Donald Trump publicó en Truth Social el día 14 que estaba a punto de iniciar una exploración “massive” de petróleo, gas y minerales en “our new and beautiful Greenland”. Ese calificativo “beautiful”, que suele acompañar su retórica, añade a la frase un matiz claramente personal. Sin embargo, no debe descartarse como simple excentricidad. Groenlandia tiene importancia estratégica por su situación entre el Ártico y el Atlántico Norte, su papel en la defensa del continente americano y por los minerales y otros recursos que empiezan a ser accesibles. El acuerdo firmado en septiembre entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia —tras meses de tensiones sobre el futuro de la isla— no contempla concesiones de explotación: refuerza la presencia y capacidades militares estadounidenses sin alterar la soberanía danesa ni otorgar a Washington derechos sobre los recursos. La declaración de Trump sobresale, además de por su mezcla de intereses privados y decisiones públicas, por volver al primer plano la dimensión económica de un espacio cuya relevancia estratégica es indiscutible y por plantear la pregunta inevitable: hasta dónde llegará la competencia por esas reservas y qué quedará de los acuerdos ambientales que durante décadas protegieron las regiones polares.
Los mapas también inducen a error. Acostumbrados a representaciones centradas en el ecuador y en Europa, los polos parecen lejanas periferias. La proyección de Mercator exageró durante siglos las superficies en latitudes altas; la Equal Earth, respaldada por Naciones Unidas, corrige esa distorsión, pero igualmente margina los polos en los bordes de la visión habitual. Si cambiamos la perspectiva y miramos el planeta desde el norte, la realidad se revela distinta: en torno al océano Ártico convergen Rusia, Estados Unidos, Canadá y Europa; Groenlandia deja de ser una masa blanca indistinta y aparece como bisagra entre América y el Atlántico Norte; y distancias que parecían enormes se reducen.
El hielo mantuvo esa geografía aislada. No eliminó la geopolítica, pero la encapsuló. Hoy, su retroceso abre rutas marítimas, facilita la extracción de recursos y hace transitables zonas que antes eran prácticamente inaccesibles. El deshielo no crea la geopolítica del Ártico, pero desmonta el corsé natural que contenía la competencia. Rusia lo entendió siempre: posee más de la mitad de la costa ártica, ha desarrollado puertos, bases y rompehielos, y ha promovido la Ruta Marítima del Norte. Para Moscú, el Ártico nunca fue una periferia.
Hubo un momento en que Occidente intentó preservar esa región de la rivalidad entre grandes potencias. En 1996, siete años después de la caída del Muro de Berlín, los ocho Estados árticos acordaron en la Declaración de Ottawa la creación del Consejo Ártico, con el propósito deliberado de dejar de lado las cuestiones militares y centrarse en medio ambiente, sostenibilidad, ciencia y cooperación con los pueblos indígenas. Esa iniciativa surgió de la confianza estratégica de los noventa; el Ártico contemporáneo refleja la erosión de ese espíritu. Tras la invasión de Ucrania se suspendió la cooperación política con Rusia: los trabajos científicos y técnicos se han reanudado, pero no las reuniones gubernamentales de alto nivel. Además, la entrada de Finlandia y Suecia en la OTAN ha provocado una situación inédita: hoy siete de los ocho Estados árticos son miembros de la Alianza Atlántica. El Consejo Ártico sigue existiendo, pero la idea que lo fundó ha perdido vigencia.
Ha emergido un actor que antes no figuraba en el mapa ártico: China. No tiene costa en el Ártico, pero sí ambición. Observadora del Consejo desde 2013, se autodenomina desde 2018 “Estado cercano al Ártico” y define su iniciativa como la Ruta Polar de la Seda, extensión de la Belt and Road. Mantiene estaciones científicas en Noruega desde 2004 y en Islandia tras negociaciones en 2012, ubicaciones establecidas en años en que China era considerada principalmente socio comercial. Algunas de esas vías ahora despiertan cautelas y restricciones. Su influencia más relevante transcurre por la vía rusa: rutas marítimas, recursos energéticos y minerales, investigación y suministro de equipos de doble uso. En otras circunstancias, Moscú no habría abierto ese espacio con tanta facilidad; el aislamiento occidental y las sanciones han alterado el equilibrio, aumentando la interdependencia entre Rusia y Pekín y proporcionando a China una proyección ártica que antes le habría costado lograr.
