Yaroslav Leuchenko, que antes se dedicaba a la caza de faisanes, ahora dirige patrullas especializadas en derribar drones. Sus equipos actúan en las esquinas de Kramatorsk y acompañan a los trabajadores municipales que reparan los daños tras los bombardeos rusos.
El segundo al mando de las fuerzas especiales de la policía local acude a un incendio provocado por un nuevo ataque aéreo.
Se trata de un edificio de nueve plantas en el barrio norte de Damansky. Las llamas consumen varios pisos mientras dos camiones de bomberos intentan contener el fuego y una columna densa de humo se eleva al cielo.
Los grandes bloques de Damansky se han convertido en objetivos frecuentes de los drones rusos. No es inusual ver fachadas ennegrecidas por incendios previos o viviendas derruidas junto a los incendios actuales.
La labor de los bomberos ha adoptado una dinámica distinta: trabajan protegidos con chalecos y cascos, con un integrante atendiéndose a un detector de drones mientras la policía vigila el entorno.
El riesgo es real. A las 11:20 la intervención se interrumpe de forma abrupta entre gritos de “¡FPV, FPV!”. Todos se dispersan corriendo en direcciones distintas, confiando en que el atacante no elija su objetivo.
Los agentes de Leuchenko abren fuego contra un dron que se aproxima y el aparato termina explotando en el aire.
Esa escena se repite varias veces a lo largo de la jornada.
“¡Cabs, Cabs, al refugio, al refugio!”.
A veces la alarma obliga a protegerse por drones pequeños y otras por bombas de gran tamaño de más de 250 kilos cuyo estruendo puede sentirse a kilómetros.
Un vehículo arde en la carretera hacia Druzhkivka. KONSTYANTIN CHERNICHKIN
“Los rusos han atacado a los bomberos más de una decena de veces en los últimos meses. Por eso tenemos que protegerlos”, explica Yaroslav.
Las conversaciones se interrumpen con frecuencia: “¡Vienen más drones!”, grita un agente mientras sus compañeros se arrodillan y vuelven a abrir fuego.
Uno de los UAV quedó incrustado en el techo del edificio y su carga explosiva impactó en el patio de una guardería. Yaroslav recoge restos de otro dron caído en la calle: “Están por todas partes”, señala.
Este es el segundo incendio similar al que acude Yaroslav en apenas una hora. En el anterior, otro bloque alcanzado por un UAV obligó a evacuar a los últimos siete vecinos, que observan la escena desde un banco del parque.
El ataque ocurrió de noche y, desde entonces, los bomberos evitan salir en la oscuridad por el riesgo. Los residentes cuentan que durmieron en la calle.
“El fuego empezó a las 17:00. Los bomberos iniciaron las labores pero, al avisarles de un nuevo ataque, se retiraron y no volvieron hasta la mañana. No sabemos qué hacer ni dónde ir”, relata Irina Ivanchenko, de 56 años.
Dentro, los bomberos intentan combatir el incendio en varios pisos. “¡No podemos subir más, el calor es insoportable!”, grita uno de ellos.
“Los rusos usan tácticas terroristas. Atacan edificios de viviendas civiles para generar pánico”, afirma Leuchenko.
Las cacerías de drones de la policía de Kramatorsk forman parte de la nueva realidad que vive esta ciudad, asediada desde el verano por una ola de ataques con drones, cohetes y bombas guiadas.
Moscú considera esta ofensiva como la supuesta batalla final por Donbás, que comenzó oficialmente el 21 de agosto cuando Kiev declaró zonas de hostilidad activa a los principales núcleos urbanos de la región.
Un hombre rescata sus pertenencias tras un ataque. KONSTYANTIN CHERNICHKIN
Según una fuente del Kremlin citada por Reuters, el presidente ruso, Vladimir Putin, no aceptará un alto el fuego hasta que su ejército controle todo Donetsk; Moscú afirma ocupar actualmente alrededor del 80% de la provincia.
