Aunque el otoño aún no alcanza su punto máximo en Estados Unidos, las calabazas de Halloween ya anuncian la proximidad del 31 de octubre, mientras que los candidatos a las elecciones de medio mandato recorren vecindarios pidiendo votos. El ambiente de “truco o trato” sirve como metáfora: la suerte para el 3 de noviembre está echada.
El resultado inmediato del Congreso estadounidense se sigue con atención global, pero para muchos ciudadanos de EE. UU. lo nacional pesa más que la proyección internacional. Tras apoyar la promesa de “América Primero”, muchos votantes se sienten ahora preocupados y frustrados porque esas expectativas aún no se han cumplido.
El alto coste de la vida, la vivienda, la sanidad y otros problemas cotidianos dominan la agenda informativa en el país, desplazando las cuestiones exteriores. Políticos y electores parecen coincidir en priorizar los asuntos internos, relegando la influencia internacional a un segundo plano.
La persistente crisis con Irán ha dejado patente que Estados Unidos ya no actúa como una superpotencia incuestionable capaz de reconfigurar el orden mundial a voluntad. A partir de ahora, sus esfuerzos se concentrarán sobre todo en la competencia con China, adoptando una lógica más transaccional que perjudica a socios como Europa. Entre algunos americanos ha circulado la frase que resume esa actitud: “¿Qué nos llevamos a cambio de defender Europa? ¿Aceite de oliva y vino?”.
Si Estados Unidos renuncia a representar en el mundo ciertos principios vinculados a la defensa de la democracia, surge una pregunta central: ¿en qué quiere convertirse el país? Ese es el debate abordado esta semana en la Universidad de Yale, en el programa “Orden mundial: liderazgo en tiempos de cambio”, coorganizado por IE School of Politics, Economics & Global Affairs de IE University y la Yale Jackson School of Global Affairs.
Varios expertos apuntan que la tendencia acentuada bajo la Administración Trump podría prolongarse incluso con un eventual Gobierno demócrata. De nuevo surge la duda: ¿está preparado Estados Unidos para admitir sus limitaciones y modular su papel global?
DE TEHERÁN A KIEV
Para ello, Washington debe primero salir del conflicto abierto con Irán, iniciado el 28 de febrero, un episodio que ha complicado otros objetivos exteriores, como los planes relacionados con Cuba y la detención de Nicolás Maduro en Nueva York. En Oriente Próximo los plazos son más lentos, lo que genera frustración en la Casa Blanca. En ese contexto se entienden las declaraciones recientes de Donald Trump sobre la guerra en Ucrania, en las que muestra simpatías hacia Vladimir Putin y critica al presidente ucraniano: “Zelenski no quiere terminar esta guerra. ¡YO SÍ QUIERO QUE TERMINE ESTA GUERRA!”. Trump busca a toda costa un éxito en política exterior y pretende encontrarlo en Ucrania, impulsando un acuerdo con Putin que podría perjudicar a Kiev.
Hoy, uno de los grandes perdedores indirectos del conflicto con Irán podría ser Ucrania. Hace meses Kiev tenía la iniciativa; ahora, con Washington distraído y con un eje Rusia-China-Irán reforzando su cooperación estratégica, la situación pinta mal para Volodimir Zelenski y, por extensión, para la seguridad europea.
Tres palabras condensan el nuevo orden global en formación: incertidumbre, imprevisibilidad e inestabilidad. Es la combinación de un Estados Unidos menos predecible con un entorno internacional cada vez más volátil. Frente a ello se hace visible la fragilidad de Europa, que en ocasiones ha debido ceder ante las exigencias estadounidenses, como se evidenció en disputas arancelarias en un contexto donde estaba en juego la seguridad continental.
Si la metáfora del aceite y el vino resume la nueva percepción estadounidense sobre Europa, otra advertencia toma fuerza con las próximas elecciones al Congreso y la posibilidad de que los republicanos pierdan el control de ambas cámaras: “Donald Trump puede convertirse pronto en un ‘pato cojo’, pero aun así conservará capacidad para causar perturbaciones”.
Truco o trato… queda por ver qué rumbo adoptará Estados Unidos mientras el orden internacional se transforma y es poco probable que vuelva a ser el mismo.

