De blanco impoluto y alineados en cubierta, los marineros del portaviones USS Abraham Lincoln llegaron el jueves al puerto de San Diego, 322 días después de su partida. Su prolongada misión ha quedado marcada por problemas logísticos y baja moral. Cuando zarparon de Estados Unidos a finales de 2025 no imaginaban que su regreso se convertiría en un reflejo de varias de las dificultades atribuidas a la presidencia de Donald Trump: una operación militar fallida en Oriente Próximo, mandos con escasa capacidad de gestión y una pérdida acelerada de influencia de Washington frente a rivales y aliados.
El despliegue, en apoyo a los ataques contra Irán, estableció un récord de navegación sin tocar puerto —265 días— y acumuló una serie de contratiempos para los 5.000 tripulantes: problemas de suministro de alimentos y agua, averías en los sanitarios y crisis de salud mental. Trump esperaba un colapso rápido del régimen iraní, pero el conflicto se ha convertido en un laberinto en el que Estados Unidos ha perdido la iniciativa y parte de su reputación. Irán dañó bases navales estadounidenses necesarias para las operaciones del USS Lincoln. El buque vuelve a casa mientras la situación en el Estrecho de Ormuz permanece estancada: el paso de combustible y mercancías está condicionado por Teherán, los aliados de EEUU están más expuestos y el encarecimiento del combustible amenaza la posición de los republicanos de cara a las elecciones de noviembre.
Muchas de las promesas de Trump se han desvanecido. Las perspectivas económicas nacionales son más pesadas y, en lugar de alejarse de conflictos prolongados y remotos, la administración ha impulsado nuevas confrontaciones con efectos adversos para la vida de la mayoría de los estadounidenses. El líder que movilizó a millones de votantes en 2016 y 2024 ya no suscita la misma euforia entre la base conservadora. Sólo uno de cada tres estadounidenses aprueba su gestión y el respaldo entre quienes le votaron hace dos años ha caído del 95% al 67%.
Esa fatiga puede resultar decisiva en las elecciones de medio término de noviembre. Con el control republicano de la Cámara en riesgo y dudas sobre el Senado, la mayoría de los candidatos conservadores en las contiendas más reñidas se distancian de Trump para mejorar sus opciones. Reuters ha observado ese alejamiento en dos tercios de esos aspirantes y constata que al menos una docena han eliminado el nombre del presidente de sus campañas. Para muchos votantes sus excentricidades han dejado de percibirse como síntoma de genialidad; ya no confían en un plan maestro oculto y, preocupados por su economía, reciben con desgana los chistes repetidos. Desde los salones de la Casa Blanca hasta el cambio de nombre de lagos o montañas, todo resulta ya familiar. En una sociedad de consumo rápido y búsqueda constante de impacto, Trump, antes figura central del desorden, empieza a sonar desgastado.

