 25 de octubre. Lula aspira a gobernar por cuarta vez, entre los 81 y 85 años, y Bolsonaro busca recuperar el poder en nombre de la derecha y de su familia; su padre, Jair, está preso por su papel en el intento de golpe entre 2022 y 2023 y está inhabilitado para volver a presentarse.
Entre octubre de 2022 y enero de 2023, figuras como Joe Biden, Emmanuel Macron y el propio STF fueron determinantes para sostener la frágil estabilidad democrática brasileña. Bolsonaro había anunciado la posibilidad de fraude electoral y aceptó la derrota de forma indirecta mediante miembros de su Gobierno; en respuesta, Estados Unidos, Francia y el STF dejaron claro que no admitirían maniobras para impedir la transferencia del poder.
A pesar de ello, tres días antes del acto de traspaso, el 1 de enero de 2023, Bolsonaro salió del país y se estableció en Orlando (Florida). La Justicia lo considera implicado en el ataque del 8 de enero contra la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia; fue condenado a 27 años y tres meses de prisión.
La política brasileña se ha vuelto menos lineal y difícil de encuadrar en términos de “buenos” y “malos”. El caso de De Moraes ilustra bien esa complejidad.
Nombrado para el STF por Michel Temer —vicepresidente de derecha que asumió tras la destitución de la izquierdista Dilma Rousseff en 2016—, De Moraes ejerció durante años con una influencia muy amplia. El funcionamiento del STF, compuesto por 11 miembros pero con frecuencia delegando en salas o magistrados individuales, facilitó esa concentración de poder.
En la práctica, De Moraes desdibujó la idea de que en las repúblicas presidencialistas latinoamericanas el poder principal reside en el jefe de Estado: en Brasil el STF comparte el gobierno y en ocasiones actúa por encima del presidente. De Moraes tomó decisiones sobre asuntos sensibles y se convirtió en un adversario destacado de los Bolsonaro, además de chocar con figuras como Donald Trump y Elon Musk, por restricciones a la red social X, entre otras disputas internacionales.
Hoy la imagen de De Moraes está empañada: su figura es ahora causa de vergüenza para el poder judicial y de inquietud para el panorama político.
Daniel Vorcaro, un banquero de peso que está detenido por su presunta participación en una red de sobornos que salpica a ambos lados del espectro político, es quien podría precipitar el final de la carrera del juez y ha puesto al STF en una crisis profunda.
El magistrado André Mendonça, responsable de la investigación sobre el Banco Master, vinculada a Vorcaro, suspendió al jefe de la Policía Federal por supuestas escuchas ilegales a su investigación. Mendonça hizo públicos fragmentos del expediente que han puesto a De Moraes en una posición complicada.
Esos documentos muestran una relación estrecha entre Vorcaro y De Moraes: el banquero consultaba al juez sobre el estado de las pesquisas. Aunque no se registran respuestas del magistrado, sí aparece un contrato millonario entre Vorcaro y el bufete de Viviane Barci, esposa de De Moraes, contrato que el propio juez revisó y editó.
Los diarios paulistas Folha y O Estado han pedido la dimisión de De Moraes, mientras que Lula condenó las “revelaciones selectivas” y exigió la publicación completa de la investigación “caiga quien caiga”, la misma petición que De Moraes dirigió a Edson Fachin, presidente del STF.
Este martes el STF celebrará una audiencia que se espera tensa y definitoria sobre el caso De Moraes.
Flávio Bolsonaro también aparece vinculado a Vorcaro: el banquero fue financiador de Dark Horse, una película con tintes documentales sobre la vida de Jair Bolsonaro; la Policía Federal señala una “interlocución directa” entre el político y el banquero detenido y sospecha que parte de la financiación pudo haberse destinado a la campaña presidencial.
“¿Quién se beneficia más con el escándalo: Lula, Flávio o un outsider?”, se preguntó recientemente O Globo. Con semanas que se prevén más turbulentas y una elección en la que todo puede suceder, son múltiples las hipótesis: encuestas recientes incluso muestran a Bolsonaro por delante de Lula en una posible segunda vuelta, mientras que el auge de la derecha en la región sitúa a Brasil en el centro de esa dinámica.

