Brasil vota hoy, tras una campaña intensa y accidentada que puso de manifiesto la fuerza de la democracia en el quinto país más grande del mundo. En las inmediaciones de un centro comercial en Sao Paulo se notaba que la disputa voto a voto llega hasta el día de la elección en una contienda previsiblemente reñida entre el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, y el aspirante Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente Jair Bolsonaro.
En la campaña de última hora, simpatizantes y opositores siguieron activamente la movilización. Cerca del centro comercial un joven agitaba volantes gritando «¡Nunca trabajó en su vida!» y una vendedora ambulante respondía animando a la gente a impedir el triunfo del candidato señalado.
Ese lema forma parte de la narrativa de la izquierda, agrupada en torno al Partido de los Trabajadores (PT), que ha enfatizado la inexperiencia de Flávio Bolsonaro y su supuesta dependencia del apellido y de las redes de poder de su padre, hoy encarcelado por liderar un intento de golpe de Estado, y a quien se teme que podría indultar si llega al poder.
El perfil de Lula es distinto: con casi 81 años, nació en la pobreza del nordeste, vivió en condiciones extremas con su familia, se trasladó a Sao Paulo a trabajar en la industria siderúrgica, se convirtió en líder sindical y ganó la presidencia por primera vez en 2002 tras varios intentos. Ahora busca un cuarto mandato para gobernar entre los 81 y los 85 años.
¿Podrá lograrlo? Las encuestas muestran un empate técnico, aunque en la primera vuelta Bolsonaro obtuvo 47% frente al 45% de Lula, y desde la restauración democrática en 1985 no hay precedentes de un candidato que hubiera perdido la primera vuelta y ganado la segunda.
El panorama contrasta con las declaraciones optimistas de Lula hace un año, cuando con 80 años afirmó que sería difícil que alguien les ganara en 2026 y que el gobierno terminaría «muy bien», calificando la etapa como posiblemente una de las mejores en la historia del país.
Aunque algunos indicadores macroeconómicos son favorables —salvo un déficit fiscal cercano al 10%—, la opinión pública muestra descontento y una polarización intensa: aproximadamente la mitad de la población desea un cambio y la otra mitad confía en que Lula pueda revertir la situación.
Flávio Bolsonaro atravesó la campaña sin sufrir daños críticos a pesar de varios escándalos que lo tocaron; rindió mejor de lo esperado en los debates recientes, llegando a encarar a Lula en el intercambio de hace una semana y salir indemne en el de este viernes.
El equipo de Lula fue criticado por la cobertura televisiva, que señaló que antes de la primera vuelta se centraron más en destacar el legado del gobierno que en presentar propuestas concretas de futuro.
Su esposa, Janja da Silva, que había sido muy visible en la campaña, redujo su presencia pública en las últimas semanas.
En lo programático existen diferencias claras: Lula apuesta por el uso del Estado y del presupuesto público para mejorar la situación de los más desfavorecidos y por posicionar a Brasil como referente de la izquierda internacional y contrapeso frente a Estados Unidos.
Bolsonaro propone recortes significativos del gasto público, reducción de subsidios, facilitar el acceso a armas y una política de mano dura contra la delincuencia. Si gana, busca una estrecha alianza con Estados Unidos y tendrá en el presidente argentino Javier Milei a un socio regional cercano.
En el debate final, una de las propuestas más llamativas de Bolsonaro fue que quien robe un celular cumpla ocho años de prisión y trabaje en la cárcel. Lula respondió calificándolo de «mentiroso» y tratándolo de incapaz y dependiente de su padre.
Lula cuestionó la experiencia y el pasado de Flávio, aludiendo a su relación con grupos de milicias y a episodios controvertidos de la gestión de su padre; Bolsonaro, por su parte, acusó a Lula de perder contacto con la realidad y aludió a su prolongada permanencia en el poder.
Bolsonaro se disculpó por decisiones pasadas, como votar contra la extensión de la licencia de maternidad y por insultos dirigidos a Lula, y planteó medidas económicas como un «Banco de la Prosperidad», créditos a bajo costo y devolver recursos al bolsillo de los ciudadanos.
También prometió mayor seguridad para que las personas puedan caminar con su celular sin ser asaltadas, cuestionó a Lula por supuestamente proteger a «ladrones de celulares» y a organizaciones narco-terroristas, y propuso conceder «autonomía a los pueblos indígenas».
Llegó el momento de decidir: 159 millones de electores están convocados a votar si Brasil se suma a la ola de gobiernos de derecha en América Latina o si permanece, junto a Uruguay y México, como uno de los principales bastiones de la izquierda en la región.

