11 de octubre de 2026
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Órdago de los hutíes desafía al príncipe heredero saudí

Llamarada en el Aeropuerto Rey Jalid de Riad tras el ataque con misil hutí del sábado.

El príncipe heredero y gobernante de facto de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, tiene motivos suficientes para preocuparse por los ataques que llevan a cabo los rebeldes hutíes. Yemen ha sido durante décadas un espacio donde las ambiciones saudíes han chocado con dificultades persistentes: un país empobrecido y de extensión similar a la de España que, según analistas de Oriente Próximo, ha ofrecido algunas de las derrotas más costosas y humillantes a Riad en su vecindad. La reciente escalada, con ataques a infraestructuras críticas —entre ellos el impacto de misiles el sábado en el Aeropuerto Internacional de Riad, que dejó 12 muertos y una treintena de heridos— y un lanzamiento previo que causó la muerte de tres personas, incluido un piloto, proyecta una imagen de vulnerabilidad de la principal petromonarquía árabe, cada vez más presionada por los insurgentes yemeníes.

Los hutíes aseguran que sus ataques contra aeropuertos, instalaciones militares y energéticas responden a los bombardeos saudíes sobre sus posiciones en Yemen y al apoyo de Riad al Gobierno reconocido internacionalmente. En días recientes también han alcanzado objetivos civiles, como el aeropuerto de Saná, según sus propios comunicados y reportes internacionales.

El conflicto pone en riesgo la estabilidad regional y enfrenta a Arabia Saudí con un actor —los hutíes— que, aunque mantiene alianzas con Irán, actúa con cierto grado de autonomía. La incapacidad para neutralizar eficazmente esta amenaza podría erosionar aún más la legitimidad de Bin Salman, cuya respuesta ha sido, hasta ahora, limitada frente a una guerra altamente asimétrica que le causa un daño político y operativo significativo.

Llamarada en el Aeropuerto Rey Jalid de Riad tras el ataque con misil hutí del sábado.

Una llamarada se eleva en el Aeropuerto Rey Jalid de Riad tras el ataque con misil efectuado por los hutíes el sábado. E. M.

El recuerdo de operaciones pasadas pesa en los planes saudíes. Episodios como la llamada Operación Tierra Quemada de 2009, una intervención a gran escala impulsada por Riad para frenar la insurgencia hutí, terminaron con retiradas humillantes y numerosas bajas, según la valoración de expertos. Los hutíes surgieron en los años 90 como un movimiento insurgente contra el Gobierno de Saná y, tras las convulsiones de la región en 2014, consiguieron tomar la capital y gran parte del norte del país, desencadenando una guerra civil prolongada que ha llevado a Yemen a una de las mayores crisis humanitarias del mundo, según la ONU.

En marzo de 2015, el rey Salman lanzó una campaña aérea a gran escala contra posiciones hutíes en apoyo del Gobierno reconocido internacionalmente. Esa intervención, prolongada por años y realizada por fases, no logró derrotar a los rebeldes y dejó la imagen de una fuerza saudí potente en equipo pero con limitaciones operativas y de mando. Pese a un elevado gasto en Defensa —alrededor del 5,72% del PIB y cientos de miles de millones de euros anuales en material—, las operaciones no han conseguido restaurar el control efectivo sobre todo el territorio yemení.

Bajo el liderazgo de Bin Salman, con el rey en una salud frágil, en 2022 se pactó una tregua que configuró el mapa político actual de Yemen, fortaleció a los hutíes y puso en evidencia la fragilidad de Riad. Esa tregua se rompió en julio, en un contexto de creciente tensión en Oriente Próximo. Desde entonces los hutíes han consolidado posiciones a lo largo de la costa occidental sobre el mar Rojo, han elevado el riesgo para el tráfico marítimo en el estrecho de Bab el Mandeb y ofrecen una fuerte resistencia ante la contraofensiva saudí, mientras el Gobierno reconocido apenas controla la región de Adén.

Conflicto a gran escala

Bin Salman ha intentado hasta ahora evitar una guerra total con los hutíes. Le preocupa el impacto económico —especialmente en las exportaciones de hidrocarburos y en la estabilidad de los mercados energéticos— y el desgaste político tras varios proyectos de modernización, conocidos como Visión 2030, que han generado críticas por sus resultados. La percepción de un liderazgo visionario y eficaz se ha visto afectada por los reveses militares y por las tensiones internas en la Casa de Saud.

A Riad le está resultando difícil lograr un respaldo pleno de sus aliados. Arabia Saudí, Turquía y Pakistán activaron recientemente un pacto de defensa suscrito en verano, pero tanto Ankara como Islamabad muestran reticencias a verse arrastrados a un conflicto abierto. Estados Unidos, por su parte, ha mostrado cautela: a pesar de la estrecha relación con la monarquía saudí y la afinidad personal entre Bin Salman y Donald Trump, Washington se ha mostrado renuente a implicarse directamente en ataques contra los hutíes por el riesgo de desestabilizar los mercados energéticos y por consideraciones políticas internas en la antesala de elecciones.

Tras calificar de “inaceptable” el ataque al aeropuerto de Riad —entre las víctimas hay un ciudadano estadounidense—, Trump señaló que podría valorar sumarse a una coalición contra los rebeldes, aunque la Casa Blanca ha preferido ganar tiempo. Mientras tanto, la comunidad internacional condenó el atentado y varios países, entre ellos Emiratos Árabes Unidos, expresaron su apoyo a Arabia Saudí. No hay que olvidar que Yemen también es un tablero de competencia entre Riad y Abu Dabi: Emiratos ha apoyado al Consejo de Transición del Sur, una fuerza secesionista que ha controlado amplias zonas del sur y que ha complicado aún más la dinámica regional. Entre frentes abiertos y desafíos estratégicos, Bin Salman afronta un panorama complejo y con pocas soluciones fáciles.

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