Las elecciones legislativas de mitad de mandato del 3 de noviembre son cruciales. Aunque no sea una novedad, las midterms siempre importan porque forman parte del sistema de pesos y contrapesos de Estados Unidos, vigente desde hace más de dos siglos.
Dos años después de cada ciclo presidencial suele producirse un castigo al partido del presidente, independientemente de la situación económica o de conflictos internacionales. Ese patrón refleja una rendición de cuentas histórica: solo en tres midterms desde 1906 el partido presidencial ganó escaños. Los votantes eligen gobernadores, representantes y senadores, pero muchos miran con atención a la Casa Blanca. Este ciclo es además especialmente relevante por la figura de Donald Trump.
Hoy es evidente que Trump dejará una huella profunda en la historia estadounidense. Busca una estatura histórica y, más allá de su ambición personal, su presidencia ha debilitado instituciones y desprestigiado el cargo durante seis años. Ha impuesto un estilo político propio —lenguaje, gestos y símbolos— que se ha difundido internacionalmente. Sus acciones y reacciones ya están moldeando el panorama político y sus efectos perdurarán, por lo que el resultado de las legislativas adquiere mayor importancia.
435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado
En estos comicios se disputan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado (más de un tercio porque hay elecciones especiales para cubrir fallecimientos). También se eligen gobernadores y legislaturas estatales. Lo crucial es el control del Congreso: si los republicanos mantienen sus mayorías o si los demócratas logran recuperarlas. “Son las elecciones de mitad de mandato más trascendentales de la historia política estadounidense. La D mayúscula de Trump no es por Donald, sino por Drama”, señala la analista Myra Adams.
Los dos primeros años de la legislatura han funcionado como una apisonadora. Con ambas cámaras en manos republicanas, el Ejecutivo ha podido legislar, nombrar cargos y presionar con escasa fricción. Jueces y reguladores fueron confirmados con relativa facilidad y el Congreso actuó más como un trámite que como un contrapeso. La oposición fue casi inexistente en el primer año y solo obtuvo pequeñas victorias más tarde. En suma, sin control de las palancas del poder, las retóricas y protestas tienen alcance limitado; en política lo que desgasta no es el poder, sino carecer de él.
Michael Sozan, del Center for American Progress, advierte que en los 18 meses desde la investidura la Administración de Trump ha concentrado un poder ejecutivo inusual para aplicar políticas extremas e impopulares y ahora estaría tratando, según él de forma inconstitucional, de socavar la voluntad de los votantes en las midterms de noviembre de 2026. Estudios sobre democracias en retroceso identifican una táctica frecuente: una vez desmantelados los controles y convertida la administración en herramienta contra rivales, los aspirantes a autoritarios intentan controlar las elecciones para afianzar su poder.
Los demócratas adoptaron una estrategia arriesgada, condicionada por un sistema de partidos distinto al europeo: no existe un líder formal de la oposición y concurrir demasiado pronto contra el presidente exige recursos descomunales e implica alto riesgo. Optaron por esperar a que Trump se desgastara. Pensaban que factores como la economía o sus políticas internas lo erosionarían, pero la guerra en Irán, el aumento de los combustibles, la inflación y los escándalos diarios se han sumado a ese desgaste.
Por qué importa la mayoría del Congreso
La mayoría en el Congreso importa porque quien preside los comités decide qué se investiga, a quién se cita y qué llega al pleno, lo que influye en la agenda pública. La Cámara controla los presupuestos y puede bloquear iniciativas; el Senado maneja la agenda legislativa de Washington. Recuperar una cámara sería un freno real sobre el papel; recuperar las dos permitiría a los demócratas reiniciar la agenda, forzar negociaciones y exponer la debilidad de la Casa Blanca, un presidente saliente que en muchos estados perjudica a sus propios aliados por su protagonismo.
No se trata solo de ser un contrapeso institucional, sino de que los demócratas se reconstruyan como una oposición capaz de disputar el relato, plantear alternativas claras y obligar al Gobierno a salir de su zona de confort. Una oposición que no se limite a reaccionar, sino que recupere iniciativa, voz y capacidad de movilización.
Al inicio de la legislatura los republicanos tenían 220 de 435 escaños, de modo que perder tres bastaría para que los demócratas alcanzaran 218. Las encuestas indican que los demócratas deberían ganar varios escaños, aunque quizá no tantos como cabría esperar dadas las bajas cifras de popularidad presidencial. El número de distritos realmente competitivos ha disminuido en décadas por la polarización y el gerrymandering, que han convertido muchos escaños en bastiones seguros. Los analistas estiman que solo entre 40 y 50 de los 435 distritos están verdaderamente en disputa este año.
Hay consenso en que los demócratas podrían recuperar la Cámara Baja, pero probablemente con una mayoría estrecha —entre 5 y 20 escaños— y no con la amplia ventaja que alcanzaron a mitad del primer mandato de Trump. “Habrá una mayoría funcional, pero no una mayoría aplastante”, afirma Bill Galston, exasesor de Bill Clinton.
El Senado, difícil de mover
El Senado es más difícil de mover: los republicanos disponen de una ventaja de 53 a 47 (aunque uno de los independientes que suele alinearse con los demócratas es discutible), de modo que los progresistas necesitan una ganancia neta de al menos cuatro escaños. De los 35 puestos en juego, 22 pertenecen a republicanos y 13 a demócratas, por lo que hacen falta victorias en territorios complicados, algunos que no han elegido a un demócrata desde 1932 o que Trump ganó en 2024 por márgenes de 10 o 15 puntos.
La oposición conoce lo que hay en juego, y el Gobierno también. En un mitin reciente Trump afirmó que probablemente sería el último presidente republicano si los demócratas recuperan el Congreso, asegurando que sumarían votos electorales, senadores y congresistas, y acusándoles de querer “manipular la Corte Suprema” ampliando su número de nueve a 23 magistrados. Aunque son unas elecciones legislativas, el país percibe que está en juego el control de los tres poderes.

