La victoria de la AfD en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt se interpreta como una confirmación del avance de la ultraderecha en Europa y de la dificultad de los partidos tradicionales para frenar la pérdida de votos. Que el resultado se haya dado en Alemania tiene relevancia histórica y económica dentro de la UE, aunque no es el único país grande donde formaciones extremistas han conseguido éxitos electorales; en Italia, por ejemplo, el Gobierno de Giorgia Meloni —que moderó su discurso tras llegar al poder— es un caso relevante.
Hay además otros ejemplos en la región: en Polonia con la llegada de Karol Nawrocki a la presidencia; en España con los avances autonómicos de Vox y sus previsiones de cara a las generales; en Francia con Marine Le Pen y Jordan Bardella; en Países Bajos con la victoria de Geert Wilders en 2023; en Bélgica con Bart de Wever; y también en la composición del Parlamento Europeo.
Estos movimientos comparten, al menos, dos rasgos comunes: denuncias sobre el retroceso de la clase media y un rechazo explícito a la inmigración, en particular a la procedente de contextos culturales o religiosos distintos, como el islam.
Respecto a la clase media, muchos europeos perciben una pérdida de poder adquisitivo y un empeoramiento de las condiciones económicas. Países con tradición industrial y niveles de vida altos han visto reducirse el acceso a bienes y servicios que antes eran habituales para la población media. En España esta tendencia se tolera en mayor medida, mientras que en Centroeuropa la sensación de deterioro es más profunda y ha sido capitalizada por la extrema derecha.
Los partidos tradicionales, que han gobernado en buena parte de este periodo de declive, sufren el coste político de esa percepción. El caso alemán es ilustrativo: la AfD ha ampliado notablemente su apoyo hasta alcanzar el 43,8% en la región, mientras que la CDU del canciller Friedrich Merz cayó del 31% de la anterior cita electoral al 17% en esta ocasión.
Las reformas impulsadas por el Gobierno no han tenido la acogida esperada, la recuperación económica es lenta y muchas empresas siguen realizando ajustes de plantilla, especialmente en el sector automovilístico; el Grupo Volkswagen ha sido uno de los últimos ejemplos destacados.
En materia migratoria existe también un rechazo significativo entre una parte de la población, que percibe que los inmigrantes se benefician de ayudas sin contribuir lo suficiente y que además eso afecta a la seguridad y la convivencia urbana. Políticas inicialmente asociadas a la extrema derecha, como los centros promovidos por Meloni, han dejado de verse solo como medidas marginales y han sido acogidas con mayor normalidad incluso por instituciones europeas.
Frente a ello, formaciones tradicionales han incorporado discursos más duros sobre inmigración: las políticas de Mette Frederiksen en Dinamarca son un ejemplo de ese viraje; en España, el PP de Alberto Núñez Feijóo también ha endurecido su posición, mientras que el presidente Pedro Sánchez figura entre los pocos líderes europeos con una postura claramente favorable a la inmigración.
La sencillez y la contundencia del mensaje son factores importantes en el auge de la ultraderecha. El uso de plataformas como TikTok por parte de la AfD evidencia cómo mensajes directos y fáciles de entender llegan con eficacia a amplios públicos. Aunque las soluciones propuestas suelen ser simplificaciones de problemas complejos, resultan atractivas para muchos votantes.
El euroescepticismo forma parte del paquete ideológico de muchas de estas formaciones y genera inquietud en las instituciones de la UE. La Comisión Europea evitó pronunciarse sobre el resultado en Sajonia-Anhalt, una actitud que contrastó con la rapidez con la que Ursula von der Leyen celebró en mayo un resultado favorable a la UE en Hungría cuando Péter Magyar obtuvo una victoria.
Esa inquietud por el crecimiento de la ultraderecha se ha expresado en varios países. En Polonia, el primer ministro Donald Tusk criticó duramente el triunfo de la AfD y el ministro de Exteriores Radoslaw Sikorski lo calificó como una señal preocupante. La proximidad de las elecciones legislativas en 2027 hace que estos resultados regionales cobren mayor importancia estratégica.
En España, el presidente Pedro Sánchez alertó de que la evolución electoral es una advertencia sobre el avance de la extrema derecha, que atribuye en parte a la rendición de la derecha tradicional. Sin embargo, la victoria fue celebrada por líderes de la derecha europea; por ejemplo, el vicepresidente italiano Matteo Salvini felicitó a Alice Weidel y a la AfD subrayando la demanda de cambio, seguridad y empleo.
Desde la óptica de quienes apoyan a la ultraderecha, estos resultados son expresión democrática y prueba de que otra visión de Europa es posible: una que priorice la recuperación de la clase media y restrinja la inmigración. Esa propuesta, no obstante, plantea interrogantes sobre las políticas concretas para alcanzar esos objetivos.
En resumen, el triunfo de la AfD en Sajonia-Anhalt se inserta en una tendencia más amplia en la que factores económicos, percepciones sobre inmigración, mensajes sencillos y euroscepticismo contribuyen al crecimiento de la ultraderecha en varios países europeos, mientras los partidos tradicionales buscan respuestas que a veces implican adoptar parte de ese discurso.