El general ucraniano Andriy Biletsky asegura que Putin exige tomar la provincia entera para principios de 2027, un plazo que el jefe del Tercer Cuerpo de Ejército ucraniano consideró irreal.
La ciudad, un campo de batalla
La presencia constante de drones ha convertido la movilidad en una ruleta: vehículos y peatones deben refugiarse cada vez que se oye el zumbido característico de esos aparatos.
Andriyi Quola, un marine de 46 años, no se quita su rifle antidrones ni mientras toma un café en uno de los pocos establecimientos que siguen abiertos en la ciudad.
“Acabamos de derribar un Shahid en la colina. Cuidado, los FPV están muy activos hoy”, advierte antes de continuar su camino.
El 5 de septiembre la aviación rusa intentó destruir el puente principal que une las dos partes de la localidad; la estructura resultó dañada pero permanece abierta al tráfico.
Los coches calcinados en el centro recuerdan tácticas usadas en otras localidades: todo lo que se mueve puede ser objetivo de los aparatos rusos.
Un equipo policial protege a operarios de la empresa pública del agua mientras trabajan en una arboleda; la máquina perforadora está cubierta por mallas antidrone.
Feder, un agente de 46 años, cuenta que en las tres horas que llevan allí han tenido que abrir fuego contra al menos tres UAV, y otro compañero dispara la ametralladora contra uno que se aproxima.
“Los rusos están muy activos esta mañana”, comenta uno de los miembros de seguridad.
Leuchenko calcula que sus fuerzas derriban unos 30 drones al día, y añade que los tiradores del ejército situados antes de Kramatorsk destruyen unos 500 antes de que los aparatos lleguen a la ciudad.
Kramatorsk y Sloviansk tienen un valor simbólico para Ucrania: fueron ocupadas por fuerzas prorrusas en la primavera de 2014 y liberadas ese mismo verano.
La guerra y los robots
La guerra ha vuelto a estas ciudades, pero es muy distinta: redes en las avenidas, vehículos con rejillas y pinchos, drones sobrevolando y decenas de vehículos terrestres no tripulados patrullando hacia la línea de frente.
Una soldado maneja un UGV. KONSTYANTIN CHERNICHKIN
La mayoría de los suministros para las tropas en la llamada “Zona de la Muerte” se envían ahora en UGVs. El reabastecimiento por camiones sería demasiado peligroso, explica Oleg, apodado Dream, responsable de una unidad de la 93 Brigada Mecanizada.
Su unidad prepara tres UGV cargados con baterías para drones, munición, alimentos y agua.
La forma de emplear esos robots incluye detalles prácticos: Dream explica que las botellas de agua deben colocarse al frente porque los FPV suelen atacar por esa dirección y el agua ayuda a apagar incendios.
Los robots se cargan sobre una furgoneta y un remolque y son escoltados hasta una ruta todavía fuera del frente, aunque bajo la vigilancia de drones. Un militar armado vigila la parte trasera del vehículo y Dream asoma su ametralladora por la ventanilla.
“Si aparece un dron, saltamos del coche y salimos corriendo en direcciones opuestas”, ordena antes de iniciar el trayecto.
Tras un trayecto tenso con restos calcinados de automóviles, el equipo se detiene en una vía casi desierta. Bajan con los rifles preparados y mantienen la mirada en el cielo.
La descarga de los UGV dura pocos minutos; los operarios que los manejan están a kilómetros, en otro lugar.
En un subterráneo, varios pilotos frente a pantallas controlan los robots. Yevgeny, su responsable, supervisa el recorrido y vigila iconos que indican el tipo de dron enemigo en la ruta: FPV, Molniya u “otro”.
“Estas misiones duran entre tres y ocho horas. Los robots alcanzan hasta 18 km/h en tercera marcha, pero solemos ir en primera”, explica Yevgeny.
Las cámaras de los UGV muestran carreteras con carrocerías destrozadas, incluidas las de muchos otros robots: “No suelen completar más de media docena de misiones; no viven más de una semana”, señala el piloto.
