2 de octubre de 2026
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Países del Golfo buscan protector por desconfianza en Trump

Países del Golfo buscan protector por desconfianza en Trump

Durante décadas, Arabia Saudí confió en que Estados Unidos garantizaría la defensa del reino frente a sus rivales, a cambio de mantener a Washington como socio estratégico clave. Esa relación cambió a finales de febrero, cuando Estados Unidos lanzó una ofensiva contra Irán, lo que provocó una serie de represalias por parte de Teherán que afectaron a los países del Golfo. Desde la perspectiva saudí, la intervención estadounidense mostró que su principal garante de seguridad puede tomar decisiones militares que incrementen los riesgos para el propio reino.

El problema más inmediato para la monarquía se centra en Yemen. El alto el fuego informal que mantenía desde hace años con el grupo rebelde hutí, apoyado por Irán, se ha venido abajo. Desde el verano los insurgentes han avanzado hacia la costa del Mar Rojo, aumentando su capacidad de amenazar el tráfico marítimo en Bab el Mandeb, uno de los estrechos más relevantes para el comercio mundial de petróleo. Esto adquirió especial importancia después de que los problemas con Irán redujeran el tránsito por el estrecho de Ormuz; Riad desvió gran parte de sus exportaciones desde los campos del este hacia Yanbu, en la costa del Mar Rojo, y ahora los ataques hutíes a sus buques suponen un nuevo daño para la economía saudí.

Según Hisham Al Omeisy, asesor sobre Yemen del European Institute of Peace, el objetivo de los hutíes no tiene por qué ser derrotar militarmente a Arabia Saudí, un país con una capacidad defensiva superior a la de la milicia. “Los hutíes no necesitan ganar la guerra; les basta con elevar los costes para Arabia Saudí”, afirma.

Las consecuencias se extienden más allá del sector energético. La seguridad de infraestructuras y del transporte es ahora una preocupación clave para acoger eventos internacionales y desarrollar proyectos económicos vinculados a la Visión 2030, el plan del príncipe heredero para diversificar la economía y reducir la dependencia del petróleo.

Frente a los ataques hutíes, Riad pidió directamente a Donald Trump que atacara posiciones del grupo, pero Washington se negó, lo que subraya la necesidad saudí de buscar aliados más allá de Estados Unidos. El paso más destacado en esa dirección es el llamado Pacto de la Meca, un acuerdo de defensa conjunta con Turquía y Pakistán que considera un ataque contra cualquiera de los tres países como un ataque contra todos. El pacto pretende reforzar la disuasión y ampliar la cooperación militar, aunque sigue sin saberse hasta qué punto los firmantes están dispuestos a intervenir militarmente para defender a un aliado. Por el momento, ni Turquía ni Pakistán han respondido militarmente contra los hutíes, pese a declaraciones de apoyo de Ankara e Islamabad.

Un dirigente hutí, Mohammed al Bukhaiti, advirtió de posibles represalias contra Turquía y Pakistán si intervienen militarmente. Para Riad, sin embargo, el Pacto de la Meca ofrece más que la posible capacidad de una ofensiva conjunta: Turquía aporta una industria militar significativa y experiencia operativa, mientras que Pakistán mantiene una relación militar de larga data con Arabia Saudí y ya cuenta con efectivos y medios desplegados en el reino.

Posición europea

Países europeos como Francia y Reino Unido se han mostrado dispuestos a proteger la navegación internacional y a ofrecer mayor apoyo militar a Arabia Saudí, aunque esas contribuciones no suplen completamente el vacío de seguridad que el reino percibe en el nuevo escenario regional tras la guerra con Irán.

La preocupación no es exclusiva de Riad. En todo el Golfo ha arraigado la sensación de que el paraguas de seguridad estadounidense —durante décadas el pilar de la defensa de las monarquías petroleras— ya no ofrece las mismas garantías. La retirada de Irak, acordada en 2024 bajo la presidencia de Joe Biden y aplicada también durante la Administración de Donald Trump en el contexto de su ofensiva contra Teherán, añadió incertidumbre sobre el posible resurgimiento de amenazas comunes como el Estado Islámico, una inquietud compartida por Bagdad y las capitales del Golfo.

En la Asamblea General de Naciones Unidas, el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, defendió la creación de un sistema regional de seguridad colectiva, una idea que hasta hace poco parecía utópica en una región acostumbrada a depender de potencias externas. El emir abogó por resolver la crisis del Golfo por la vía diplomática, reabriendo el estrecho de Ormuz a la navegación y evitando una guerra que nadie desea. Su mensaje cobró fuerza en un momento en que los países del Consejo de Cooperación del Golfo buscan fórmulas para reducir su exposición a un conflicto fuera de su control.

Los Emiratos Árabes Unidos también han cambiado de enfoque. Anwar Gargash, asesor diplomático del presidente Mohamed bin Zayed, afirmó recientemente la necesidad de un diálogo directo entre los Estados árabes e Irán sobre el futuro regional y de una nueva aproximación en las relaciones con Teherán. Se trata de un giro notable en Abu Dabi, que durante años mantuvo una postura dura frente a la República Islámica y una estrecha alianza con Estados Unidos.

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