Volodimir Zelenski ganó las elecciones con alrededor del 73% de los votos frente al expresidente Petro Poroshenko, una victoria contundente y ampliamente aceptada en Ucrania. Su inicio como presidente fue irregular, pero la invasión rusa transformó al excomediante y actor de televisión en un símbolo de resistencia: abandonó el traje y la corbata por ropa militar y asumió un papel más combativo. Desde febrero de 2022 su imagen desafiante se mantuvo, aunque con desgaste progresivo.
La confianza ciudadana en Zelenski está ahora en niveles bajos desde el inicio de la guerra. Según la encuesta más reciente del Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS), realizada entre el 21 de agosto y el 10 de septiembre, el 54% de los encuestados confía en el presidente y el 41% no.
Esos datos están cerca del mínimo registrado durante la guerra (52% en diciembre de 2024) y lejos del 90% de popularidad que alcanzó en la primavera de 2022, cuando decidió permanecer en Kiev ante el avance de las tropas rusas. Su apoyo ha variado por el desgaste de un conflicto prolongado y por altibajos políticos: descendió durante 2024, subió hasta el 74% en mayo de 2025 tras su enfrentamiento público con Donald Trump en la Casa Blanca y volvió a disminuir por casos de corrupción en su entorno y por el despido en verano de su entonces ministro digital, Mijailo Fedorov, considerado por muchos como una figura clave en la guerra tecnológica de drones.
Intransigencia con los rivales
Un reproche frecuente contra Zelenski es su actitud hacia rivales políticos. Al general Valery Zaluzhny, líder militar durante los primeros meses de la invasión, lo destinaron como embajador al Reino Unido; mantiene una relación distante con el alcalde de Kiev, el exboxeador Vitali Klichkó; tiene sanciones contra Poroshenko y apartó a Fedorov cuando percibió un posible rival. Aun así, Zelenski no es un “dictador sin elecciones”, como lo calificó Donald Trump, dado que la ley marcial vigente impide celebrar comicios en tiempo de guerra.
Esa restricción es comprendida mayoritariamente en Ucrania: votar resulta impracticable bajo bombardeos y con millones de ciudadanos desplazados o refugiados en Europa. Por eso, las declaraciones de Trump pidiendo su sustitución suelen reforzar el apoyo interno a Zelenski. Para muchos ucranianos resulta inaceptable que alguien externo dicte quién debe gobernarles, ya venga de Moscú o de Washington.
Olga Tarnovska, traductora, resume ese sentimiento: “nadie aquí va a apoyar a Trump y su idea de cambiar a Zelenski. A nosotros Zelenski nos puede gustar o no gustar, pero es nuestro presidente en plena guerra y vamos a apoyarle. Hay políticos que pueden intentar jugar con el cansancio de la gente para rechazar a Zelenski y pedir elecciones, pero eso no va a funcionar con Putin”.
La relación Trump-Zelenski
La postura de Donald Trump respecto a las relaciones Rusia‐Ucrania nunca ha sido neutral: ha elogiado en varias ocasiones a Vladimir Putin y, al mismo tiempo, ha mostrado desprecio público hacia Zelenski. La desconfianza tiene antecedentes en el verano de 2019, cuando Trump, tras solo dos meses de mandato de Zelenski, le pidió investigar a Joe Biden y a su hijo Hunter mientras la Casa Blanca retenía cerca de 400 millones de dólares en ayuda militar a Kiev. Zelenski se mostró evasivo y la investigación no se llegó a anunciar; el episodio derivó en el primer impeachment contra Trump, quien defendió que la conversación fue “perfecta”.
El recelo de Trump tiene raíces anteriores (la campaña de 2016 vinculó a Kiev con la caída de Paul Manafort por pagos vinculados al partido prorruso de Víktor Yanukóvich) y se intensificó en septiembre de 2024, cuando Zelenski visitó una fábrica de munición en Pensilvania junto a un gobernador demócrata en plena campaña electoral. Trump considera que la ayuda a Ucrania es un gasto sin retorno y ve en Zelenski un obstáculo para un acuerdo rápido con Putin; esa tensión culminó en febrero de 2025 con un episodio humillante en el Despacho Oval.
No obstante, varios sondeos indican que una parte significativa de la sociedad ucraniana prefiere mantener la resistencia: según una encuesta interna del KIIS, el 62% está dispuesto a soportar la guerra el tiempo que sea necesario y el 79% cree que Ucrania acabará derrotando a Rusia.
Valeri Petrenko, profesor en Lviv, subraya el punto: “se trata de mantener la soberanía sobre nuestras propias decisiones. Ucrania está en guerra para mantener su libertad frente al imperialismo ruso. Ni consentimos que Putin cambie al presidente ni lo vamos a consentir que lo haga Trump. Sólo lo haremos nosotros cuando podamos hacerlo”.
Hoy, la mayoría de ucranianos desconfía tanto de treguas impulsadas por figuras externas sin negociación previa con Kiev como de la buena voluntad de Putin. Habitantes de ciudades sometidas a ataques nocturnos —Kiev, Járkiv o Dnipro— perciben que, desde su perspectiva, las prioridades de ciertos actores internacionales están más ligadas a intereses empresariales y relaciones con el Kremlin (nombres como Witkoff y Kushner son citados en ese contexto) que a la protección de sus vidas.