Canadá enfrenta consecuencias distintas de esa transformación. El Ártico representa alrededor del 40% de su territorio, más del 70% de su litoral y menos del 1% de su población. Durante décadas, Ottawa delegó gran parte de la defensa efectiva de su frontera norte en la arquitectura compartida con Estados Unidos articulada por el NORAD, donde Washington aportaba la mayoría de las capacidades. El gobierno canadiense está invirtiendo decenas de miles de millones de dólares en reforzar bases, vigilancia, infraestructuras y rompehielos. Esas capacidades servirán, en primer lugar, para modernizar el propio NORAD; además aumentarán la autonomía canadiense y su aportación a la OTAN. Canadá no abandona la estructura norteamericana de defensa, pero pretende tener más peso en ella y depender menos materialmente de Estados Unidos.
Europa también comienza a reaccionar. La política ártica de la Unión Europea de 2021 se centraba en clima, medio ambiente, desarrollo sostenible y cooperación. La revisión en curso incorpora explícitamente cuestiones de seguridad y defensa, conectividad, resiliencia y seguridad económica. No es un cambio menor: Europa pasó de diseñar una política para proteger el Ártico a necesitar también una política para protegerse en el Ártico.
España tampoco está al margen. El Comité Polar Español aprobó la Estrategia Polar Española 2026-2035. Contamos con una sólida tradición científica y con la condición de observador en el Consejo Ártico desde 2006, un estatus obtenido y mantenido gracias al esfuerzo persistente de unos pocos pioneros: científicos, exploradores y miembros de la Armada que, con recursos limitados y gran tenacidad, impulsaron una presencia polar cuando no figuraba entre las prioridades nacionales. Es una iniciativa muy española: asuntos de gran calado que avanzan cuando alguien percibe su importancia y se empeña. Además, disponemos de una presencia consolidada en la Antártida. El reto ahora es añadir a esa base investigadora, medioambiental y multilateral la dimensión estratégica que está adquiriendo el Norte.
El otro polo ofrece una imagen opuesta. Si el Ártico es un océano rodeado por Estados soberanos, la Antártida es un continente sometido desde 1959 a un régimen internacional excepcional que congeló disputas territoriales y reservó el territorio para fines pacíficos y científicos. América Latina ha tenido y mantiene allí un papel relevante: Argentina y Chile son actores históricos en la región, y Brasil ha desarrollado una presencia científica continuada. Para España, la Antártida forma parte natural de la relación transatlántica, uno de los pilares de su acción exterior.
Ese marco jurídico se reforzó en Madrid en 1991 con la firma del Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente, vigente desde 1998, que define la Antártida como “reserva natural, consagrada a la paz y a la ciencia” y prohíbe la explotación de recursos minerales salvo con fines científicos. Es relevante: mientras en el Ártico el retroceso del hielo abre opciones de extracción, en la Antártida el derecho internacional mantiene esa puerta cerrada. No obstante, además de los efectos acelerados del cambio climático, aumentan presiones como el turismo y la expansión de infraestructuras, junto con la mayor presencia de las grandes potencias.
Durante demasiado tiempo pensamos en los polos como límites. Ya no lo son. Su centralidad no proviene de que hayan dejado de ser extremos geográficos, sino de que hoy concentran cuestiones cruciales: quién controla las rutas, quién garantiza la seguridad, quién accede a los recursos. En última instancia, se trata de hasta dónde llega el derecho.
(Un mundo dislocado. Claves para navegarlo, mi reflexión sobre la metamorfosis de la geopolítica y las reglas, publicada por Deusto, está ya disponible en preventa. En librerías a mediados de noviembre).

