7 de noviembre de 2026
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Trump herido, más peligroso fuera de casa

Trump herido, más peligroso fuera de casa

La clara victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato ha provocado una reacción intensa en Estados Unidos. Entre los progresistas se percibe alivio y esperanza, y la sensación de que el empuje del trumpismo podría haber encontrado límites. Fuera del país, el resultado se interpretó como una prueba sobre la fortaleza del proyecto de Trump y sobre hasta qué punto sigue pudiendo condicionar la política exterior estadounidense; en Teherán se celebró con ironía la lectura de que la guerra pesó en el escrutinio, mientras que en Israel la reacción fue de alarma.

Entre los defensores del atlántico y quienes confían en las instituciones liberales hay una satisfacción evidente: algunos ven señales de cansancio ante los liderazgos autoritarios, citando el castigo a Viktor Orban, la derrota de Jair Bolsonaro y los problemas de Benjamin Netanyahu. También los mercados reaccionaron en general de forma positiva: analistas como Alicia García-Herrero, del Bruegel Institute, interpretan que los inversores esperan que a Trump le resulte más difícil gobernar de forma impulsiva, lo que consideran favorable para la economía global.

No obstante, la euforia va acompañada de prudencia. Varios expertos advierten que un presidente debilitado en el ámbito doméstico podría volcarse en la política exterior para compensar la pérdida de poder interno. Charles Kupchan, del Council on Foreign Relations, recuerda que los presidentes republicanos suelen buscar mayor margen de maniobra en asuntos exteriores cuando pierden el Congreso; un Trump herido podría intensificar operaciones militares o buscar otros gestos emblemáticos —por ejemplo, presionar sobre Cuba— para rehabilitar su imagen.

Para el historiador Stephen Wertheim, la imprevisibilidad de Trump es un rasgo persistente antes y después de la votación: aunque el Congreso lo acose y parte del Partido Republicano se distancie, el presidente podría tanto intentar acuerdos diplomáticos de alto perfil como emplear con más audacia la fuerza militar. La principal inquietud es la conducta de un líder que, al sentirse acorralado, puede tomar riesgos mayores.

La recuperación demócrata en el Congreso tendrá impacto institucional pero alcance limitado. Torrey Taussig, del Atlantic Council, señala que en enero de 2027 los demócratas presidirán comités clave (Asignaciones, Servicios Armados, Relaciones Exteriores) y controlarán audiencias, investigaciones y gran parte del personal y los presupuestos, lo que facilitará un enfoque más cooperativo con aliados, pero no garantiza el control total de la política exterior.

Aun así, la política exterior depende en última instancia del Ejecutivo. La experiencia reciente muestra que Trump ha demostrado poco respeto por las limitaciones del Congreso y ha sido capaz de sortear barreras legislativas y judiciales. Un ejemplo fue la reacción presidencial tras la aprobación bipartidista de un paquete de sanciones pensado contra Rusia e Irán: poco después de la votación, el presidente reculó en parte tras hablar con Vladimir Putin y recibir promesas relacionadas con suministros energéticos.

Emma Ashford, del Stimson Center, advierte que el desagrado electoral con la política exterior no impedirá necesariamente que Trump trate de intensificar conflictos si cree que eso le beneficia. El Congreso puede dificultar ciertas iniciativas —por ejemplo, un intento de cambio de régimen en Cuba—, pero no siempre puede bloquearlas por completo; además, la capacidad militar de EE. UU. está hoy muy desplegada y limitada, por lo que cualquier escalada probablemente ocurriría en zonas donde ya opera Washington.

Predecir los pasos concretos de Trump sigue siendo difícil: mantiene ideas centrales pero cambia con frecuencia de prioridades según sus interlocutores, la información recibida y las oportunidades que surgen. Es un presidente que responde con rapidez a las influencias personales y a los argumentos de su entorno, de modo que líneas que hoy parecen inviolables pueden modificarse mañana.

Además de esa volatilidad personal, las dinámicas internas y cambios de personas en la Administración pueden alterar cualquier previsión. En Washington se da por probable la salida de Pete Hegseth del Pentágono y circulan rumores sobre una posible marcha de Marco Rubio del Departamento de Estado para preparar una candidatura en 2028; Rubio lo ha negado, pero la mera posibilidad obliga a revisar escenarios sobre la dirección de la política exterior.

Kupchan teme que la salida de Rubio, a quien considera una voz moderadora y tradicionalmente internacionalista dentro de la órbita republicana, deje espacio a asesores más radicales como JD Vance, Stephen Miller o figuras allegadas a la familia Kushner. Ashford coincide en que existe presión interna por cambios que busquen interlocutores afines a la Administración en regiones como Venezuela, si bien no necesariamente con la intención de impulsar una intervención militar total.

Un movimiento inmediato en esa dirección fue la remoción de la jefa de gabinete Susie Wiles y su sustitución por Stephen Miller, un asesor de perfil más ideológico. Wiles era vista como una estratega pragmática con escaso interés en la política exterior; Miller tiene una visión nacionalista y unilateralista que cuestiona el actual marco internacional y prioriza el uso del poder por encima de marcos legales multilaterales.

Desde esa perspectiva, Miller concibe a los aliados como socios que deben alinearse con las prioridades estadounidenses y aceptar una jerarquía en la que Estados Unidos impone reglas y ejerce presión para proteger sus intereses, ya sean estratégicos, económicos o territoriales.

Giuseppe Spatafora, del EU Institute for Security Studies, resume los retos para los próximos dos años: tres actores condicionarán la relación transatlántica —un Congreso volcado en asuntos domésticos, un presidente imprevisible en política exterior y la opinión pública—. Europa necesita respuestas diferenciadas para cada elemento: construir coaliciones en el Congreso, gestionar la volatilidad de la Casa Blanca y planificar una relación a largo plazo más allá de 2028. Spatafora advierte además del riesgo de daños colaterales para Europa, como presiones para negociar con Moscú o una subida adicional de los precios energéticos si un conflicto en el Golfo se agrava, y la posibilidad de que la Revisión de la Postura de las Fuerzas Europeas se utilice como herramienta de presión.

Wertheim concluye que las elecciones confirman la resistencia del sistema político estadounidense a asumir costes mayores por sus operaciones en el extranjero: la opinión pública y los votantes exigen menos gasto exterior y más atención a prioridades internas. Temas como la guerra con Irán y el apoyo a Israel influyeron en la movilización electoral precisamente porque los ciudadanos consideran que los costes de esas políticas han sido excesivos; en cambio, la preocupación por el trato de Trump a los aliados no fue un motor decisivo del voto.

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