7 de agosto de 2026
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Nauru cambia de nombre pero sigue siendo cárcel migratoria de Australia

Durante más de un siglo, la república insular más pequeña del mundo fue conocida internacionalmente como Nauru. Ahora su Gobierno ha decidido recuperar oficialmente su nombre ancestral: Naoero. La medida pretende corregir una herencia colonial iniciada en 1888, cuando el Imperio alemán rebautizó la isla con una forma más fácil de pronunciar para los europeos. Posteriormente, administraciones como las de Australia, Reino Unido, Nueva Zelanda e incluso Japón mantuvieron esa denominación durante décadas. Con el cambio, la remota nación del Pacífico Sur reivindica el topónimo indígena que nunca dejó de utilizarse entre su población.

La decisión se produce en un momento en que este pequeño Estado afronta múltiples desafíos: la amenaza del cambio climático, una economía altamente dependiente del exterior y el estigma derivado de haber sido durante años un centro de detención de migrantes gestionado por Australia.

Recuperar nombres ancestrales es una herramienta empleada por numerosos países para deshacerse de rasgos visibles del colonialismo. En el Pacífico, donde fronteras, topónimos y estructuras políticas fueron en muchos casos impuestos por potencias europeas, esta tendencia se ha intensificado desde las independencias de la segunda mitad del siglo XX.

Vanuatu abandonó en 1980 el nombre colonial de Nuevas Hébridas; Tuvalu retomó en 1978 la denominación habitual entre sus habitantes, sustituyendo el de Islas Ellice; y Kiribati hizo lo propio en 1979 al reemplazar Islas Gilbert por su nombre indígena. Fuera del Pacífico insular, Timor Oriental adoptó oficialmente Timor-Leste tras su independencia en 2002, reivindicando la denominación en portugués asociada al movimiento independentista frente a la impuesta durante la ocupación indonesia.

La histórica explotación de Naoero

Con apenas 21 kilómetros cuadrados y alrededor de 12.000 habitantes, Naoero es un territorio marcado por las consecuencias de la explotación de sus recursos. Durante millones de años, las aves marinas depositaron guano que dio lugar a uno de los yacimientos de fosfato más ricos del planeta. La extracción y exportación de ese fertilizante situaron al país entre las naciones con mayor renta per cápita del mundo, sólo por detrás de Arabia Saudí en su momento. Sin embargo, esa riqueza fue extraordinaria y breve.

Décadas de extracción dejaron el interior de la isla convertido en un paisaje infértil de agujas de roca caliza prácticamente inhabitable. Hoy, cerca del 80% de su superficie está degradada, la agricultura es muy limitada, escasea el agua dulce, la cota máxima alcanza solo 65 metros y la mayoría de la población vive concentrada en una estrecha franja costera vulnerable al aumento del nivel del mar.

La crisis climática ha situado a Naoero entre los países más vulnerables del mundo. El Gobierno estima que necesitará cientos de millones de dólares para reforzar la costa, trasladar infraestructuras esenciales y ganar terreno al océano. Para financiar estas medidas ha recurrido a una vía poco habitual: ofrecer un programa de ciudadanía por inversión, las llamadas Golden Visas, cuyo coste hasta diciembre de este año es de 90.000 USD (unos 78.000 euros). Las autoridades afirman que los ingresos se destinarán a proyectos de adaptación climática y reubicación en zonas más seguras. Sus defensores lo presentan como una cuestión de supervivencia; sus críticos alertan de que el país vuelve a verse obligado a ceder parte de su soberanía para asegurar su futuro.

Centro de detención de migrantes en Australia

No es la primera vez que Naoero depende de acuerdos externos. Desde 2001, Australia convirtió a la isla en un pilar de su política migratoria: miles de solicitantes de asilo interceptados en el mar fueron trasladados a un centro de procesamiento en Naoero. Durante más de dos décadas, informes de Naciones Unidas, Amnistía Internacional y Human Rights Watch documentaron el deterioro de la salud mental de muchos retenidos, largos periodos de espera y condiciones que las organizaciones calificaron de inhumanas. Canberra, por su parte, sostuvo que el sistema era la mejor forma de frenar travesías peligrosas y desmantelar redes de tráfico de personas.

Para Naoero, el acuerdo también supuso una fuente importante de ingresos. Actualizado en septiembre de 2025, el pacto establece que Australia pagará hasta 2.500 millones de dólares australianos (más de 1.500 millones de euros) durante los próximos 30 años para que la isla acoja a cientos de migrantes extranjeros con antecedentes penales que no pueden ser expulsados a sus países de origen ni permanecer detenidos indefinidamente en Australia después de una sentencia del Tribunal Supremo de 2023.

La llegada del primer trasladado activó un pago inicial de 408 millones de dólares australianos (unos 250 millones de euros) al Gobierno nauruano, además de aportaciones anuales de hasta 70 millones (43 millones de euros). El acuerdo, rodeado de secretismo, ha sido criticado por organizaciones de derechos humanos, que consideran que Australia externaliza nuevamente su política migratoria hacia uno de los países más pequeños y vulnerables del mundo.

Como ocurrió con el fosfato, la economía de Naoero vuelve a depender de necesidades externas y el cambio de nombre recupera parte de una identidad que sigue, en buena medida, condicionada por actores foráneos. Mientras tanto, sus habitantes enfrentan desafíos urgentes: reconstruir una economía sostenible, proteger un territorio cada vez más amenazado por el calentamiento global y la subida del nivel del mar, y superar el papel de prisión remota asociado a la relación con Australia.

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