Islandia no vota este sábado su adhesión inmediata a la Unión Europea, sino si quiere retomar en serio las negociaciones de ingreso que suspendió en 2013, cuando la crisis de deuda marcó la agenda nacional y continental. Por eso, un triunfo de la opción europeísta —que según las encuestas apenas aventaja a la contraria— no implicaría entrada automática, aunque el referéndum sí tendría una gran relevancia para la UE.
Diez años después del Brexit, el clima político en los 27 ha favorecido a formaciones soberanistas, y el entorno internacional se ha vuelto más hostil a la visión europeísta, frente al expansionismo ruso, la asertividad china o el pragmatismo transaccional de Estados Unidos en ciertas etapas. Un sí indicaría que una sociedad tradicionalmente celosa de su independencia considera necesario compartir soberanía con otras democracias ante tanta incertidumbre.
Para el Gobierno islandés y para la mitad de la población, la adhesión tendría doble sentido: asegurar aliados sólidos en un contexto internacional complejo y regularizar una situación en la que, por su pertenencia a Schengen y al Mercado Interior, Islandia ya aplica muchas normas comunitarias sin participar en su elaboración. Persisten, eso sí, dificultades como la gestión de la pesca y la adopción del euro.
Para la UE sería atípico en los últimos años: frente a la larga lista de aspirantes en los Balcanes o en la periferia de Rusia, aquí aparece un candidato próspero, con una economía estabilizada y una democracia consolidada. Que un país así decida volver a llamar a la puerta europea no es indiferente si se compara con la falta de interés de otras regiones por integrarse con potencias rivales.
La mayor agresividad de grandes potencias, el aumento del valor estratégico del Ártico y las dudas sobre la previsibilidad de Washington elevan el valor de los lazos con Europa para un país pequeño, sin fuerzas armadas propias y ubicado en un punto clave del Atlántico Norte. A la vez, estos mismos factores incrementan la importancia de Islandia para la UE.
Aunque sería positivo que la próxima ampliación incluyera también a uno o dos candidatos orientales (Montenegro o Albania, por ejemplo), la adhesión islandesa podría constituir una incorporación rápida y ejemplar que demostraría que Europa sigue siendo un proyecto fuerte y atractivo frente a sus adversarios.
*Ignacio Molina es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid e investigador en el Real Instituto Elcano.

