Desde el fin de la Segunda Intifada, hace 21 años, Cisjordania vuelve a ser una zona de alta tensión con riesgo de estallido en cualquier momento.
La cúpula militar israelí envió al ministro de Defensa, Israel Katz, un aviso calificado de “estratégico” sobre la posibilidad de una gran oleada de violencia. En una reunión, el responsable de la zona, Avi Bluth, afirmó que habían logrado reducir “de forma significativa el terrorismo palestino”, pero advirtió —según Canal 12— que “una cerilla puede prender fuego a todo” y señaló a la delincuencia nacionalista como un riesgo creciente.
Los ataques de colonos radicales en Cisjordania son una preocupación constante para los palestinos y representan una amenaza estratégica para Israel por sus efectos sobre el terreno —enfrentamientos, desplazamiento de fuerzas, desgaste de un ejército con bajas tras años de guerra— y por su impacto en la imagen internacional del país.
A ese fenómeno se suman otros factores que agravan la situación: intentos de Hamas y de la Yihad Islámica por reconstruir capacidades para atentados, la expansión de asentamientos y nuevos enclaves, la difícil situación económica y el estancamiento de las negociaciones para un acuerdo definitivo, empeorado tras el ataque del 7-O y las sucesivas elecciones israelíes y palestinas. En conjunto, conforman un cóctel explosivo en Cisjordania.
Fuentes del ejército dijeron a EL MUNDO que su misión es garantizar la estabilidad en Judea y Samaria, pero que enfrentan obstáculos: hace falta una base probatoria sólida para detener a los responsables, existen choques entre comunidades en unos 400 núcleos —ciudades, comunidades establecidas y nuevas, granjas y enclaves— y a menudo las tropas llegan cuando los incidentes ya han terminado. Señalan problemas de asignación de recursos y que la lucha contra el terrorismo palestino sigue siendo un desafío importante.
El ex coronel y activista Doron Meinert, de la organización Mirando a la Ocupación a los ojos, sostiene que el ejército ha permitido la creación de muchos puntos de asentamiento, apoyando alrededor del 80% de ellos, incluidas granjas agrícolas ilegales a las que se provee seguridad. Meinert afirma que la violencia aumenta posiblemente por la búsqueda de logros políticos antes de las elecciones y denuncia que el objetivo de algunos es la “limpieza étnica”. Considera además que las condenas ministeriales tienen poco efecto porque esos ministros forman parte del Gobierno.
Lo que antes se describía como actos vandálicos juveniles tras ataques palestinos ahora es calificado por no pocos israelíes —también en la derecha— como “terrorismo”. Esa minoría marginal, de varios centenares, perjudica la imagen de los asentamientos, donde viven unos 500.000 israelíes.
Los agresores combinan fanatismo religioso e ideológico con actitudes de gamberrismo y violencia derivadas de su contexto. Para ellos la disputa es por cada palmo de la Tierra de Israel y buscan erosionar la división territorial establecida por los Acuerdos de Oslo: Zona A (control civil y de seguridad palestino), Zona B (control civil palestino y seguridad israelí) y Zona C (control israelí).
Qusra, en la Zona B y cercana a Hebrón, se convirtió en foco de atención tras la instalación por parte de radicales de una carpa en el patio de una vivienda. El ejército retiró la carpa, desmanteló varios asentamientos ilegales en las afueras y desplegó fuerzas para evitar enfrentamientos. Vecinos aseguran, no obstante, que no se arrestó a los extremistas y que entre 10 y 15 colonos siguen presentes, con tres casas en situación de asedio; la colina próxima, punto más alto de la zona, tiene valor estratégico. Un residente que regresó temporalmente desde Estados Unidos expresó su tristeza por no poder volver a ocupar sus tierras, y otros israelíes han acudido a apoyar a los habitantes ante el acoso.
Meinert asegura que en algunos lugares la cúpula militar no desea la presencia de violentos —como en Qusra— pero su capacidad operativa está limitada: hay soldados que no cooperan o se depende de la Policía para actuar con éxito. Subraya la necesidad de llevar a los agresores a los tribunales, algo que, según él, no ocurre con la frecuencia necesaria; y afirma que la situación de la Policía empeoró desde la llegada de Ben Gvir al ministerio encargado en 2023.
Desde el ejército responden que “cada semana, las Fuerzas de Defensa de Israel desmantelan decenas de puestos de avanzada ilegales” y reconocen que esos puestos dificultan las evaluaciones y las operaciones sobre el terreno.
Herzog: “Una ola de violencia de una turba anarquista”
Sal Emergui
El presidente de Israel, Isaac Herzog, calificó recientemente la situación en Judea y Samaria como “una terrible ola de violencia perpetrada por una turba anarquista” y criticó actos que, según dijo, vulneran normas morales, legales y religiosas. Añadió que comandantes que combaten el terrorismo le cuentan que hay jornadas enteras dedicadas a tratar con estos delincuentes anarquistas.
A pesar de las declaraciones oficiales sobre medidas para contener los ataques, los datos de seguridad muestran un aumento de la violencia: 682 incidentes violentos en 2024, 867 en 2025 y 660 en el primer semestre de 2026. Los ataques contra efectivos de seguridad israelíes crecieron un 36% en el primer semestre de 2026 respecto al mismo periodo de 2025.

