28 de agosto de 2026
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De la Islandia ballenera a la joven Islandia euroescéptica

De la Islandia ballenera a la joven Islandia euroescéptica

Tras Björk, Kristján Loftsson es probablemente el ciudadano islandés más conocido en el extranjero, no por su música sino por su papel en la industria ballenera. Loftsson dirige la empresa Hvalur hf. (literalmente Ballena, SA), que este año recibió del Gobierno islandés una cuota para cazar 150 rorcuales comunes, el segundo mayor animal del planeta. Ayer, sus dos balleneros (Hvalur 8 y Hvalur 9) habían capturado 59.

Loftsson, de 84 años, conserva un aspecto que aparenta varias décadas menos y ha anunciado que votará no mañana en el referéndum sobre la apertura de negociaciones para la entrada de Islandia en la Unión Europea. «La UE prohibió no sólo la caza de ballenas, sino el uso de productos derivados de esos animales en 1973. Mire lo que pasó en España», dijo a EL MUNDO mientras tomaba un café con leche en Reikiavik.

En efecto, la empresa gallega Massó capturó su última ballena en octubre de 1985, menos de 75 días antes de que España ingresara en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea. Se trató de una hembra de rorcual común de 17,7 metros, según relata el profesor de la Universidad de Barcelona Álex Aguilar en su libro Chimán, sobre la caza moderna de cetáceos en España.

El empresario ballenero encarna el prototipo del votante del no en este referéndum: la gente mayor y quienes viven del mar o del campo se oponen a siquiera abrir negociaciones de adhesión. En cambio, los jóvenes y los habitantes de Reikiavik tienden a apoyar la iniciativa. «Yo pensaba que iba a ganar el sí», cuenta un guía turístico eslovaco de 32 años que trabaja este verano y prefiere no revelar su nombre. «Pero cambié de opinión este fin de semana, cuando me fui con mi novia a ver a mi hermana en Akureyri».

Akureyri, con unos 20.000 habitantes, es la segunda ciudad de Islandia y está en el extremo opuesto del país, a unas seis horas en coche. «Vimos tal cantidad de pacas de heno con pegatinas que ponían ‘¿UE? No, gracias’ que ahora no lo tengo claro», comenta él sentado en el café donde trabaja su novia. Ella, de la misma edad y nacionalidad, lo tiene más claro: «Mi impresión es que va a ganar el no».

La contraparte de Loftsson es Aron, de 34 años, licenciado en administración de empresas y empleado en una compañía de software, que ayer por la tarde caminaba por la calle Bankastraeti camino al mitin del sí en el antiguo cine de Tónabíó. «No tiene ningún sentido votar en contra. El referéndum sólo es para negociar con la UE. No tenemos nada que perder; es absurdo rechazar de antemano esa posibilidad», afirmó.

Al comentar la experiencia de la pareja eslovaca, Aron mostró cierta envidia sana: desea poder viajar y trabajar por toda Europa, y tener el euro en lugar de una moneda —la corona islandesa— que le obliga a hacer cálculos mentales cada vez que sale del país. «No me sería difícil ser un nómada digital», confesó. Daba la impresión de que no le convenía recordarle que muchos eslovacos se ganan la vida con trabajos temporales en distintos países.

La comparación entre el armador ballenero y el joven directivo de software ilustra las diferencias que se juegan en el plebiscito, cuyo resultado podría decidirse por un margen estrecho y para el que no habrá recuento automático. El deseo de movilidad de Aron choca con la visión de Loftsson, quien, repitiendo una frase atribuida al líder del Brexit británico Nigel Farage, sostiene que «la Unión Europea se ha convertido en la Unión Soviética».

Son dos posturas contrapuestas: Aron considera que la caza de ballenas «es una actividad moribunda, porque no hay mercado, ni siquiera en Japón», mientras que Loftsson, obstinado en defender la tradición, dijo al periodista: «si cazamos una mientras usted esté en el país, le llamo y viene a ver cómo se hace el despiece».

Esa fractura refleja tensiones similares en otras sociedades occidentales. Aron aspira a una vida nómada y abierta al mercado europeo; Loftsson, en cambio, se queja de la presencia de extranjeros: «en Islandia tenemos demasiados extranjeros, que encima se llevan todas las ayudas». En torno al 20% de la población del país es inmigrante.

Una parte del debate en redes sociales vincula ese aumento de población extranjera con un repunte de la delincuencia en la capital, lo que ha llevado a los habitantes de Reikiavik a adoptar hábitos poco habituales en el resto de Islandia, como no dejar el coche con las puertas abiertas y las llaves puestas. Mañana deberán decidir si giran la llave para iniciar el proceso de entrada en la Unión Europea o si continúan por su cuenta.

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