La operación se parece a un videojuego pero es real: las cámaras y micrófonos transmiten tiros y explosiones; un UGV pasa junto a un auto en llamas y otro se cruza con perros que ladran ante su presencia.
Marina, una de las conductoras de 45 años, maneja los controles con uñas pintadas de rojo y frunce el ceño cuando Yevgeny ordena detener la marcha al detectar dos FPV cercanos: detienen el robot para hacerse los inmóviles y evitar atraer los ataques.
Además de transportar suministros, los UGV ya se emplean armados o convertidos en bombas móviles. Técnicos como Andriy, apodado El mago, los transforman en vehículos kamikaze para ataques dirigidos.
“Les ponemos un par de proyectiles y los hacemos estallar contra posiciones enemigas”, comenta Denice, ingeniero colaborador.
El uso masivo de UAV y UGV ha cambiado la estrategia bélica y ha hecho más difíciles los ataques rápidos con tanques e infantería.
Por esa razón, varios expertos dudan que las fuerzas rusas puedan cumplir el ultimátum fijado por Moscú.
Lejos del final
El Instituto para el Estudio de la Guerra recuerda que Putin ha fijado al menos 15 plazos para la captura de Donetsk desde febrero de 2022. En su análisis del día 6 señalan que Rusia no está logrando apoderarse del resto de Donetsk para finales de 2026.
El informe añade que, al ritmo actual, las fuerzas rusas no tomarían el resto de la región hasta 2032, si es que llegan a hacerlo.
El teniente coronel Shamil Krutkov, jefe de la 93 Brigada Mecanizada, coincide en que “aún faltan muchos pasos para la batalla final” por Donbás. Señala que, pese al despliegue de drones con fibra óptica hace meses, la ciudad sigue funcionando.
Krutkov recuerda ejemplos de poblaciones que fueron ocupadas y luego recuperadas: en Konstantinivka quedan unos 150 soldados rusos, pero Ucrania mantiene el control de la ciudad.
El propósito principal de los bombardeos sobre Kramatorsk y Sloviansk, según Krutkov, es generar miedo en la población: mucha gente se marcha, aunque esos ataques tienen poco sentido militar.
Krutkov, de 28 años, habla desde una sala que acoge una exposición sobre la historia de su unidad, la 93 Brigada Mecanizada, fundada poco después de la independencia. Sus soldados han participado en misiones internacionales y, desde 2014, en las batallas más representativas en suelo ucraniano.
Las fotografías del museo recuerdan enfrentamientos como el del aeropuerto de Donetsk y operaciones posteriores tras la invasión de 2022: Bajmut, Pokrovsk, Soledar. Parte de la colección se salvó de daños tras un bombardeo reciente.
El artista y militar Dimitro ha creado instalaciones con piezas de material bélico y trabaja en una obra hecha con carcazas de drones, que refleja la nueva realidad del conflicto.
Krutkov subraya la diferencia entre la guerra de 2014 y la actual: antes era posible combatir a corta distancia entre trincheras; hoy eso resulta impensable.
Operación en Kramatorsk. KONSTYANTIN CHERNICHKIN
El responsable de la brigada asegura que drones y robots están reemplazando a los soldados: el 80% de las misiones logísticas las realizan ya UGVs y, en ocasiones, también se emplean robots en asaltos.
“Europa no comprende completamente este cambio”, concluye Krutkov.
Los policías de Leuchenko custodian la gran bandera del parque del Jubileo, casi los únicos presentes en ese lugar dominado por drones.
El mástil de 80 metros sostiene una bandera que desde la primavera ha sido atacada en varias ocasiones por drones; se ven agujeros en el asta metálica.
El oficial señala la enseña, que han tenido que reemplazar más de media docena de veces debido a los daños causados por los UAV.
“La bandera ucraniana provoca la reacción de los rusos, pero la bandera de Kramatorsk sigue ondeando”, afirma con orgullo.





