“Hay que ir recogiendo el verano” es una expresión familiar que señala el regreso paulatino a la vida cotidiana y a sus obligaciones. La frase, repetida con tono sentencioso, queda grabada en la memoria y provoca una sensación de pequeña punzada al evocarla.
Recoger el verano abarca desde las reparaciones y las reposiciones para el año siguiente —tejas que hay que arreglar, toallas que retirar— hasta el repaso de proyectos personales y la lista interminable de recordatorios: “no te olvides de”.
Ese momento de orden trae asimismo desaliento al ver la pila de libros sin abrir o los títulos abandonados a medio leer, situación que se ha acentuado desde que la compra dejó de estar condicionada por un examen inmediato de utilidad. También pesa la pérdida del respeto por el libro como objeto, sustituido a veces por ejemplares voluminosos e inaccesibles.
No obstante, el cierre del verano también brinda satisfacciones: encontrar obras que inesperadamente conectan preocupaciones dispersas y que justifican la deriva veraniega. En mi caso reciente, esa lectura ha sido Taking Religion Seriously de Charles Murray (publicado en español próximamente como Tomarse la religión en serio), un libro que empecé por deber y por ser un regalo acumulado entre los pendientes.
No esperaba que un texto sobre religión prolongara reflexiones que este verano partieron de Ulises o de la inteligencia artificial y que, por distintas vías, conducen a la pregunta sobre Occidente. Murray cuenta cómo llegó a interesarse por la religión: en su entorno y generación el asunto parecía superado, sin necesidad de combatirlo ni de demostrar su falsedad. Esa postura, sin embargo, ha ido cambiando entre algunos intelectuales occidentales.
El fenómeno no es exclusivo del mundo anglosajón. Figuras como Emmanuel Carrère han explorado durante años el límite entre agnosticismo y fe; Javier Cercas aborda la Resurrección aunque se declare no creyente; y voces más jóvenes, como Ana Iris Simón, se reconocen recién llegadas a la fe. Son trayectorias distintas, pero juntas indican un renovado interés.
Lo relevante no es tanto un aumento uniforme de la fe como la reapertura de una cuestión que buena parte de la cultura occidental daba por cerrada. La Ilustración no eliminó la religión ni la ciencia moderna surgió necesariamente contra ella; sin embargo, a finales del siglo XX se consolidó la idea de que el progreso del conocimiento reduciría el espacio de lo divino y que la secularización era un destino histórico. El “nuevo ateísmo” promovió esa visión, presentando la religión como un relato incompatible con la razón y la ciencia.
Quizá esa alternativa, fe contra razón, estuvo mal planteada.
Lo atractivo del enfoque de Murray es que aborda la religión desde la razón, no desde el fideísmo: examina cuestiones como el ajuste fino del universo, la conciencia, la moral y también la historicidad de los Evangelios, la Resurrección o la Sábana Santa. Sus conclusiones son discutibles, pero la propuesta central es que la hipótesis trascendente no debe descartarse de entrada y merece debate. Además, temas como la inteligencia artificial devuelven a primer plano preguntas sobre libertad y responsabilidad que eran consideradas resueltas por los avances técnicos.
El desafío excede lo religioso: las preguntas que emergen forman parte de la ontología de Occidente, que no puede entenderse plenamente prescindiendo del cristianismo. Atenas, Roma y Jerusalén, la Reforma, la Ilustración, el liberalismo y la revolución científica son estratos entrelazados de una misma construcción cultural, y conceptos que hoy damos por casi innatos —dignidad de la persona, igualdad, conciencia individual, universalidad, protección de la víctima— tienen una genealogía en la que el cristianismo desempeña un papel importante.
Ese debate tampoco es nuevo. En la elaboración del proyecto de Constitución europea se suscitó una fuerte discusión sobre la referencia a las raíces cristianas de Europa, que entonces pareció en buena medida semántica. Sin embargo, pensadores como Joseph Ratzinger y Marcello Pera señalaron que estaba en juego algo mayor, mientras que juristas como Joseph Weiler defendieron que reconocer esas raíces no implicaba imponer una fe, sino no falsear la historia.
Participé en aquel proceso como miembro del Praesidium de la Convención sobre el Futuro de Europa y defendí con determinación la inclusión de esa mención. Esa postura me atrajo críticas, pero también me permitió conversaciones significativas, entre ellas con Juan Pablo II, quien veía la cuestión como una decisión sobre la memoria que Europa quería conservar.
Visto desde hoy, la disputa adquiere otra dimensión.
La pregunta actual ya no es solo si debe nombrarse el cristianismo en un texto fundacional, sino si una civilización puede mantener indefinidamente unos principios después de haber olvidado las razones por las que los considera valiosos.

