La noticia afecta al medio rural. Muchos agricultores consideran reducir la superficie cultivada porque la cuenta no les sale: el gasóleo sube, los fertilizantes se encarecen y los precios de las cosechas no compensan esos costes (ver la crónica “El desesperado grito de auxilio del campo” de David Vigario, 29 de septiembre). Una dificultad local del campo español conduce, por el impacto sobre combustibles y abonos, hasta uno de los puntos más críticos y vulnerables del comercio mundial: el estrecho de Ormuz.
Antes del conflicto, por Ormuz pasaba cerca de una quinta parte del petróleo consumido a nivel mundial y alrededor del 25% del comercio petrolero por mar. Pero restringirse al petróleo no basta para entender la dimensión del problema. Ormuz también era una ruta para casi una quinta parte del comercio global de gas natural licuado (GNL) y en torno al 30% de las exportaciones marítimas de gas licuado de petróleo (GLP), además de materias primas claves para la agricultura y la industria.
Por el estrecho circulaban más del 30% de la urea comercializada internacionalmente y cerca de la mitad del azufre transportado por mar. El azufre se usa para fabricar ácido sulfúrico, esencial en la elaboración de fertilizantes y en procesos industriales. También transitaban por allí amoniaco, fosfatos y metanol, entre otros insumos. No es solo energía: Ormuz condiciona la diferencia entre prosperidad y emergencia en múltiples regiones.
Las cifras concretan el impacto. Qatar, gran exportador de GNL, envió en los seis meses posteriores al inicio de la guerra 18 cargamentos, frente a los 509 del mismo periodo del año anterior. Aunque el tráfico de metaneros por Ormuz ha mostrado alguna recuperación reciente, Doha mantiene restricciones en las entregas a clientes europeos y asiáticos. La UE puede sustituir buena parte de esas remesas con gas estadounidense; países como Bangladesh o Pakistán disponen de menor margen de maniobra.
Esa diferencia explica parte de la crisis: Europa afronta, sobre todo, un problema de precios, mientras que en economías orientales vulnerables surge ya un problema de acceso. Bangladesh obtiene más del 40% de su electricidad del GNL importado; la falta de suministro está provocando cortes eléctricos y paradas industriales, y los precios del GNL en Asia se han disparado casi al triple.
La agricultura ayuda a valorar la escala del riesgo. Un aumento de costes puede arruinar a un agricultor español; en países con alta dependencia de importaciones, la pregunta es también si el insumo llegará a tiempo. Bangladesh ha requerido ayuda financiera para mantener la producción de arroz: allí se solapan la seguridad energética y la seguridad alimentaria. Daca negocia incluso con Argel la importación de GNL; si no hay paso seguro por el Mar Rojo, parte del suministro tendría que rodear África por el cabo de Buena Esperanza.
No hay que suponer que Argelia pueda aumentar indefinidamente sus exportaciones. Sus acuerdos con Europa son relevantes, pero su capacidad de elevar rápidamente la producción es limitada. España e Italia dependen en distinto grado del gas argelino. La diversificación redistribuye volúmenes existentes; no crea moléculas nuevas. Si Asia busca en la cuenca atlántica el gas que antes llegaba del Golfo, competirá con Europa por una oferta que no crece al ritmo de la demanda.
Hasta ahora, el impacto ha estado amortiguado por las reservas. Se estima que los inventarios mundiales de petróleo han caído más de 500 millones de barriles —unos cinco días de consumo global—. Un indicador relevante puede ser la velocidad a la que se consumen esos colchones de seguridad, más que el precio del barril. La mayor producción de las refinerías, la caída de la demanda —especialmente en Asia— y el recurso a las reservas han sostenido el suministro, pero agotar existencias no equivale a resolver el problema.
China juega un papel crucial. Ha moderado sus compras, contenido el consumo y utilizado reservas, ayudando a aliviar momentáneamente la presión sobre los mercados. El riesgo se agudizará cuando China tenga que reponer esas existencias; entonces competirá por cargamentos con Japón, Corea, India, otras economías asiáticas emergentes y Europa, que entra en temporada invernal.
Arabia Saudí también enfrenta limitaciones para actuar como proveedor de ajuste. No basta con aumentar la producción; el reto es llevar el petróleo hasta los destinos. Ormuz condiciona las rutas hacia el este; el oleoducto Este-Oeste permite enviar crudo hasta Yanbu, en el mar Rojo, pero allí aparece otro cuello de botella: la inseguridad en Bab el-Mandeb por la amenaza hutí. Durante décadas se confió en que la disponibilidad equivalía a acceso; ahora se ve que entre producir y abastecer existe una variable crítica: la capacidad de transporte seguro.
En el plano político, con el trasfondo de las elecciones estadounidenses, el presidente Trump ha sugerido medidas como limitar las exportaciones de gasóleo en respuesta al descontento por los precios, y ha insinuado que la guerra podría terminar tras los comicios del 3 de noviembre. Estas declaraciones, difíciles de encuadrar como estrategia definida, explican en parte su reticencia a asumir nuevos compromisos militares en apoyo de Arabia Saudí frente a los hutíes.
Europa no puede analizar este panorama solo desde la perspectiva de la transición energética. La Comisión ha recomendado a los Estados miembros posponer durante tres años la aplicación de ciertas sanciones vinculadas al Reglamento europeo del metano, pero una recomendación no anula obligaciones legales ni evita que una autoridad nacional imponga sanciones. Pedir a las empresas que garanticen suministro mientras se les expone a riesgos jurídicos inciertos es problemático. Por eso la Comisión valora aplazar un año la entrada en vigor, el 1 de enero de 2027, de algunos preceptos.
Todo ello no significa renunciar a reducir emisiones ni frenar la electrificación, sino recordar que electrificar no hace aparecer gasóleo, queroseno, fertilizantes o gas donde faltan. Una transición que desmantela prematuramente capacidades de refino, terminales, almacenamiento e infraestructuras de importación puede disminuir, no aumentar, la seguridad. Estas capacidades son hoy redundancias estratégicas que conviene mantener hasta que exista una alternativa fiable.
Las reservas ofrecen tiempo. Las rutas alternativas, también. La flexibilidad regulatoria puede ganar margen de maniobra. La cuestión es cómo emplear ese tiempo. Cuando una guerra a miles de kilómetros influye en la decisión de un agricultor español sobre si sembrar, o fuerza a un país asiático a buscar gas al otro lado de África, la seguridad energética deja de ser un debate técnico: hoy, todos los caminos conducen a Ormuz.

